Contra el efecto yen

El optimismo de la candidatura de Madrid sólo se ve contrarrestado por el potencial económico de la opción nipona. Don Felipe y Alejandro Blanco han liderado el «lobby» español

El presidente de la ONCE, Miguel Carballeda; el ministro de Cultura, José Ignacio Wert; el presidente del COE, Alejandro Blanco; el presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, y la alcaldesa, Ana Botella, ayer en Buenos Aires
El presidente de la ONCE, Miguel Carballeda; el ministro de Cultura, José Ignacio Wert; el presidente del COE, Alejandro Blanco; el presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, y la alcaldesa, Ana Botella, ayer en Buenos Aires

A las seis de la tarde, el presidente de una federación española estaba citado en el Palacio Duhau-Park Hyatt de Buenos Aires para entrevistarse con un miembro centroeuropeo del COI. Acudía a apagar un fuego. En esta semana crucial para las aspiraciones olímpicas de Madrid sopló una corriente contraria a los intereses de la candidatura madrileña que podía afectar sustancialmente a la votación de hoy. Ocurrió en un país de la Europa Central y se extendió hacia otros países del Este. Era preciso apagarlo. O intentarlo. Esa acción in extremis forma parte del «lobby», del inglés «vestíbulo», palabro admitido internacionalmente para definir a un colectivo que trata de defender intereses comunes.

Más o menos. El vocablo en cuestión ha calado en el acervo popular a raíz de las sucesivas presentaciones de Madrid a ciudad olímpica. Precisamente «lobby» es lo que está haciendo Madrid 2020 desde hace dos años. Casi cada día, al principio, y casi cada hora, al final. Como no es suficiente con presentar un proyecto solvente, ajustado al ideario del COI, ni recibir a los miembros de la Comisión de Evaluación como si fueran los Reyes Magos, los miembros de las ciudades candidatas se explayan en lo que vienen a ser relaciones internacionales.

Que en las islas Fiyi hay una prueba del mundial de vela, donde anuncian su visita tres, cuatro o cinco miembros del COI, pues allí se va sin perder un segundo Theresa Zabell. No ve la playa en el destino ni a sus hijos en el origen. Simplemente viaja para «comer el tarro» a esos todopoderosos personajes. Durante cuatro o cinco días, comerá, desayunará y cenará con ellos. Les hablará de la candidatura de Madrid, con todos los pormenores, responderá a cualquier cuestión por incómoda que sea, «¿la crisis? Por favor, no va a durar toda la vida».

Que en Costa de Marfil hay a mediado de julio una asamblea de comités olímpicos africanos, pues Marisol Casado –miembro del COI española–, Zabell y Alejandro Blanco lían el petate y asisten de oyentes para, en los descansos del congreso, captar las simpatías del voto africano.

Que hay un Mundial de Yudo en Brasil tres semanas antes del 7-S, Blanco ni lo duda, se embarca y acude para explicar a los del COI allí presentes que la mejor opción para 2020 es Madrid. Y así una semana tras otra. Sin descanso, sin dejarse influir por el viento de cara, por las corruptelas políticas, la prima de riesgo, las operaciones Puerto de turno o las patrulleras gibraltareñas. Es mucho lo que hay en juego y hay que luchar por ello.

La lucha con Estambul y Tokio ha sido desigual. Turcos y japoneses tienen el dinero por castigo. Si Madrid invirtió 300.000 euros en la visita de la Comisión de Evaluación, ellos, seis millones. Que de Fukushima brota la radiactividad cual si fuera un géiser, los japoneses anuncian que tienen unos ahorros de 4.500 millones para combatir la plaga. A los turcos se les agotan los argumentos a medida que crecen las revueltas de la plaza Taksim o se hace más palpable la guerra en Siria... No hay dinero que tape eso ni las piscinas que anuncia Erdogan para niñas y niños, separados. Pero el «efecto yen» es brutal, casi inabordable, y eso desasosiega. Es tan real que, a pesar del optimismo que se ha instalado entre la mayoría de los miembros de la candidatura madrileña, la preocupación es tan obvia como objetiva. El dinero lo puede todo. No se percibe un pucherazo como el de Río, pero el temor al poder del yen es evidente.

Precisamente por eso, porque no hay que fiarse y hay que pelear hasta el último minuto, el Príncipe Felipe fue a Lausana: «somos un equipo», dijo, y caló. Por eso está en Buenos Aires desde el lunes. Ha mantenido múltiples contactos con miembros del COI. Ha hecho «lobby», ha hablado con hombres y mujeres de sangre real y plebeyos, con ricos y menos millonarios. Se ha integrado en la familia olímpica, aunque ya lo era. Y lo ha recordado. Y Alejandro Blanco ha recorrido medio mundo apagando fuegos, como el presidente de federación aludido al principio, pero por el bien del COI y de Jacques Rogge. El trabajo del Príncipe es impagable; el de Blanco no tiene precio. Ha puesto paz donde asomaba el motín y ha hecho «lobby» en cualquier rincón de la tierra. Por eso cree en el triunfo; aunque esté preocupado.