La matanza que obligó a dimitir a Azaña, el hombre al que quiere homenajear el Congreso

La presidenta de la cámara, Meritxell Batet, ha propuesto celebrar el 80 aniversario del fallecimiento del ex presidente de la Segunda República. Una figura reclamada como propia en ambos lados del hemiciclo

En menos de un mes, el 3 de noviembre, concretamente, se cumplirán 80 años del fallecimiento de un nombre con peso en la historia de España, Manuel Azaña, presidente de la Segunda República, entre otras ocupaciones. Una fecha para la que ya se preparan los fastos hacia una figura que en los últimos tiempos se han disputado derechas e izquierdas: Sánchez, Casado, Abascal, Arrimadas... Todos ellos se han llegado a ensalzar a un hombre con luces y sombras.

Aun así, y en medio de la polémica por la retirada de las calles a Francisco Largo Caballero e Indalecio Prieto, la presidenta del Congreso, Meritxell Batet, ha propuesto realizarle un pequeño homenaje al político en consonancia con otra celebración que prepara la Biblioteca Nacional, que ha reclamado el busto de Azaña del Congreso.

Para llegar a uno de esos senderos oscuros transitados por el ex presidente de la República hay que remontarse hasta el 8 de enero de 1933, cuando se declaraba una insurrección anarcosindicalista por toda la geografía española. Sin embargo, las revueltas fueron sofocadas rápidamente por el Gobierno republicano, acusado por la CNT de «burgués». Todos los alborotos se quedaron en conatos excepto uno, el de una pequeña aldea de Cádiz, Casas Viejas, que pasaría a protagonizar uno de los sucesos más trágicos de nuestra historia reciente. «Todo quedó quemado», recoge el documental «Casas Viejas 1933», recientemente estrenado. Un recuerdo olvidado «e ignorado por los españoles», cuenta la cinta dirigida por José Luis Hernández Arango.

Dos días más tarde del inicio de las revueltas en España, comenzaba la lucha de Casas Viejas. «Solo pedían para comer», recuerdan hoy los vecinos benalupenses. «Igual que a unos pueblos les toca la lotería, a nosotros nos tocó está desgracia que no merecíamos», lamentan de lo que continúa siendo un tema tabú. Así, empeñado en «que los sucesos no desaparezcan», Salustiano Gutiérrez, profesor de Historia del instituto local, advierte de lo que todavía es un «tema por resolver».

En 1933, Casas Viejas era un lugar «muy pobre»; iba en consonancia con «el gran problema agrario que se vivía durante la Segunda República», afirma Gutiérrez de una situación que llevó al enfrentamiento entre, ya en palabras del historiador Diego Caro, «la oligarquía de terratenientes y un ejército de jornaleros». Los campesinos, que difícilmente pasaban los 40 años, malvivían para dar de comer a su familia, pero, aun así, «los hijos se les morían de hambre». Por ello, la asamblea de «Los Invencibles», como se hicieron llamar, tomó la voz la noche del 10 de enero. Sin pensar en las consecuencias y guiados por su sangre caliente, los jornaleros alzaron sus escopetas y se dirigieron al único símbolo de la fuerza del Estado en la zona, el cuartel de la Guardia Civil. El objetivo era que entregaran las armas, pero un solo disparo acabaría con la vida de dos agentes y ya no había marcha atrás.

Con la mañana llegarían los refuerzos y lo primero, como aviso, fue matar a Rafael Mateos Vela, «un hombre que no tenía nada que ver con los acontecimientos», se defiende en «Casas Viejas 1933». Sublevados como «Gallinito» y José Monroy huyeron al campo; otros, como Manuel Quijada y «Seisdedos» fueron capturados y llevados a la choza de este último, mitificado por las crónicas de Ramón J. Sender.

Ya en el caserón, donde se encontraban refugiados una decena de locales, las fuerzas del Estado se vieron sorprendidas por una refriega desde el interior que terminó con la vida de un nuevo agente. Ante la imposibilidad de acuerdo, el teniente al mando obligó a Quijada a ir en busca de sus compañeros, que pasó de buscar consenso para encerrarse con ellos a sabiendas de que no tenían ninguna escapatoria.

Ya de madrugada, llegaría de Madrid el capitán Rojas, junto a 50 hombres y con una orden clara: acabar con la resistencia de la manera más expeditiva. «No dudó en prender fuego al caserón con todos dentro» para zanjar la revuelta, afirma el profesor Gutiérrez de «un africanista con una mentalidad cruel». Solo María Silva «La Libertaria», con un niño en brazos, logró salir con vida por una ventana. Una burra y una chumbera le ayudarían a esquivar las balas. El resto moriría entre tiros y llamas cuando la revuelta ya hacía horas que se había sofocado.

Sabedores de su error, el día 13 se invitó a la Prensa para recrear algunas de las escenas y dar una versión dulcificada de los hechos. «La oficialidad dijo que los muertos llegaron en un enfrentamiento igual», explica Gutiérrez. Sin embargo, el escándalo fue tal que Azaña, que no reconocería las ejecuciones hasta el 11 de marzo, tuvo que explicarse en las Cortes.

Casas Viejas fue la gota que colmó el vaso de que la República iba a traer tiempos de renovación. Doce fallecidos que se convirtieron en un regalo para la oposición, que se llenaba de motivos para desprestigiar al mando y romper la coalición entre socialistas y republicanos. Estos sucesos, que se añadían a un ambiente caldeado tras la Sanjurjada, terminarían obligando al presidente Azaña a dimitir.