Peridis: “Ser responsable un día es fácil, pero serlo todo un año es una heroicidad”

Tras superar el covid-19, el escritor y dibujante publica “El corazón con que vivo” (Espasa), Premio Primavera de novela e historia de dos familias enfrentadas por las circunstancias de la Guerra Civil

Para José María Pérez “Peridis”, estamos como Ulises, “entre Escila y Caribdis”, en busca de un equilibrio que nos haga recuperar la salud y la economía. “Hay que pasar por el medio con mucho cuidado”, dice. Y es que el mundo ha dado muchas vueltas en pocos meses, el suyo propio también. Si en febrero se le concedía el Premio Primavera por “apostar por la reconciliación”, fallaba el jurado de su novela “El corazón con que vivo” (Espasa), en marzo, el dibujante y escritor debía ingresar en el hospital para sacudirse el virus, y hoy, ya recuperado, publica el libro sobre dos de tantas familias que en la Guerra Civil pasaron del blanco al negro entre ellos.

Con más realidad que ficción, Peridis, recupera los pasajes que vivió de niño y los sube a la Montaña Palentina dentro de una trama que encuentra sus ecos hoy: aquellas denuncias entre vecinos las vemos hoy con la llamada Policía de balcón; o la solidaridad en momentos de penurias y esa hermandad en el sufrimiento; o la preocupación por la higiene para no enfermar; o ese ambiente político en el que unos mantienen la integridad personal por encima de las ideologías y otros, sin embargo, utilizan la ideología como excusa de sus actos. Especialmente le “duele” esto último a un autor que dice estar “bien de tono” tras recuperar sus paseos alrededor del Retiro y su tira diaria.

-¿Ha sido lo que más ha echado en falta?

-Estuve una semana sin dibujar y sí, lo eché en falta.

-Creo que había fallado cuatro veces en 44 años...

-Muchas me parecen: recuerdo una, porque estuve de vacaciones, y otra cuando murió mi hija. Nada más. Bueno, ahora.

-¿En qué hospital ha estado?

-San Francisco de Asís, soy muy de monjes y monasterios y ahí me han dado una celda de cartujo. Me he sentido como tal.

-Eso es que ha estado bien cuidado.

-La comida era buena, al menos, venía caliente. Tenía mucha hambre. Me hice a la idea de que estaba en un monasterio y de que me iban a devolver la salud. Tenía soledad, silencio y sopa, ¿qué más se puede pedir?

-Viendo las cifras de fallecidos, ¿qué se siente en esos momentos?

-Cuando ya empecé a tener problemas respiratorios pensé que la palmaba: 78 años y operado del corazón... Pero cuando comencé a comer del hospital se me pasaron los males.

-Mantener el apetito siempre es buen síntoma.

-Eso pensaba yo. Y lo otro que me recuperó fue Johann Sebastian Bach. Me mandó mi hija las “Partitas” y son súper relajantes. Pedía una “Toccata y fuga”, y la tocaba. Esto de la tecnología es la pera.

-Muy obediente, sí.

-Y, luego, Beethoven y Mozart también estuvieron en mi habitación, calladitos y sin regañar. Me ponían la música que quería y gratis.

-¿Qué ha aprendido de toda esta experiencia?

-A valorar la vida, el silencio, la soledad y la familia, que siempre ha estado al otro lado del WhatsApp.

-¿Volveremos a la normalidad de enero de 2020 o eso ya es pasado?

-Todo esto tiene impacto por la fragilidad que nos ha revelado. Yo mismo pensaba que no nos iba a afectar este virus. La manga riega, que aquí no llega... Y vaya si ha llegado. Nos pasamos de confiados. No sé hasta qué punto China nos ha engañado como a chinos. No me creo que el virus se haya comportado allí de distinta manera. Es todo rarísimo.

-¿Una situación así facilita la creación de viñetas o es todo lo contrario?

-Al principio costaba más, todos los días con lo mismo, pero como cada día hay una movida gorda, pues hay mucho material. Con cuidado, porque el asunto es peliagudo, pero el humor siempre viene bien.

-En la novela, Lucas Miranda dice que “nadie se merece una guerra civil, ni que los vecinos se demanden entre ellos”. Hemos tenido mucho policía de balcón en estas semanas.

-Las guerras se acaban, los militares se marchan y los civiles tenemos que convivir... Tenemos que perdonar, olvidar y mejorar, como se dice en el libro. La lección es cómo esas familias que eran amigas pasaron a enemigas. Y a España le ha costado mucho salir de aquello porque el fantasma de la guerra se agita cada cierto tiempo. Se vuelve a hablar de “guerracivilismo” y de “ellos y nosotros”.

-La clase política ha formado bandos hasta en situaciones como esta crisis que vivimos.

-Las palabras no solo las carga el diablo, sino que también matan. Hay un principio de reacción y reacción. ¿Tú dices esto? Pues tú más.

-¿Entiende las “caceroladas”?

-Solo buscan el eslogan. Empiezan a salir banderas y estas son incluyentes y excluyentes. Como hemos visto en Cataluña, significan a los que las llevan, pero también a los que no.

-En el libro también se dice que “la desgracia y el sufrimiento hermana a quienes lo padecen”, ¿ya se nos ha olvidado lo que acaba de pasar?

-Hay veces que se deja todo a un lado porque ha habido una tragedia, y esa es la condición humana, lo que nos hace hombres y no animales.

-¿Le duele como se está gestionando todo a nivel político?

-Sí, porque este es un tiempo de tregua de Dios, como decían en la Cruzada. Cuando está en peligro la salud y la economía hay que mirar cómo recuperarlas, y derribar al gobierno, sea regional o central, no me parece lo adecuado. Hay un equilibrio muy difícil.

-Para concederle el Premio Primavera, el jurado valoró la “reconciliación” que muestra en su libro.

-¿A nivel familiar, cómo rehaces las relaciones cuando los odios, dolores o desgracias te mantienen abierta la herida? Creo esta generosidad se da en algunos personajes. Esas ganas de reconciliación, que fueron las que hubo en la Transición con la Ley de Amnistía y con Carrillo y Fraga juntos en el Parlamento. Fue un acto de generosidad.

-¿Choca ese acercamiento con lo que vemos hoy?

-Debería haber sido fácil porque las cosas que hay que hacer en un momento como este no son tan diferentes sea un gobierno u otro; lo estamos viendo en todo el mundo. Aquí, como en otros tantos sitios, hemos ido un poco tarde, nos ha pillado en bragas, pero una vez que la cosa se disparó creo que no se podía hacer otra cosa. Vamos a ver por dónde salimos porque el sistema sanitario está saturado y si no hay vida no hay nada. Tenemos que aprender a vivir con el virus por un tiempo. Confío en la gente, aunque ser responsable un día es fácil, pero serlo todo un año es una heroicidad.