Troya, la Grecia arcaica que Nietzsche adoraba

La ciudad habitó durante un largo tiempo entre las brumas de la leyenda y en el germen de toda literatura

La tercera ciudad perdida de la antigüedad que vamos a tratar en esta serie es la imprescindible ciudadela de Troya, tramoya literaria por excelencia en el alba de occidente. En torno a sus míticas murallas, asediadas por el contingente de los griegos aliados –bajo el mando de Agamenón, rey de Micenas, en pos de la legendaria belleza de Helena, esposa a la sazón de su hermano Menelao, huida o raptada por el príncipe troyano Paris–, se desarrolla, como es sabido, la épica homérica. Pero Troya habitó por largo tiempo entre las brumas de la leyenda y en el germen de toda literatura, lo que, en suma, significaba Homero para todos nosotros. Y ello desde que se perdiera su pista ya en la antigüedad: aun Alejandro III de Macedonia, llamado el Magno, junto a otros poderosos de la historia antigua pudieron rendir emocionado y mitómano tributo a sus héroes en las ruinas de la ciudadela. Mas luego cayó en el olvido y se dio por perdida en la imaginación de los hombres, quedando tan solo –si esto fuera poco– como emplazamiento perenne de la geografía mítica y literaria homérica, base de la tradición literaria clásica, que es como decir la occidental.

Visionario y «amateur»

Y todo ello hasta que, a finales del siglo XIX, un visionario y arqueólogo «amateur», del que ya hemos hablado, Heinrich Schliemann, se obsesionó con la idea de desenterrar esta ciudad perdida. Sorprendió a toda la docta Europa la perseverancia de un pionero ajeno al mundo académico que, sin ningún prestigio previo, se decidió a seguir su olfato y frente a la isla de Ténedos, gracias a las indicaciones de los poemas homéricos, acabó encontrando el lugar que cambió la historia de las ciencias de la antigüedad. Tras una carrera fulgurante en el mundo del comercio menos escrupuloso –desde las armas al oro–, Schliemann no reparó en entusiasmo, gastos o sobornos para conseguir su objetivo. Finalmente logró del gobierno otomano el permiso para excavar en la colina de Hissarlik, donde todo apuntaba que podría hallarse Troya.

En 1872 halló los presuntos restos y un año más tarde un rico ajuar que llamó «Tesoro de Príamo», largo tiempo custodiado en los museos berlineses hasta que, en la Segunda Guerra Mundial, cayó en manos de los rusos y recaló en el actual Museo Puschkin de Moscú. Schliemann no halló una, sino varias Troya superpuestas, de las cuales identificó una como el escenario más verosímil de la «Ilíada». Más tarde, gracias a la arqueología científica de los tiempos posteriores, sabríamos que no era así. Pero la intuición genial de este amante de la poesía antigua llevó a desvelar el emplazamiento de la legendaria ciudadela de Príamo.

Aparte de su relevancia indudable en el plano arqueológico, el hecho de sacar a la luz los restos de aquellas ciudades –algunas de notable antigüedad y que atestiguan la Edad del Bronce y el trasfondo histórico de los versos atribuidos a Homero–, no cabe subestimar la enorme importancia histórica y cultural que tuvo este descubrimiento, que dejó repercusiones de hondo calado en su época. El final del XIX estuvo marcado por un hallazgo que convulsionó la historia de la cultura en su momento. No solo las ciencias de la antigüedad, sino también el pensamiento, el arte y las diversas corrientes ideológicas se vieron influidas por el redescubrimiento de Troya.

Influencia filosófica

Un buen ejemplo de este terremoto cultural fue la huella que dejaron estos descubrimientos en el gran filósofo del «fin de siècle» y de comienzos de la modernidad: Friedrich Nietzsche. Si pensamos que el descubrimiento de Troya por Schliemann coincidió en el tiempo con el comienzo de la andadura filosófica del gran Nietzsche, alejándose de la filología clásica más cerril en pos de un sistema de pensamiento propio –a partir de la publicación en 1872 de su controvertida obra «El nacimiento de la tragedia»–, podemos hacernos una idea de lo que supuso en aquel momento para el catedrático de Basilea la gesta de Schliemann. Nada menos que aquel «otro comienzo» («anderer Anfang») para la antigua Grecia que incluía el redescubrimiento de una Grecia arcaica, anterior a la blanca, platónica y winckelmanniana Grecia clásica de rectas formas que, en el fondo, Nietzsche aborrecía y combatía.

En tal marco cabe leer su impulso de desvelar los orígenes de la poesía trágica y también su empeño por releer a los llamados presocráticos, en pos de unos orígenes «más auténticos» de Occidente, un comienzo distinto: una experiencia más vitalista para los propios fundamentos e identidad de Europa, buscados siempre en la Grecia clásica y que Nietzsche veía ahora también en el viejo bronce resonante de los versos del Padre Homero, confirmados por la arqueología. Troya, nunca perdida del todo, hacía renacer de nuevo a Occidente.