Si Tirso de Molina hubiese sido mujer

La directora Natalia Menéndez inaugura la temporada de la Compañía Nacional de Teatro Clásico con una comedia palatina de este autor con un marcado acento femenino

Con «El vergonzoso en palacio» reabrirá sus puertas el Teatro de la Comedia la próxima semana después del largo parón que han provocado la pandemia y el descanso estival. Si bien estaba previsto que fuera esta la primera temporada programada íntegramente por Lluís Homar desde que se colocara al frente de la institución hace un año, el nuevo director ha querido recuperar las tres producciones que no pudieron estrenarse en el pasado curso por la crisis sanitaria.

La primera de ellas es esta comedia palatina que Tirso pudo escribir –al menos, una primera versión– en sus inicios como autor dramático, entre la primera y la segunda década del siglo XVII. La función tiene como línea argumental básica la decisión del joven y rústico Mireno de abandonar su hogar para prosperar socialmente, y las peripecias que tendrá que afrontar en la ciudad para lograrlo, obviamente con una rocambolesca historia de amor incluida, que será la que protagonice junto a doña Madalena, nada menos que una de las hijas del poderoso Duque de Avero.

Natalia Menéndez, que define la obra como «una comedia con tintes serios y locos», no oculta los cambios que se han introducido con respecto al texto original en esta versión que firma la dramaturga Yolanda Pallín: «Aunque larga y con tramas anecdóticas, y a pesar de ese gusto por el enredo tan enrevesado de Tirso, la obra se podía seguir bastante bien, pero nos ha parecido oportuno hacer modificaciones». Y aclara cuáles han sido fundamentalmente: «Se ha aligerado el texto e ido claramente hacia la trama principal del amor y del deseo. En el inicio se habla de una violación, y nos ha parecido necesario transformar la actitud de ciertos personajes con respecto a esto. También hemos rebajado el humor escatológico que había en la comedia, dejando solo un ejemplo. En cuanto al personaje de Melisa, es más fuerte y más digno en esta versión. También se ha modificado el final de Serafina y el de Juana, ganando esta última más protagonismo. Es una apuesta clara por la libertad de la mujer y sus deseos».

El enredo amoroso, las falsas identidades y la posibilidad de ascenso social son algunos de los ingredientes que Tirso empleó en esta obra de ambientación portuguesa en la que sorprenden por su modernidad y riqueza, como en tantas otras firmadas por él, precisamente los personajes femeninos, algo que Menéndez ha tenido muy presente en su propuesta. «Madalena, Serafina, Juana y Melisa son cuatro mujeres de quitarse el sombrero por su originalidad, sus quiebros, y su atrevimiento –explica la directora–. Las dos primeras, hijas del Duque, son insólitas: Madalena, porque con el amor rompe las normas sociales establecidas y se lanza a hacer cualquier cosa para conseguir ese amor; Serafina, porque aprovecha las fiestas de carnestolendas para disfrazarse de hombre y ser lo que no puede ser como mujer; le gusta el teatro y aprovecha las fiestas para ensayar diferentes papeles masculinos e inventarse los argumentos, desprecia el amor y solo se enamorará de aquel que es más estrambótico que ella. Juana es prima de estas niñas y la que urde todas las tramas de amor; es libre, ama a varios y se divierte jugando con las personas y sus emociones. Y Melisa, la campesina, ama a dos hombres, es hedonista y tiene claro que quiere otra vida menos dura», argumenta.

Anna Moliner, Lara Grube, María Besant y Nieves Soria son las actrices que dan vida, respectivamente, a estas cuatro mujeres que tratan de abrirse al mundo y al amor. Menéndez ha formado un elenco de 14 intérpretes con gran diversidad de edades y trayectorias: los más experimentados en el teatro clásico conviven con otros que han desarrollado su carrera alejados del verso y que debutan ahora en la Compañía Nacional. «La credibilidad y la intuición me suelen dar la pauta para hacer los repartos», asegura la directora, que reconoce, no obstante, que «existía cierto riesgo, puesto que de los catorce actores solo había trabajado con cuatro, pero es una apuesta enriquecedora; creo que es importante dar paso y ofrecer otras posibilidades». En cualquier caso, asegura que el resultado de este trabajo con los actores no ha podido ser «más divertido y sugerente; especialmente, por la aportación de Mey-Ling Bisogno en la coreografía».

«También el espacio respira humor y enredo», añade Menéndez, que ha vuelto a contar con Alfonso Barajas para diseñar una escenografía muy relacionada, en esta ocasión, «no tanto con ubicaciones concretas como con los diferentes estados y temas que se plantean. Los espacios mudan, se mueven, se transforman: usamos espejos para abordar el tema de la identidad; el árbol para ambientar el campo y el bosque enmarañado, que es el amor...», termina.

En cuanto al resto del reparto, José Luis Alcobendas, Pablo Béjar, Alejandro Saá o Javier Carramiñana son algunos de los actores dentro de él que vuelven a repetir con la Compañía Nacional, sin contar a las ya mencionadas Grube, Besant y Soria. Por su parte, Juan Gómez Cornejo se encarga de la iluminación, Almudena Rodríguez Huertas firma el vestuario y Mariano García ha diseñado el espacio sonoro.

Otra feliz recuperación

Las representaciones de «El vergonzoso en palacio» se solaparán durante los próximos días en la sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico con otra recuperación de la malograda temporada pasada. Será el montaje del shakesperiano «Sueño de una noche de verano», en una versión de Carolina África que dirigirá, a partir del día 1 de octubre, Bárbara Lluch en la sala pequeña, o Sala Tirso de Molina, del Teatro de la Comedia. Asegura Lluch estar enamorada de esta obra desde los cuatro años: «Me conmueve la humanidad y vulnerabilidad de todos sus personajes. Nada es lo que parece. Ninguno somos lo que aparentamos. Y me emociono, río y sufro al leer y ver los estragos, entuertos y desafíos que Shakespeare hace vivir a sus protagonistas: la fragilidad de nuestras decisiones; la volatilidad de nuestro amor; la falta de control absoluta sobre nuestros destinos, sobre nuestras vidas y a veces sobre nuestros sentimientos. Incluso cuando experimentamos la felicidad más anhelada, tememos estar dormidos y perderla al despertar».