Diorama de la biota ediacárica exhibido en el Smithsonian, EEUU.
Diorama de la biota ediacárica exhibido en el Smithsonian, EEUU. FOTO: Ryan Somma Creative Commons

Un nuevo estudio revela en qué nos parecemos a unos de los primeros animales conocidos

La biota ediacárica tiene entre 570 y 539 millones de años de antigüedad y gracias a un nuevo estudio empezamos a entender cómo compararnos con ella.

Los humanos somos especialmente dados a clasificar todo lo que nos rodea y esa costumbre tan nuestra ha ido refinándose con los siglos. Solo hace falta pensar cómo clasificábamos las formas de vida en tiempos de la antigua Grecia: vegetal o animal, no había un tercer término. Con el tiempo descubrimos que los reinos eran más complejos y que al vegetal y al animal se unían el de los hongos, los protistas, las bacterias y las arqueobacterias. Pero claro, una clasificación tan fina no era alcanzable a simple vista, comparando el aspecto de las distintas formas de vida y trazando relaciones, hacía falta aprender a analizar el ADN, ese conjunto de moléculas que guardan la información sobre cómo se construye nuestro cuerpo.

Gracias a él podemos confirmar si alguien es hijo de su presunto padre y, del mismo modo, cómo de emparentadas están os especies, ayudándonos a construir una suerte de árbol genealógico de la vida que nos ayude a clasificarlos. Gracias a esto hemos descubierto que, a pesar de su aspecto, las vacas marinas están más relacionadas con los elefantes que con las morsas. Pero claro, ahora que nos hemos acostumbrado a tal nivel de detalle es especialmente sangrante tener que clasificar una especie sin apoyarse para ello en su ADN, y ese es precisamente el quebradero de cabeza que supone identificar ejemplares de hace 539 o 570 millones de años, como es la biota ediacárica.

Tiempo profundo

Cuando los paleontólogos se enfrentan a especies que llevan menos tiempo extintas, pueden valerse de la osteología comparada, una rama de la anatomía que estudia cómo han ido modificándose los huesos a lo largo de la evolución. Pero claro, los dinosaurios no avianos nos abandonaron hace tan solo 66 millones de años y no han podido cambiar tantísimo como para hacer imposible su comparación, encontrando similitudes con las aves actuales. No obstante, en el caso de la biota ediacárica esto no es tan fácil, hablamos de fósiles de hace 539 millones de años siendo los más antiguos que tenemos de lo que (según los últimos estudios) serían los primeros animales propiamente dichos. Desde entonces han cambiado tanto que son prácticamente irreconocibles.

Al observar las reconstrucciones de la fauna de este periodo es posible que nos sintamos transportados a un mundo onírico. Seres similares a medusas, tortas ovaladas que serpentean sobre el fondo marino, una especie de hojas que se abanean solitarias buscando la vertical, etc. De hecho, hace algunas décadas parecían tan poco familiares que se consideraban como una prueba fallida de la evolución, un primer intento de “crear” vida animal animales que se había terminado extinguiendo para dejar paso a un segundo intento del que descendemos. Ahora sabemos que probablemente no sucedió así, sino que algunos representantes de esta biota eran nuestros ancestros directos, por lo que la cuestión se hace incluso más determinante: ¿Cómo podemos clasificarlos?

El análisis de su ADN no es una opción y hay pocos detalles que nos permitan rastrear su relación con otros animales vivos, pero un nuevo artículo plantea una forma interesante de abordar el problema. En lugar de los detalles cabe fijarse en aquellos rasgos más determinantes en el desarrollo de cada especie de la biota ediacárica. El motivo es que sabemos bastante bien qué genes determinan estas características tan fundamentales de la estructura corporal porque desde que surgieron han determinado la evolución de la vida pluricelular. Ejemplos de ello son que el cuerpo esté dividido en dos mitades “iguales” (bilateralidad) o que el sistema nervioso se haya concentrado en un lugar donde acceda bien a los órganos de los sentidos (cefalización).

Un nuevo origen

Así es como decidieron abordarlo Mary L. Droser, Douglas H. Erwin y Scott D. Evans y gracias a ello obtuvieron los interesantes resultados que acaban de publicar en Proveedings of the Royal Society B. Al identificar los caracteres anatómicos clave en la biología del desarrollo y compararlos con los genes que regulan las mismas características en los organismos modernos, los investigadores encontraron paralelismos relevantes en cuanto al desarrollo del sistema nervioso, la bilateralidad, la musculatura, etc. Todos ellos eran rasgos que aparentaban estar presentes al menos en algunas especies.

Estas pistas pueden ser determinantes para una posterior clasificación de las especies ediacáricas, en especial si tenemos en cuenta lo que no hemos encontrado. Estos animales tan rudimentarios estaban adaptándose a las potenciales ventajas que ofrece la vida pluricelular y, por lo que parece, en sus restos fósiles no hay indicios de que hubieran diferenciado suficientemente sus tejidos corporales como para formar órganos: estructuras compuestas por células que se han especializado tanto que son expertas en una función determinada (conducir impulsos, contraerse, filtrar la sangre, etc.) tampoco puede distinguirse, por lo tanto, la presencia de un cordón nervioso análogo a nuestra médula espinal, que permitiera la conducción de información al resto del cuerpo a través de un único cauce. Tampoco se distinguen estructuras que se asemejen a cabezas, lo cual nos hace entender cuánto les quedaba todavía por evolucionar.

Por otro lado, esto coincide con lo que sí podemos saber analizando el ADN de especies vivas, que parece apuntar a que las mutaciones relacionadas con estos rasgos propios de los metazoos (animales) surgieron antes del periodo Ediacárico. De hecho, el haber identificado estos rasgos propios de los animales (bilateralidad, sistema nervioso, etc.) reafirma la hipótesis de que la biota de ediacara era animal y, por lo tanto, aquel mundo onírico no fue un simple intento fallido.

QUE NO TE LA CUELEN:

  • Entre los muchos problemas que pueden derivar del estudio de formas de vida tan antiguas se encuentra la representatividad de los datos. Conservamos apenas un puñado de especies que, posiblemente, comparten ciertas características de ubicación, tamaño o estructura que les ha permitido sobrevivir hasta nuestros días como fósiles. Esto significa que la ausencia de un rasgo no significa que no se hubiera desarrollado, sino que podemos estar viendo una excepción que debido al sesgo de supervivencia entendemos como una regla. Por eso hemos de recordar que, en ciencia, la ausencia de evidencia no es evidencia de ausencia.

REFERENCIAS (MLA):