Guastavino, el español olvidado que cambió la arquitectura de Nueva York

Javier Moro recupera en «A prueba de fuego» su figura, sin apenas relevancia en España pero que todavía hoy es admirada en los Estados Unidos

Guastavino, a la derecha y con sombrero, supervisando la construcción de la Biblioteca de Boston
Guastavino, a la derecha y con sombrero, supervisando la construcción de la Biblioteca de Bostonla razonla razon

Esta es la biografía temperamental, desmesurada, casi excesiva y por supuesto genial del valenciano Rafael Guastavino, «el arquitecto de Nueva York». Esta no es la semblanza de, por ejemplo, un Gaudí, hombre de tesituras más bien grisáceas, acurrucado en esa Barcelona de antes, que acabó rematando su fama notoria con un soberbio atropello ferroviario. Lo que el escritor Javier Moro viene a relatarnos en esta novela, «A prueba de fuego» (Espasa), es la aventura formidable de un español desaforado que entró casi a los cuarenta años en la isla Manhattan como otro inmigrante más, sin un solo real en los bolsillos, pero con el odio jurado de su primera esposa, que lo mandó a tomar vientos cuando lo descubrió perdido en amores con la criada (entendió el engaño gracias a un sospechoso embarazo). Con él traía un bagaje escueto y más bien mísero, un niño cogido de la mano y apenas cuatro palabras mal memorizadas del lenguaje de Shakespeare. Pero con tan pocos arreos, se bastó para convertirse en uno de los principales arquitectos de New York. «Jamás me hubiera podido inventar una vida como la suya –reconoce el escritor–. En lo profesional era exigente y meticuloso. Estaba obsesionado por su trabajo, pero en lo privado era un desastre, debía dinero por todas partes y su relación con sus mujeres era tremenda. A los 16 años deja embarazada a su primera mujer, una niña adaptada por sus tíos. El escándalo fue dulcificado por ese hecho, pero después tuvo muchas amantes, entre ellas la sirvienta. Las mujeres lo dejaban porque en realidad no lo soportaban, era un desastre, no se presentaba a las citas, desaparecía y se quedaba viviendo tres o cuatro días en casa de un amigo y no tenía ningún norte. Cumplía a rajatabla el tópico del artista».

Un español ignorado

Pero semejante individuo, con cierta querencia a probar los colchones ajenos y de muy pocas disculpas matrimoniales, revolucionó la arquitectura, el diseño y fue uno de los principales responsables de la identidad de la Gran Manzana. En España, como suele ocurrir con sus prohombres, su nombre aún no retumba en los oídos de sus compatriotas, pero en Nueva York se publican guías para visitar sus obras y sus construcciones aparecen en un sinfín de películas, desde «El Padrino» hasta «Animales fantásticos y dónde encontrarlos». «Su estilo marcó la construcción pública en Estados Unidos. Tuvo muchos imitadores. Se puso de moda, creó moda, tendencia, fue una marca», comenta Javier Moro.

El resultado fueron docenas de encargos, casi todos de primera línea. Algunos ejemplos sobresalientes son la Biblioteca Pública de Boston y la estación de metro Old City Hall, que ha aparecido en abundantes filmes. «Cuando se proyectó el metro en Nueva York, las autoridades se dieron cuenta de que la gente tenía miedo de subir a este medio de transporte, nuevo para ellos, porque iba por bajo tierra. Por eso, le piden una estación que sea agradable al usuario. Entonces diseña esta joya, una bombonera auténtica, con cristaleras, candelabros de bronce y murales decorados con una cerámica que él mismo fabricaba. Por este motivo, en Estados Unidos, hoy las estaciones de metro tienen las paredes recubiertas de baldosas. Lo impuso él. Y ese gusto después fue también imitado en París».

Estación de metro en Nueva York diseñada por Guastavino
Estación de metro en Nueva York diseñada por GuastavinoEditorial EspasaEditorial Espasa

Su éxito se debió a la importación de una arquitectura, la tradicional mediterránea, y su adecuación a la moderna. Él enseño a los americanos que podía levantar cúpulas ligeras, pero capaces de aguantar mucha carga, con el enorme ahorro que conlleva una estructura de estas características. Pero, sobre todo, les convenció con una prueba providencial. «Tardan en creerlo. Apenas hablaba inglés, un niño le hacía de intérprete pero aseguraba que sus estructuras podían sostener pesos increíbles. Entonces le preguntan en qué teoría se basa y él contesta con una demostración empírica. Levanta una de sus cúpulas y la prende fuego delante de los constructores, y periodistas. Lleva las llamas hasta los mil grados y lo mantiene vivo durante cuatro horas. Al apagarlo, la cúpula sobrevive incólume. Entonces comenzaron a lloverle los encargos. En total ha dejado más de mil obras en los Estados Unidos». Entre ellas el memorial de Ulysses G. Grant y el Museo de Historia de Washington.

El Oyster Bar de Nueva York, uno de los lugares emblemáticos creados por Guastavino
El Oyster Bar de Nueva York, uno de los lugares emblemáticos creados por GuastavinoEditorial EspasaEspasa

Pero la nota más destacada de su obra fue la calidad que imprimía. «Le encargaron la bóveda de la Sala de Registro de Ellis Island, la puerta de entrada de los inmigrantes a EE. UU. Después de que este edificio estuviera abandonado durante tres décadas, se caía a pedazos, pero de las 30.000 losetas que adornaban la bóveda solo hubo que cambiar diecisiete. Estaba intacta. Fue un trabajo excelente, asombroso», dice Javier Moro. Guastavino, a diferencia de otros arquitectos, supo conjugar la funcionalidad con la dimensión humana. Y no es una frase hecha o un lugar común. La demostración es la Galería de los Susurros, uno de los sitio más emblemáticos de la Gran Manzana. Los amantes acuden allí, se colocan en extremos opuestos y se susurran palabras que solamente ellos pueden escuchar.