Murillo: el viaje de cinco siglos del hijo pródigo

La excepcional serie del pintor sevillano, la primera realizada en España de este relato de la Biblia, será expuesta después de treinta años en la National Gallery de Irlanda, donde la han estado restaurando desde hace ocho, y podrán ser vistos en España en 2021, cuando llegarán al Museo del Prado

«Este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado». Las palabras del comprensivo padre de la parábola del hijo pródigo simbolizan desde hace siglos el perdón cristiano, la redención a la que todos podemos acceder. Pero para la España del siglo XVII el relato del evangelio de Lucas, con su mención al libertinaje y las mujeres de mala vida, resultaba demasiado atrevido. Aunque en el norte de Europa ésta era una de las escenas bíblicas más representadas, en España el primero en retratarla de principio a fin –desde que el hijo exige su herencia, la malgasta lejos de casa, sufre las consecuencias y regresa arrepentido– fue Bartolomé Esteban Murillo.

La serie de seis cuadros data de alrededor de 1660, aunque se sabe muy poco de su origen; de hecho, desconocemos quién los encargó inicialmente y qué fue de ellos durante casi dos siglos. Se les puede rastrear únicamente a partir de 1800, cuando aparecen en la colección del IV marqués de Narros; poco después pasan a formar parte de la de José de Madrazo, director del Museo del Prado. Más tarde, uno de ellos, «El regreso del hijo pródigo», es adquirido por Isabel II de España, que en 1856 se lo regala al Papa Pío IX. La historia de cómo llegaron a la National Gallery de Irlanda es todavía más complicada; en todo caso, allí serán expuestos a partir de hoy por primera vez en tres décadas y después de casi una de meticulosa restauración. «Gran parte de mis treinta estuvieron marcados por los Murillo –afirma Muirne Lydon, restauradora principal, que les dedicó alrededor de ocho años de su vida–. Este proyecto ha sido el punto culminante de mi carrera; no volveré a tener una oportunidad igual». Una muestra que fue posible gracias al apoyo de la Blavatnik Family Foundation.

La narrativa

Los suntuosos marcos dorados resaltan sobre las paredes color vino de la sala Hugh Lane –colocados uno tras otro, parecen viñetas de un cómic, dice Lydon–, pero la mirada se dirige instintiva y automáticamente a los rostros de los protagonistas: el afligido padre que despide a su hijo, la soberbia de éste mientras celebra su libertad y, a seguir, su miedo y angustia cuando se encuentra solo, arruinado, hambriento. «Murillo era un gran narrador –explica la doctora Aoife Brady, comisaria de la muestra–. Es reconocido por su enorme habilidad para transmitir emociones». También por su llamado estilo vaporoso, que desarrolló durante su madurez profesional y que, presente en estos cuadros, ha permitido establecer cuándo fueron realizados.

Para Lydon, el mayor reto fue justamente recuperar las texturas y profundidad que Murillo otorgaba a sus cuadros a través de esta técnica y que el tiempo y otros intentos de restauración habían eliminado. El daño era tan notorio que un restaurador del Museo del Prado, que colaboró con la National Gallery en el proceso, le dijo a Lydon que los personajes parecían figuras recortadas y pegadas sobre el lienzo. El tercero de la serie, «La disipación del hijo pródigo», es un buen ejemplo de cómo les fue devuelta su tridimensionalidad: en el mantel blanco que cubre la mesa pueden observarse sutiles arrugas que antes no eran visibles.

Murillo nació en Sevilla en 1617 en una familia bien avenida. Aunque realizó algún viaje a la corte de Madrid, el pintor vivió y murió en su ciudad natal, donde alcanzó un enorme reconocimiento. Tanto, que cuando la epidemia de peste de 1649 asoló Sevilla y otros grandes, como Zurbarán, huyeron a la capital, Murillo pudo permanecer gracias al apoyo de sus fieles clientes. La serie del hijo pródigo, de hecho, está situada en Sevilla. Aunque Murillo es bastante fiel al pasaje de la Biblia, también se permitió incluir elementos andaluces: la vestimenta de los personajes es típica de la zona y la época, lo mismo que la vajilla representada en el banquete. El detalle favorito de la doctora Brady son los cerdos ibéricos negros que el pintor introdujo en «El hijo pródigo abandonado»: «Me hace mucha gracia –confiesa entre risas–. Incluso lo tengo de protector de pantalla».

Murillo fue el primero en España en llevar esta parábola al lienzo, por lo que no tenía demasiadas referencias pictóricas. La investigación de Brady señala que habría trabajado a partir de varias fuentes, entre ellas los grabados de Jacques Callot. Pero si la parábola no era popular entonces entre los pintores españoles, sí lo era entre los escritores, y Brady identifica en Murillo la influencia de «El hijo pródigo», de Lope de Vega, publicada en 1604, así como de la versión de 1622 de José de Valdivieso. Lydon y Brady explican que la investigación que se realiza antes de restaurar una obra es tan importante como el proceso en sí, «porque nos permite entender a qué nos estamos enfrentando exactamente, cuáles son los problemas de los cuadros y cuál nuestro objetivo. Pero también nos ayuda a comprender mejor al artista: nos desvela quién era y qué estaba pensando», asegura Lydon. «Estos cuadros fueron hechos rápidamente, con pasión y espontaneidad, lo que evidencia el talento de Murillo», añade Brady. Apenas existen bocetos de preparación de los cuadros, excepto uno, que encontró la propia Brady en una subasta en 2012. Pero no el único. A pesar de que la serie fue realizada de manera rápida e intuitiva, uno de los cuadros sí obligó a Murillo a parar y repensar la composición. Una radiografía de «El hijo pródigo abandonado» desveló que el sevillano había incluido al fondo del lienzo un edificio en ruinas que luego eliminó: «Al parecer, tras terminar de pintarlas Murillo decidió, de una manera dramática y muy inusual en él, taparlas con el cielo», explica Brady. Este descubrimiento, además, implica que al menos uno de los cuatro bocetos de esta serie (que posee el Museo del Prado) fue realizado a posteriori: es decir, no se trata de un dibujo preparatorio, como siempre se había creído, sino de un «ricordo» del cuadro final.

Historia de un cuadro

«Estos cuadros poseen un enorme significado para muchos de nosotros –explica la restauradora Muirne Lydon–. Cuando los trajimos a la sala algunos miembros del equipo de seguridad estaban emocionados; llevan décadas trabajando aquí y recuerdan cuando la serie llegó a la galería después del robo». Se refiere al segundo de dos hurtos de arte que sufrió la familia Beit, que donó su colección a la National Gallery en 1987. Pero, primero, expliquemos cómo llegaron los Murillo a Irlanda: José de Salamanca y Mayol compró gran parte de la colección de los Madrazo, incluidos los Murillo, en 1861. Seis años después, vendió más de 200 de las obras, entre ellas la serie del hijo pródigo. La compró el coleccionista inglés William Ward, conde de Dudley, quien también negoció con el Vaticano para recuperar «El regreso del hijo pródigo», que Isabel II había regalado al Papa. Le costó 2.000 napoleones de oro, un Fra Angelico y un Bonifazio. En 1896 el también británico Alfred Beit adquiere los seis murillos y, aunque cambian de manos varias veces, los cuadros permanecen en la colección de la familia Beit, que los atesora entre sus preferidos. Cuando el heredero de Beit se instala con su esposa en Irlanda, trae la serie a su nuevo hogar, la mansión Russborough, en Wicklow. Allí, los cuadros sobreviven a un incendio y a los dos robos mencionados: el primero organizado por el IRA en 1974 y el segundo, en 1986, por el famoso criminal Martin Cahill. Los cuadros, con todo su encanto y misterio, regresarán a España por primera vez desde 1867 para una exposición que les dedicará el Museo del Prado en 2021.

Dos escenas libertinas

La tecnología también les permitió añadir una nueva pieza al puzzle. Radiografías de dos de los cuadros, «La disipación del hijo pródigo» y «El hijo pródigo expulsado por las cortesanas», muestran grietas verticales en la pintura, lo que sugiere que los lienzos fueron desmontados, enrollados y seguramente almacenados. No es casualidad que se trate de las dos escenas que representan las experiencias «libertinas» del protagonista. «La mayor parte de la investigación sobre esta serie se ha centrado en determinar quién fue el mecenas que la encargó. Muchos han especulado con que se trata de un extranjero, alguien que no estuviera atado por las restricciones morales de la Andalucía del siglo XVII, donde era impensable retratar escenas de excesos y prostitución –explica Brady–. Sin embargo, ahora creemos que lo más probable es que haya sido un sevillano quien los encargó y que, al verlos terminados, pensara: «No, Dios mío, no podemos colgar esto en nuestras paredes».

Dónde: Sala Hugh Lane de la National Gallery de Irlanda.

Cuándo: hasta el 30 de agosto.

Cuánto: entrada gratuita.