“A Land Imagined”: Prohibido dormir en Singapur

Yeo Siew Hua, el autor de esta hipnótica y atractiva propuesta, nos confiesa de dónde nació la historia que triunfó en el Festival de Locarno

Por sorprendente que pueda parecer en un mundo tan ampliamente dinamitado y exprimido como el que pisamos desde hace siglos, los explotados también sueñan. A través de la imaginación son capaces de reconciliarse con la vida y con esa realidad alienante que invade los rincones de su tiempo y durante un pequeño lapso bailan poseídos por los sonidos plastificados de una suerte de raves oníricas que tienen lugar en espacios apartados de las áreas de producción en las que parece complicado saber a ciencia cierta si lo sucedido allí está teniendo lugar o no.

En la cabeza del cineasta Yeo Siew Hua, los trabajadores migrantes de una empresa de construcción que se dedica a la remodelación geográfica de Singapur desfilaban por su cabeza como artesanos oprimidos, creadores de una tierra inventada, que no conseguían dormir por las noches. Tras tres años de exhaustiva investigación, el director de “In The House of Straw” decidió que la precaria situación de estos empleados era capaz de albergar una belleza poética muy aprovechable en términos audiovisuales y se lanzó a la creación de “A Land Imagined”, una propuesta sugerente, difícilmente clasificable cuya trama tiene el poder de absorber la potencia del realismo mágico y evocar estéticamente a la psicodelia futurista de “Blade Runner”.

El veterano actor asiático Peter Yu da vida a Lok, un inspector de policía que investiga la desaparición de Wang, uno de los trabajadores de la mencionada empresa cuya existencia se reducía a una desalentadora cita nocturna con un cibercafé para intentar paliar la soledad y el insomnio. Ambas personalidades convergen de manera sospechosamente familar. Ninguno de los dos puede conciliar el sueño y el caso pronto empieza a convertirse en una búsqueda incesante y por momentos agónica de los propios fantasmas. Hoy llega a los cines este original retrato de las sociedades modernas y hablamos con su creador para analizar los sentimientos de pertenencia y ponerle nombre a todo lo que funciona mal.

–¿El progreso de las sociedades implica siempre abuso por parte de las clases dominantes? ¿Es posible un mundo mejor sin explotación?

–Espero que sí, pero se necesitará algo más que simplemente cambiar una política o hacer una película. Creo que primero tenemos que soñar, colectivamente, cómo puede ser este mundo mejor. Creo que la mayor amenaza del capitalismo es que pretende haber ocupado todo el espacio y dejarnos sin nada con lo que soñar.

–Wang, el protagonista de esta cinta, tiene una enorme dificultad para conciliar el sueño...

–Cuando empecé a hablar de hacer una película sobre personajes insomnes, de repente mucha gente que conozco comenzó a decirme que también tienen problemas para dormir. Y aunque hay teorías al respecto, sobre todo sigue siendo un misterio. Tal vez estamos en un gran sueño despierto y yo solo soy parte de ello.

–La presencia y convergencia de universos oníricos, surrealistas y profundamente sugerentes es clave en toda la trama. ¿Hoy se ha vuelto difícil distinguir la realidad de la ficción?

–La realidad es únicamente una porción de ficción que ha conseguido obtener un mayor consenso. No existen por separado, así que no encuentro la necesidad de distinguirlos tan claramente. Del mismo modo, no soy tan escéptico sobre la naturaleza de mi realidad como estoy convencido de la realidad en mis sueños. Son tan reales como mis momentos de vigilia. La convergencia entre ambos es natural y positiva.

–¿Ha cambiado la globalización el concepto de migrante? ¿Somos más tolerantes con los extranjeros ahora que antes?

–El concepto del migrante ha cambiado en gran medida debido a la forma en que nos encontramos en el proceso de globalización. La mayor afluencia de migrantes ha creado xenofobia a gran escala entre las poblaciones locales. Tenemos adquiridos prejuicios para etiquetar convenientemente al otro que muchas veces ni entendemos. Pero ahora que comparten un espacio común, me parece que se han convertido en una proyección de nuestros miedos traducidos en amenazas imaginadas.

–Wang opta por una amistad virtual para aliviar su soledad e insomnio. ¿Son las redes sociales un sustituto eficaz del afecto humano?

–Wang se sumerge en un universo virtual para buscar una conexión para encontrarse más solo que antes. Es probablemente cierto que las redes sociales nunca pueden ser ni serán un sustituto de las caricias de un amante, por ejemplo, pero en esa misma línea, el afecto humano no puede suplantar las posibilidades y modalidades de nuestras propias extensiones. No son comparables, incluso si tendemos a perdernos en ambos estados.

–La historia también reflexiona sutilmente sobre la sensación de pertenecer a un lugar... ¿Se puede llegar a sentir uno como un extraño en su propia casa, en su propia tierra?

–A menudo siento que esto es así, especialmente en una ciudad que está superando rápidamente a sus propios habitantes. Todos los espacios que habían ocupado mis recuerdos de juventud ya no existen. También he conocido a migrantes que han vivido en Singapur más tiempo que yo. ¿Eso hace de esta ciudad su casa también o incluso más que la mía? Tal vez todos deberíamos sentirnos un poco extraños en la tierra que llamamos hogar.

La nueva generación del cine asiático

No cuesta advertir en el cine de Yeo Siew Hua ese poso de filosofía conceptual que le queda de sus estudios en la Universidad Nacional de Singapur. Las palabras en sus diálogos dejan la puerta abierta a dobles significados, a múltiples interpretaciones, a realidades paralelas que nunca terminan de consumarse. Su primer largometraje, de tintes experimentales que tenía por título “In The House of Straw” (”En la casa de la paja”), ya atrajo las miradas de la crítica y fue destacada como una película significativa dentro del Festival New Wave de Singapur. Una mirada personal y evocadora cuyas cualidades se han terminado de consagrar con el abrazo del jurado en el Festival de Locarno durante la última edición. Sea como fuera, conviene quedarse con el gesto de este joven de 35 años que se consolidó la pasada edición con el Leopardo de Oro a la Mejor Película como una de las voces más expresivas y singulares del panorama cinematográfico asiático.