«2001»: la odisea en la que Kubrick inventó el iPad

Se cumplen 50 años de la fastuosa película de ciencia ficción que redefinió para siempre el género y que apuntó una serie de novedades tecnológicas como la tablet, Skype y la síntesis de voz que ya son realidad, además de predecir una inteligencia artificial cada vez más autónoma.

La estética del filme (en la imagen, David Bowman interpretado por Keir Dullea en el interior de la máquina HAL) creó un precedente que ha marcado a películas posteriores de ciencia ficción
La estética del filme (en la imagen, David Bowman interpretado por Keir Dullea en el interior de la máquina HAL) creó un precedente que ha marcado a películas posteriores de ciencia ficción

Se cumplen 50 años de la fastuosa película de ciencia ficción que redefinió para siempre el género y que apuntó una serie de novedades tecnológicas como la tablet, Skype y la síntesis de voz que ya son realidad, además de predecir una inteligencia artificial cada vez más autónoma.

Dos consideraciones previas: «2001: Una odisea del espacio» (1968) –que se estrenó en el Loew’s Capitol de Nueva York el 4 de abril de 1968– cambió la concepción que hasta entonces se tenía del cine de ciencia ficción por sus numerosas innovaciones técnicas en el campo de los efectos especiales –por los que ganó su único Oscar– y fue el punto de partida del cine posterior, tanto de ciencia ficción como de ficción científica y ópera espacial futurista. «La amenaza de Andrómeda» (1971), «Naves misteriosas» (1972), y «Star Wars» (1977) son tres ejemplos del cambio que se experimenta en el cine de serie B: grandes superproducciones con actores conocidos y directores famosos.

Stanley Kubrick dirigió la película de autor más cara de la historia del cine. Una gran superproducción de Hollywood, y a su vez una película de cine de autor, emulando los filmes de François Truffaut y Jean-Luc Godard, que reivindicaban el género de ciencia ficción de bajo presupuesto dentro de la política de autor: así, «Fahrenheit 451» (1966), basado en la novela de Ray Bradbury, con la famosa actriz Julie Christie, y Jean-Luc Godard y su «Lemmy contra Alphaville» (1965), homenaje a Lemmy Caution, interpretado por Eddie Constantine.

Ambos europeos planteaban sendas distopías políticas y se adelantaban unos años al filme de Kubrick, de planteamientos más visuales que políticos, con una carga metafísica sobre la evolución del hombre en la que una inteligencia cósmica, asimilable a un dios extraterrestre, esparcía el conocimiento por el Universo con un monolito pugnaz. A las producciones humildes de Truffaut y Godard, el megalómano Stanley Kubrick le añadió grandiosidad y dos nuevas dimensiones: el realismo científico y la innovación tecnológica. Ambas envueltas en una tercera dimensión metafísica, siguiendo la moda psicodélica que procuraba la ingesta de LSD, la droga psicoativa del hipismo entonces en boga. Fueron los hippy, de hecho, quienes llenaron las salas e hicieron triunfar el filme. Las escenas finales del «viaje» espacial eran experimentadas por los espectadores como el tripi perfecto.

Pese a su sencillez, las hipnóticas imágenes creadas por Douglas Trumbull para la secuencia de la «Puerta Estelar» resultaban perfectas para el tema psicodélico. ¿Y la metafísica? Kitsch intelectual para un enrolle de altura discutiendo sobre la metafísica del Todo de Teilhard de Chardin.

Otro elemento esencial para lograr los efecto alucinatorios que exigía esta mezcla de viajes espaciales, realismo científico y metafísica es la utilización de una música clásica preexistente a la película. Osada y renovadora fue la elección del vals para la entrada en el muelle de aterrizaje de la estación espacial CG Station-5, de la nave tripulada Pan American. «El Danubio azul» de Strauss le confiera a las dos inmensas ruedas giratorias la ligereza e ingravidez de flotar en el espacio.

Otra genialidad fue utilizar la fanfarria del poema sinfónico de Richard Strauss «Así habló Zaratustra» en las escenas de los homínidos («El amanecer del hombre»), la aparición del monolito y la famosa elipsis temporal del hueso lanzado al aire, fundido con la cápsula Aries, que fluye al ritmo del vals de Strauss hacia la Luna. La similitud de esta famosa y espectacular elipsis temporal de Kubrick con una humilde escena de animación de «Rendezvous in Space» (1964), documental de Frank Capra en el que un cohete de fuegos artificiales se funde con un cohete espacial en imagen real es evidente. De este mismo filme tomó Kubrick la escena en la que los astronautas caminan y flotan ingrávidos en distintos planos de la nave, con «La cabalgata de las walkirias» de Wagner y «El himno a la alegría» de Beethoven ilustrando las escenas espaciales. Eso debió animarle a relegar la insípida banda sonora escrita por Alex North y sustituirla por fragmentos de música clásica y contemporánea.

La evolución humana

Por entonces, la música del cine de ciencia ficción era tan convencional que la utilización de las «micropolifonías» de György Ligeti, en particular la pieza «Atmosphères», de 1961, con sus voces inquietante que suenan como un quejumbroso enjambre de abejas zumbando, las tres veces que aparece el misterioso monolito, fue un verdadero hallazgo. La música estática –con su sobrexposición de estratos rítmicos complejos– resultó de lo más sugerente para expresar melódicamente el avance de la inteligencia humana en sus tres etapas evolutivas. Pero por encima de las rupturas con la tradición que introdujo Kubrick, la innovación tecnológica más sorprendente fue el superordenador HAL 9000, dotado de inteligencia artificial. Su misión es controlar la nave Discovery en su viaje espacial, mantener las constantes vitales de los tripulantes y conseguir que el viaje a Júpiter llegue a buen fin, sacrificando incluso a sus tripulantes. Este dato es esencial para datar la aparición en el cine de una inteligencia artificial indestructible: HAL 9000 se transformó en una forma de vida biológica alienígena en «La amenaza de Andrómeda», precedente, sin duda, de «Alien, el octavo pasajero» (1979), un monstruo darwiniano capaz de luchar con éxito por su supervivencia. Dos filmes impensables sin las innovaciones temáticas y estilísticas que introdujo Kubrick en el cine de ciencia ficción.

En el campo computacional, la evolución de los ordenadores en 1967 era todavía limitada y la inteligencia artificial estaba en mantillas. Concebir, por tanto, un ordenador que gobernara una nave espacial tripulada con rumbo a las lejanas estrellas mucho más. Si, además, la máquina estaba dotada de sentimientos, incluso de un alma sensible y conocimientos enciclopédicos y, ya en el límite, con propensión a padecer una neurosis al enfrentase con sus contradicciones, fingir y engañar y detectar el engaño en sus mismos circuitos, esa computadora era tan utópica entonces como hoy irrealizable.

El modelo más avanzado de IBM desde 1962 era un procesador a gran escala de computación científica, el IBM 7094, compuesto por circuitos impresos o microchips, similar al utilizado en Cabo Cañaveral para el cálculo del lanzamiento de cohetes. Esa máquina insensible se convirtió gracias a Kubrick y Arthur C. Clark en un personaje con vida propia esencial en la trama filosófica difusa de «2001: Una odisea en el espacio». Un ser más humano que los anodinos cosmonautas. Hal 9000 es también el antecedente robótico de los replicantes de «Blade Runner» (1982), los Nexus 6, con una vida media de cuatro años, sin empatía ni recuerdos. HAL 9000 se concibió como un sofisticado ordenador siguiendo la lógica formal anunciada por el matemático Alain Turing en 1950 con su pregunta: «¿Puede pensar una máquina?», formalizada con la lógica de la computación y el concepto de algoritmo: Las siglas de HAL son el acrónimo de «Heuristically Programmed Algorithmic Computer».

Para el ojo óptico del HAL 9000, Kubrick fantaseó con una cámara de vídeo, ese vigilante «ojo rojo» con capacidad de reconocimientos facial y de voz y procesamiento de lenguaje. Capaz de leer los labios de Bowman y Poole cuando espía sus conversaciones para desconectarlo.

Entre las anticipaciones técnicas del filme de Kubrick, con referencias en el cuento de Arthur C. Clark «El centinela», la mas sorprendente es el «Newspad», una mini computadora plana, manejable y muy similar a las tabletas actuales con las que mantenían video-conferencias con la Tierra y acceso a las noticias periodísticas y televisivas con un desfase de una hora. De hecho, su imagen inspiró a los técnicos de Apple en la creación del iPad cuarenta años después.

Computadoras caseras

Otro de las inventos es el «Picturephone», precursor del Skype actual. En realidad, en 1964 ya existía un prototipo, que los laboratorios Bell prestaron a Kubrick para la escena en la que el doctor Floyd hablaba con su hija frente a una pantalla y un teclado, similar a una computadora casera, todavía por inventar. Una cabina como la que aparece en el filme fue montada por La AT&T en la Feria Mundial de Nueva York para que los visitantes pudieran comunicarse con interlocutores de Disneyland, en California. Se intentó comercializar en 1970 pero fue un fiasco. Históricamente, quien se anticipó a este invento fue Dick Tracy con su reloj con un emisor de radio y televisión incorporado como los actuales relojes inteligentes.

Asunto distinto fue la utilización de «la síntesis de voz». Cuando Arthur C. Clark visitó los laboratorios Bell en busca de inventos para la cinta, quedó impresionado al escuchar la primera canción grabada por la supercomputadora IBM 7094 mediante síntesis de voz. La melodía «Daisy Bell» fue utilizada en la escena que Bowman va desconectando los circuitos de HAL 9000 como el primer recuerdo en su regresión a la infancia de la computadora asesina. El equivalente al momento trágico de la «desconexión» de HAL es el monólogo existencialista de Roy en «Blade Runner» (1982) antes de morir: «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais: Atacar naves en llamas más allá de Orión».