David Beriain: “La inseguridad de Venezuela ha llegado a los cementerios”

Uno de los capítulos de «Clandestino», el programa de actualidad que dirige el periodista, ha sido nominado a los RealScreen Awards y compite con piezas de Netflix, HBO y Lifetime

FOTO: Connie G. Santos La Razón

Desde las oficinas de la productora 93 metros se puede ver de un solo vistazo la inmensidad de Madrid. Sus calles y viviendas se alzan ante los ojos en unas vistas que dan la sensación de poder controlar el mundo entero. Sin embargo, hay algo más allá. Siempre hay más que conocer. Y el trabajo de David Beriain es darlo a conocer. Dirige «Clandestino», un programa de periodismo inmersivo que ha sido reconocido por segunda vez como uno de los cuatro mejores programas de actualidad del mundo por los RealScreen Awards. La nominación ha recaído en «El negocio del secuestro en Venezuela», capítulo donde Beriain y su equipo desentrañan una de las realidades más crueles del país latinoamericano.

–¿Qué se siente cuando reconocen su trabajo como uno de los mejores del mundo?

–Es una alegría. Sobre todo, de cara al equipo. La televisión es un medio muy injusto. La cara que se ve es la mía, pero detrás hay 30 personas. Es la segunda vez que estamos nominados a este premio que, para nosotros, tiene un valor especial, porque no está restringido geográficamente. Además, estamos en muy buena compañía: con HBO, Netflix y Lifetime. Si no estoy equivocado, uno de esos documentales ganó el Oscar al mejor corto documental. Aunque aquí siempre decimos que el mayor galardón es el poder hacer este trabajo todos los días. El modelo de negocio en el que se ha basado el periodismo está en cuestión y no le quedan muchas trincheras. Nosotros intentamos que esta productora, 93 metros, y este programa, «Clandestino», sean unas de esas trincheras.

David Beriain, en las oficinas de la productora 93 metros, en Madrid
David Beriain, en las oficinas de la productora 93 metros, en Madrid FOTO: Connie G. Santos La Razón

–¿Cómo se hace un buen periodismo inmersivo?

–Algunos califican nuestro trabajo como periodismo de investigación, pero nosotros hacemos de inmersión. El de investigación está muy vinculado a la denuncia de una situación. Nosotros, en cambio, intentamos experimentar una situación y tratar de comprenderla. No estamos allí para juzgar a nadie. El periodismo inmersivo es un buen ejercicio de ese músculo del alma crucial para el ser humano y su supervivencia, que es la empatía. Es el músculo del alma que hace que nos pongamos en el lugar del otro. La inmersión lo que produce es experimentar de una manera muy completa y profunda la realidad de otros. Es el caso de “Clandestino”, que es un programa vinculado a conflictos armados, a situaciones de violencia, a los tráficos ilegales y al crimen organizado. Y ese otro al que hacemos referencia está más allá de la línea de la ley, pero sigue siendo un ser humano. Y que tiene razones para hacer lo que hace, aunque no las vayamos a apoyar, justificar o defender. Sino tratar de comprenderlas.

–¿Cómo vivió el rodaje del capítulo sobre Venezuela?

–Es una historia sobre una parte muy pequeña de la enorme tragedia que vive el pueblo venezolano: el secuestro y la inseguridad. Nos entrevistamos con víctimas y con cuatro grupos de secuestradores. Uno de ellos eran policías en activo. Personas que entraron en la policía con unos ideales, por voluntad de servir, pero que fueron arrastradas por la situación económica y social que atravesó Venezuela. Su sueldo equivalía a entre dos y tres euros al mes. Yo recuerdo cuando en la universidad me explicaban que la extrema pobreza era la de vivir con menos de un dólar al día. Además, acababa de aprobarse una ley en Venezuela que prohibía a los miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado pedir la baja del servicio o emigrar. Bajo amenaza de ser acusados de traición, que es un delito muy serio. Se hacía esto porque ante esta situación económica mucha gente se iba, desertaba.

–Lo han convertido en una ratonera...

–Ellos te dicen que no puedo pedir la baja y dedicarme a otra cosa, no puedo irme del país, pero yo tengo hijos con la costumbre de comer, al menos, una vez al día. Y voy a hacer lo que tenga que hacer para que no pasen hambre. Voy a robar, a matar y, si hace falta, voy a secuestrar.

–¿Hasta qué punto se puede justificar ese sentimiento?

–El asesinato siempre es injustificable. Pero no se trata de eso, sino de ponerse en la piel de otra persona y de asomarse a ese abismo que él tiene ante sí mismo. Era difícil. Yo les pedí a ese grupo de secuestradores recorrer Caracas con ellos tratando de entender cómo elegían a las víctimas. Porque su modalidad de secuestro es exprés: cuando tenían una víctima pedían 2.000 dólares por su liberación. Eran 10 en el grupo. En realidad tocaban a 200 euros cada uno. Trataba de entender cómo discriminaban y, en medio de ese paseo, ocurrió algo inesperado. Se detuvieron a hacer una llamada y era porque la otra parte de su grupo acababa de secuestrar a alguien y tenían que telefonear a la familia. Enfrentarse a ese momento nos provocó muchas dudas morales. Nos dimos cuenta de que era muy difícil encontrar una muestra más clara de cómo cambia la vida de una persona cuando recibe esa llamada, cómo reacciona cuando, en esa situación que vive Venezuela, le dicen olvídate de tus necesidades porque acabamos de secuestrar a quien más quieres en el mundo. Y yo decido si vive o muere.

–Tremendo.

–Las otras dos partes horribles del documental para mí fueron, una, descubrir que la mayor parte de secuestros se negociaban desde la cárcel. Bien porque había miembros de las bandas en prisión o bien porque los secuestradores que capturaban subcontrataban a los prisioneros. Porque ya están en la cárcel. Todo les da igual. Allí nos recibieron los presos con ametralladoras, lanzagranadas, fusiles, escopetas, pistolas... y ellos decían al policía «hasta aquí, no entres más porque no vives».

–¿Y la otra?

–Llaman «nevera» al sitio donde tienen a sus víctimas y utilizaban algunos cementerios para ello. Acudimos a uno, al mausoleo de uno de los presidentes más importantes en la historia de Venezuela. Bajamos a la cripta, sabíamos que había sido saqueada, porque ante la pobreza la gente mina los cementerios y roban el oro de los dientes o de lo que sea a los muertos. Y comercializan con los huesos, porque los usan para la santería. Al llegar nos encontramos que, la que era su mujer, también la habían reventado. En el suelo estaba su momia tirada. Con la cabeza arrancada. Fue tremendo, porque vimos cómo la inseguridad de Venezuela ha llegado a los muertos. Es un documental que muestra realidades. Yo soy una persona muy vinculada a aquel país, mi mujer es venezolana, y me duele ver cómo en la política española se juegan entre unos y otros un partido de ajedrez con peones ajenos. Pero no veo interés en divulgar la situación real.

-Los medios suelen centrarse en líderes, no en el pueblo.

-A mí no me interesan ni unos ni otros, porque no es su realidad. En algunas cosas es mucho peor de lo que ellos dicen, en otras se equivocan. Entonces, pediría que unos y otros dejaran de jugar al ajedrez. Por todo lo que vivimos, por el trabajo que se hizo en el terreno, pero también por esa parte personal, es especial esta historia. Especialmente dolorosa.

-Pero no solo habéis trabajado en Venezuela, sino también en otros países y conflictos.

-El programa se caracteriza por recorrer ese kilómetro extra. Hay tantas... Hemos hecho varios documentales en Venezuela y tenemos una parte directa y personal, pero también las tenemos en otras historias. Me da satisfacción que sea esta historia la que se ha elegido para los RealScreen Awards, porque al fin y al cabo cuenta eso, una realidad. No se mete en política porque no queríamos ser utilizados como instrumento de nada. De hecho, algo que nos ocurre a veces, por ejemplo con la crisis de Bolivia, Evo Morales generó una “fake new” porque nosotros habíamos hecho una historia sobre el cártel de Sinaloa y alguien decidió atribuirnos la noticia de que nosotros habíamos comprobado cómo Morales era un cabeza de un cartel boliviano que trabajaba con el de Sinaloa. En el programa en ningún momento se habla ni de Evo Morales ni siquiera se nombra Bolivia. Porque estamos centrados en México. Eso no quiere decir que él lo haga o no, sino que nosotros no hemos hablado de eso. En esta época de “fake news”, rumores y opiniones, el periodismo y en concreto, el reporterismo, es más importante que nunca. No opinamos, sino que yo vivo esta realidad y esto es lo que te traigo. Somos unos humildes continuadores de una tradición, que es la del periodismo y la del reporterismo.

El lector

David Beriain se considera «un adicto a los periódicos». Lee varias cabeceras, «nacionales e internacionales». Explica que elige los temas «dependiendo de en qué esté trabajando, y el resto del mundo lo aparto un poco» para así empaparse de un tema en concreto.