Coreomanía: la epidemia en la que se bailaba hasta morir

Se trata de un extraño fenómeno que afectó a varias poblaciones entre el siglo VII y el XVI

Hace ya semanas que hemos abierto los ojos y comprobado que esto de las pandemias no es algo de la Antigüedad ni una enfermedad rara del otro lado del mundo, pero aun así todavía hay episodios de la Historia que nos resultan imposibles de ver hoy. Uno de ellos es esa epidemia (o plaga) de baile que asoló Estrasburgo en 1518.

Dicen que Frau Troffea empezó a bailar y no había nadie que la parara. Ni siquiera ella misma podía controlarse. Pero, lejos de detenerse, la coreografía era contagiosa y la gente se le sumaba. No fueron minutos ni horas en trance, sino días. Hasta un mes sin parar, recogen las crónicas. Hasta que las piernas fallaban. Ataques epilépticos, derrames, infartos... eran los únicos capaces de frenar a los “contagiados”.

El de Estrasburgo no fue un caso único. Si no una rara “moda” que nada tenía que ver con las contemporáneas “raves”, sino con una fiebre inexplicable. Así lo recogía en pleno siglo XVI Gregor Horst: “Varias mujeres que cada año visitan la capilla de San Vito en Drefelhausen (...) bailan locamente todo el día y toda la noche hasta que se desmayan en el éxtasis. De esta manera, vuelven en sí de nuevo y recuerdan poco o nada hasta el próximo mes de mayo, cuando se ven obligados de nuevo (...) en torno al día de San Vito a volver a ese lugar (...) Se dice que una de estas mujeres ha bailado cada año durante los últimos veinte, otra un total de treinta y dos”.

Entre otros, hacía referencia a un incidente, de 1278, en el que se juntaron un par de centenares de personas sobre el río Mosa (Alemania). Todos bailaban... hasta que el puente cedió. Los supervivientes fueron restablecidos en una capilla cercana, la de San Vito.

Pero el brote más antiguo de este tipo que se tiene registrado es del siglo VII. No obstante, uno de los más citados es el de Bernburg de 1020, hace justo mil años. Allí, una veintena de campesinos comenzaron a cantar y bailar alrededor de una iglesia y pararon cuando ya no había más fuerzas. En 1237, un grupo de niños fue de Erfurt a Arnstadt, también saltando y bailando.

Pero los primeros brotes importantes de la coreomanía llegaron en la segunda mitad del XIV. El 24 de junio de 1374, en Aquisgrán (Alemania) comenzaría una marcha que se extendería por Colonia, Flandes, Franconia, Hainaut, Metz, Estrasburgo, Tongeren, Utrecht... Incluso traspasaría fronteras llegando a Italia y Luxemburgo.

Precisamente en Italia se hizo viral el tarantismo, un fenómeno en el que se decía que las víctimas habían sido envenenadas por una tarántula o un escorpión, y cuyo brote más antiguo data del XIII. Solo el baile permitía separar el veneno de la sangre, decían, por lo que la gente danzaba sin parar. De repente, un hombre o una mujer empezaba a bailar y el resto de los presentes se le sumaban pensando que el veneno de las picaduras sufridas anteriormente era reactivado por el calor del verano.

Otra historia fue la epidemia de la risa de Tanganica de 1962. Un brote de histeria colectiva cerca de la aldea de Kashasha (actual Tanzania). El 30 de enero, una escuela de niñas comenzó a partirse literalmente de la risa y 95 de las 159 alumnas cayeron víctimas de las carcajadas. Unas, apenas estuvieron horas “felices”, otras, hasta 16 días. El 18 de marzo la escuela cerraba porque sus estudiantes no se podían “concentrar”.

Con las clases vacías, pero con las niñas en casa, la epidemia se extendió al pueblo de muchas de ellas, Nshamba, afectando así a más de 200 personas. Algo similar ocurriría en junio tras un intento de apertura de la escuela, tuvo que volver a cerrar y ahora la “enfermedad” viajó hasta otra escuela de Ramashenye, donde afectó a 47 muchachas.