Los últimos de la “Quinta del biberón”: “Me robaron la juventud”

Fueron los soldados más jóvenes de la Guerra Civil española. Apenas tenían 18 años. Arturo Pérez-Reverte los recuerda en su nueva novela, “Línea de fuego”. Estos son sus testimonios

A finales de julio de 1938, el general Vicente Rojo decide pasar a la ofensiva y atacar las posiciones nacionales en Terra Alta. La República necesitaba una victoria que le devolviera la iniciativa en la guerra. Un golpe de mano que elevase la moral de los suyos y les permitiera aliviar la presión sobre Valencia. El plan no estaba exento de riesgos (había que vadear el río, una de las operaciones militares más complejas) y reunir un alto número de tropas que les permitiera, primero, avanzar, y, segundo, mantenerse firmes en el terreno tomado al enemigo para defenderlo. Para ello tuvieron que contar con tropas con experiencia, de veteranos bien fogueados y adiestrados, el apoyo de voluntarios, como las milicias internacionales y, también, con nuevos reclutas, peso que recayó en parte sobre la que se ha denominado la “Quinta del biberón”.

Arturo Pérez-Reverte relata la batalla del Ebro en su última novela, “Línea de fuego” (Alfaguara), que se publica esta semana. Una narración bélica, de una enorme intensidad literaria, de esas que roban el aliento, donde cuenta con minuciosidad cómo lucharon y murieron nuestros abuelos. Ahí describe, a través de uno de sus personajes, en un párrafo cargado de emoción, cómo eran esos chicos que no alcanzaban en ocasiones los 18 años y a los que ni les había dado tiempo a salir del hogar familiar, y que, de repente, se vieron envueltos en el enfrentamiento más duro que se produjo durante la Guerra Civil española: “En mi compañía tengo ciento treinta y cuatro críos de diecisiete y dieciocho años que hace un mes aún estaban en sus casas: catalanes, valencianos, murcianos... Se les ordenó presentarse con cuchara, plato, manta y calzado. Algunas madres los acompañaban de la mano hasta la puerta misma del cuartel con bocadillos envueltos en papel de periódico”.

Miquel Morera, que goza actualmente de unos saludables 101 años, una cabeza bien asentada y una voz aún fuerte, era uno de esos 30.000 chavales movilizados. Por entonces tenía 16 inviernos recién cumplidos y era un crío listo, despierto, que disfrutaba de un padre arrojado y comprometido, un maestro armero, el encargado de reparar armas y tenerlas a punto. “Estaba en casa y no hacía nada. Mi padre en cambio se encontraba en el frente de Teruel. ¿Te quieres venir de ayudante?, me peguntó. Así de simple. De esta manera, al menos, permanecía junto a él. Aquello era una guerra. Todos sabíamos a qué atenernos. Mire, usted, los 16 años de entonces no eran los de hoy. Nosotros a los 14 ya debíamos salir a trabajar y estábamos aprendiendo el oficio. Teníamos derechos, pero también responsabilidades. Todo evidente. ¿Por qué no íbamos a formar parte de la guerra si queríamos?”.

Miquel Morera es una excepción. Un muchacho con convicciones que decidió ir al frente (estuvo en diversas localidades de nuestra geografía peleando y ayudando) por ánimo propio, empujado por sus convencimiento. “Había de todo entre esos jóvenes. La mayoría ni siquiera sabía cómo pensábamos los republicanos, pero tuvieron que estar. Unos se pasaron al otro lado y otros murieron casi sin darse cuenta. Hubo de todo. Estuve en muchos lados combatiendo, pero, en la batalla del Ebro y el Segre, no. Ahí no participé porque la brigada mía quedó rezagada defendiendo un sector para evitar que nos hicieran la tenaza. Pero los que estuvieron allí lo pasaron peor que yo, porque resultó muy duro aquello”.

Inconscientes

Quien sí lo vivió fue Jaume Calbet. Él mismo relata su experiencia: “Tenía 17 años, no era consciente de lo que se me venía encima. Recuerdo que el primer día nos llevaron al Parc Samà de Reus, junto con mis compañeros del pueblo que también fueron llamados. No dormimos en toda la noche, porque estuvimos tirándonos paja unos a otros, jugando”. Para Calbet, ya de noventa y pico años, aquellos momentos resultaron cruciales. “Yo hablo por mí mismo. No sabía lo que podría pasar con mi vida. No sabía nada de nada ni tampoco lo que era un conflicto en el que ibas al frente a matar gente que no conocías. No creo que ningún compañero de mi quinta pensara en las consecuencias derivadas de aquel conflicto. Por mi parte, nunca imaginé que me podrían matar o herir y quedar inválido para toda la vida. En una batalla tienes miedo, disparas sin pensar que puedes matar a otra persona”.

Jaume Calbet tuvo bastante pronto la oportunidad de comprobar qué conlleva una batalla: “Estuve en el Frente de La Fatarella, La Serra de Cavalls, aguanté, el primer día de la séptima ofensiva de los nacionales, desde primera hora de la mañana hasta que oscureció, la artillería por un lado y a la aviación por el otro, hasta que se hizo de noche. No puedo olvidar que a mí un obús me sepultó medio cuerpo en tierra y piedras. En esa batalla perdí a dos compañeros. A mi amigo Fornós, por un trozo de metralla que le impactó en la cabeza, y al otro, porque un obús le destrozó toda una pierna. Insisto. Cuando vas a algo así, no piensas en nada. Ni que puedes matar ni que te pueden matar o herir”.

Aquellos muchachos de la “Quinta del biberón” fueron las caras más crueles de una contienda que se libró en la vanguardia y la retaguardia. Ellos se convirtieron en el reemplazo de las bajas de los cuerpos del ejército republicano. Todavía estaban apegados a sus familias. Muchos ni siquiera sabían lo que era el amor ni accedido a la universidad ni habían probado el alcohol con sus amigos (algunos lo hicieron por primera vez justo antes de entrar en batalla para infundirse ánimo). Tuvieron que afrontar enormes penalidades y la mayoría no iban bien provistos.

Miquel Morera, que perteneció a la columna Macià-Companys, fue de los privilegiados que sí disfrutó de un uniforme y que contó con equipo. He escuchado que combatieron en el Ebro con alpargatas. "Es posible. En la guerra, no todos van de la misma manera. Yo pasé mucho miedo la primera noche que estuve allí. No se me olvidará nunca. Ya llevaba tiempo, pero la primera vez que te mandan a una trinchera, en una posición avanzada... Después estuve combatiendo, metiéndome en batallas. Tuve que participar de la defensa de una posición. Un nido de ametralladora. Lo pasé mal, porque venían muchos, por tandas, y yo los abatía. A bastantes. En esos momentos se te va calentando la sangre, porque los acontecimientos van subiendo de tono. Entonces te pones a punto y, venga lo que venga, participas, actúas Como sea. Luego, el resultado es el mismo, porque lo que estás defendiendo en el fondo es tu supervivencia. Defiendes tu vida -prosigue- y la de los compañeros que tienes en la posición. Considero que es lo que hay que hacer”.

Jaume Calbet se vuelve nostálgico cuando evoca ese tiempo, el futuro que tenía por delante y lo que hicieron con él: “Yo solo tenía 17 años. De lo que realmente tenía ganas era de jugar, de hacer bromas con los amigos, de reírme de todo... Pero me lo quitaron. Me robaron la juventud”, confiesa. La “Quinta del biberón” sufrió en la guerra y después de la guerra.

Algo vergonzoso

Miquel Morera se enfada: “Si hubiera sido únicamente por nosotros, los de un bando o del otro, aquello hubiera durado unos meses, pero nada más. No se habría producido el asesinato de tantos soldados de ambas partes. Pero se concedió a los alemanes y los italianos que probaran todo el armamento que tenían con nosotros. El conflicto terminó cuando ellos ya lo tuvieron todo preparado: armamento y técnicas... Recuerdo que los aviadores alemanes venían por tandas. Hacían prácticas de bombardeo, ametrallaban a las formaciones y luego enviaban a estos pilotos a sus países para que les enseñaran a otros. Fue vergonzoso. Y da pena tener que reconocerlo...”. Para Morera la contienda no terminó ahí. Cuando regresó a su casa, fue arrestado junto a su familia. Estuvo en la prisión Modelo y luego en un campo de concentración. Resume su experiencia: «No me quejo. Estuve ahí porque quise. Luchaba por un ideal. Me obligaron a coger las armas y me defendí».

La historia de Jaume Calbet también tiene un final triste: “Estuve, entre otros, en el campo de concentración de Santoña, con comida muy mala y muy escasa; con golpes y maltratos por parte del sargento. Pero, sobre todo, vivíamos con unas condiciones de higiene pésimas, con el cuerpo lleno de piojos”. Y concluye: “Volví a mi casa en la Bisbal de Penedès, para ayudar a mi padre en las tareas del campo, pero sobre todo yo tenía mucho interés en querer estudiar y aprender todas las cosas que durante esos años no pude por culpa de la guerra y el posterior Servicio Militar”.

Expuestos al fuego enemigo

La “Quinta del biberón” llegó al frente con apenas entrenamiento y sin saber bien qué iban a encontrar. Allí se toparon con una realidad amarga. En ocasiones eran carne de cañón. Unos sabían reaccionar y se echaban con valor hacia adelante, pero otros quedaban paralizados por el estruendo de las bombas y el ruido de las balas. Nunca ha habido nada romántico en la guerra. Y ellos lo comprobaron enseguida cuando descubrieron que en una solo se pasa sed, hambre, calor y penurias. Y lo peor es que muchos de ellos fueron castigados en la posguerra por luchar, aunque muchos sin quererlo, a favor de la República.