La mujer oculta tras los éxitos de Manuel de Falla

Un libro editado por la Universidad de Granada recupera el papel de la escritora en la obra del compositor a partir del epistolario cruzado entre ambos y el dramaturgo Gregorio Martínez Sierra

Este es un relato que oculta una de las grandes injusticias de la historia de la música de nuestro país. En él aparecen el compositor español más importante del siglo pasado, el libretista de algunas de sus más destacadas obras y la mujer que en realidad fue la autora de los textos a los que luego se puso música. La Editorial Universidad de Granada ha tenido la buena idea de reunir en un volumen la correspondencia que mantuvo Falla con Gregorio Martínez Sierra y María Lejárraga. De aquella amistad, en buena parte epistolar, surgió el ballet «El amor brujo» y la pantomima «El corregidor y la molinera», que posteriormente daría lugar a «El sombrero de tres picos».

«Epistolario. Manuel de Falla-María Lejárraga y Gregorio Martínez Sierra (1913-1943)», bajo el cuidado de Mª Luz González Peña y Juan Aguilera Sastre, permite conocer los entresijos de aquella colaboración, pero también nos ayuda a recuperar una figura que ha permanecido en la sombra durante demasiados años.

María Lejárraga fue un nombre clave en la vida de Manuel de Falla, incluso mucho antes de que se conocieran. Ella fue la autora de un libro titulado «Granada, guía emocional», publicado en París en 1910, y que compró en la capital francesa Falla en ese año. Al que le atraparon las magníficas descripciones que aparecían en esas páginas, especialmente las dedicadas al agua de la Alhambra, lo que acabaría inspirando al compositor sus «Noches en los jardines de España». A Lejárraga le satisfizo saberlo, aunque aquel libro lo firmó su marido, Martínez Sierra.

Gregorio y María se casaron el 30 de noviembre de 1900. Él fue uno de los grandes nombres de las artes escénicas en los primeros años del siglo XX, además de firmar obras de teatro de éxito, traducciones, ensayos y novelas. Ahora sabemos que en realidad fue ella la autora de esa copiosa producción. Era, como la definió su biógrafa Antonina Rodrigo, «una mujer en la sombra». Lejárraga renunció a su propia carrera para construir la de su marido creando una especie de sociedad literaria que se prolongó más allá de la separación definitiva de la pareja en 1921, cuando Martínez Sierra inició una relación con la joven actriz Catalina Bárcena, quien sería la madre de su hijo.

El matrimonio y el músico se conocieron en 1913 en París, aunque la amistad y la colaboración empezaron a ganar peso una vez que Falla abandonó la capital francesa para instalarse en Madrid antes de dar el salto, como soñaba, a Granada. La confianza y la amistad, especialmente, entre Falla y Lejárraga, surge en estas cartas en las que ella dice a «don Manué», como lo llama afectuosamente, que «es usted un ángel... con muy mala letra. Tan mala que no entiendo las despedidas de las cartas y tengo que figurarme, por fe, que quieren decir algo de cariño».

Falla sabía que era María la encargada de la redacción de sus libretos y no Gregorio. Un buen ejemplo lo tenemos con «El Pan de Ronda que sabe a verdad», una canción cuya letra envía Lejárraga en una carta del 10 de abril de 1914: «Ahí va el Pan de Ronda. Como usted comprende, la psicología del cantable es que un alma buena que quisiera creer en una porción de cosas, y no puede, porque en la vida le han dado hartos coscorrones, se agarra al pan porque no tiene otra cosa mejor a qué agarrarse. Además de que el pan y sobre todo el ¡esto no lo es! pueden significar musicalmente una porción de ilusiones y emociones fugitivas pero reales... lo he puesto en un metro casi popular, porque el pan de rosca es cosa de pueblo. Celebraré que a usted le guste y le inspire. Será curioso saber cómo se dice en música que las calles son blancas. Yo me figuro que es cosa del clarinete y los violoncellos. ¡Vaya usté a saber!»

Con la amante de su marido

La respuesta de Falla demuestra el entusiasmo ante el texto de Lejárraga: «Mi admirada amiga: “El pan de Ronda” me ha gustado de un modo extraordinario. Creo que la música brotará por magia de sus palabras de usted. ¡Cuánto deseo ponerme a trabajar en esto!». La escritora encontró en el músico a un buen amigo, pero también al cómplice necesario al que poder explicar el calvario que estaba viviendo con su marido y la relación que este tenía con Catalina Bárcena, a quien ella llama la «Madama» en alguna carta. En una, muy conocida, del 17 de marzo de 1916, María relata un viaje por Málaga y Córdoba acompañada de Martínez Sierra y la mismísima Bárcena.

Esa experiencia fue dolorosa hasta el punto, como le escribe a Falla, de desear su propia muerte: «Madama estaba desatada y este hombre, ciego; a cada hazaña suya, me daba a mí un disgusto de quejas, como si yo tuviera la culpa de que ella me ofendiese; yo ya no sabía por dónde salir: cada disgusto mío, habilísimamente preparado por ella, era, naturalmente, un triunfo suyo... y la alegría del triunfo la ha perdido. Tan segura estaba ella de ser el ama absoluta de la situación que anteayer dio el paso en falso, que yo no me atrevía a esperar».

Un desprendimiento de tierras obligó a los tres a prolongar el viaje, como escribe Lejárraga. Ese trayecto lo aprovechó la actriz para «demostrar que ella era la “esposa”, la “elegida”, la “única”, y yo poco menos que una maleta, a quien se lleva en el viaje por caridad. Dios me dio fuerzas para no decir una sola palabra ni poner mala cara -verdad es que me ayudó la malísima que ponía el interesado-. Y a todo esto, lloviendo sin cesar».

Finalmente, al día siguiente, la pobre María se quedó sola en Ronda mientras su marido y su amante se marchaban por Andalucía. Ella reconocía en la carta que «ahora van dando tumbos por esos caminos, pero no van solos, y además voy yo con ellos más presentes que si fuera en persona, como nunca, más que nunca... Eso es lo que yo estaba esperando casi sin esperanza. ¡Sabe fingir tan bien la inocencia, la pena, la resignación! Pero ayer tenía en la cara el deseo de estrangularme y hasta de ahogarle a él por haberse dejado coger».

Otro de los grandes temas que surgen en estas cartas son los problemas económicos que persiguieron al compositor durante años. A este respecto, es María la que promueve la puesta en marcha de obras que suponen un respiro en las menguantes finanzas de Falla. Es el caso, por ejemplo, de «El corregidor y la molinera», preámbulo de lo que luego sería «El sombrero de tres picos», uno de los indiscutibles grandes éxitos internacionales del músico.

En las cartas vemos cómo la escritora lo apremia a que sea más rápido componiendo. El 1 de junio de 1915, Lejárraga le plantea por primera vez trabajar en «El corregidor y la molinera»: «Desde que ando entre llamas del infierno, me ha entrado un deseo rabioso de planear para usted un acto optimista y alegre, que sepa a tierra, a pan y a manzanilla y que dé una burrada de dinero, como diría el maestro Turina». No se equivocó.

Una vida de novela

Hay figuras que atrapan, personajes en los que, una vez que entras, no puedes parar de profundizar más y más. Eso ha sido lo que le ha ocurrido a Vanessa Montfort con esta «mujer en la sombra», María Lejárraga. Si primero fue «Firmado Lejárraga», un texto teatral que llevó a escena el Centro Dramático Nacional y en el que se reivindicaba un nombre oculto durante un siglo, ahora la barcelonesa (1975) regresa a la que se ha convertido en su escritora fetiche en «La mujer sin nombre». Plaza&Janés edita un trabajo sobre una mujer «valiente, generosa, feminista e incapaz de hacer daño a nadie», explica Montfort de la autora de «Canción de cuna». Tras la obra dramática, el nuevo libro es la primera novela que pone en valor a Lejárraga, al tiempo que va pasando por diferentes episodios de su vida real a través de Noelia Cid, la encargada de estrenar «Sortilegio», la obra perdida de Martínez Sierra. Es ahí cuando se sumerge en la complicada relación amorosa entre María y Gregorio, informa J. Herrero.