«Rompan todo», el documental sobre rock que divide a América Latina

El filme, acerca de la historia de la música en el continente, desata la polémica por el olvido y el capricho del productor Gustavo Santaolalla

Gustavo Cerati, líder de la banda Sosa Stereo, una de las más grandes del continente
Gustavo Cerati, líder de la banda Sosa Stereo, una de las más grandes del continenteArchive

Giuliano Canterini o, mejor dicho, Billy Bond, sale al escenario del Luna Park de Buenos Aires con La Pesada del Rock and Roll, una especie de selección desmadrada del rock argentino y proclama: «¡Rompan todo!». Había 4.000 personas en el anfiteatro y las butacas caras, en cambio, estaban vacías. Les había dicho a los «pibes» que bajasen a los asientos próximos saltando las vallas que las delimitan cuando entró la policía y cargó. Y Canterini: «¡Rompan todo!». Los melenudos arrancaron las butacas e hicieron crujir hasta los cimientos del mítico escenario en una de las noches memorables que el rock & roll ha dado a América Latina. «Si lo dije o no, me chupa un huevo. Cualquiera que estuviese en mi lugar lo habría hecho», dice Canterini, irreconocible 40 años después en el metraje de «Rompan todo», el documental que Netflix ha estrenado envuelto en polémica. La noche terminó con represión policial y si fue un error o no la invitación a la entropía no se sabe, pero sí podemos decir que quedó como una explosión de ira contra el sistema, una revuelta física contra la falta de democracia, que era el denominador común de América Latina. En esos tiempos, en los años setenta, esa fue la realidad del continente, una verdad tan asimilada, de Tijuana a Buenos Aires, como el lenguaje del rock en español.

Así se cuenta en la serie documental que dirige para el gigante estadounidense Gustavo Santaolalla y que aparece con el ambicioso subtítulo de «Historia del rock en América Latina», precisamente la razón que ha soliviantado algunos ánimos a lo largo y ancho del continente porque consideran que Santaolalla incluía a sus amigos y a los grupos que él mismo produjo y dejaba fuera a figuras importantes por destacar artistas veleidosamente. El documental, dirigido por Picky Talarico, es un espléndido esfuerzo, con centenares de horas de entrevistas, imágenes antiguas y testimonios audiovisuales, y resulta, como todos los intentos de sentar cátedra o de escribir la Historia, polémico. Se quejaron del olvido en todos los países, tanto los periodistas como los músicos, y los seguidores de todos los géneros. Aunque la narración aspira a mostrar una perspectiva de la escena desde Buenos Aires hasta Ciudad de México, pasando por Montevideo, Santiago, Lima y Bogotá, el intento panamericano (en realidad, solo de habla hispana) se le queda corto a Santaolalla, productor de la cinta pero al que todos responsabilizan, que ha recibido críticas por su nepotismo.

Sucede que Santaolalla es, a su vez, un compositor y productor multipremiado, ganador de dos Oscar, autor de la banda sonora de «The Last Of Us» (quizá el mejor videojuego de la historia) y uno de los ideólogos de la etiqueta de «rock latino mainstream», cuyos logros también han sido, digamos, dejados de lado por los medios, que en Argentina prefieren citar a Spientta, Charly García, Fito Páez o Andrés Calamaro como los padres de la tradición contemporánea. Así que estamos, una vez más, ante una historia de la lucha por el canon, por un huequito en los libros y en los documentales. «Van a faltar artistas por omisión o celos inconfesables», decía el propio Calamaro en un fervor tuitero estos días, poniendo el dedo en la llaga y matizando que a él «no le molesta» no estar en el documental con sus mejores discos. Las críticas más furibundas le han llegado a Santaolalla precisamente desde Argentina: «Es un documental que, a partir de la excusa del rock en América Latina, cuenta lo importante que es la existencia de Gustavo Santaolalla en el Planeta Tierra», decía el periodista Santiago García.

Las quejas

Múltiples voces han criticado la omnipresencia del productor del filme en todos los capítulos y el olvido inclemente de sus héroes musicales. La desaparición del ska, de la escena independiente y de las subescenas locales. También ha habido protestas por la inclusión de Calle 13, un grupo de rap, en la selección final, y, por supuesto, de pecar de una mirada en exceso argentinocéntrica (con la excepción del protagonismo de México) que deja fuera de la ecuación al resto del continente. La Prensa de todos los países de la vasta región puntualiza los olvidos frente al productor, residente desde hace varias décadas en Estados Unidos. Así que «Rompan todo», que partía como un esfuerzo para contar la gran aventura del rock en español (algo a lo que desde España parece haberse renunciado a hacer, como si no fuera con nosotros), ha quedado reducida a una operación de marketing para más gloria del propio productor.

Cada uno tendrá su propia historia, pero es cierto que el intento, nombres al margen (aunque alguno podríamos haber preferido más de Los Saicos y menos de Maná), ha acabado convirtiéndose en una especie de lucha por el relato del pasado de un estilo que está, irónica y aparentemente, muerto. Porque el hábitat natural del rock en español en América Latina hoy en día es un museo o más bien la unidad de cuidados intensivos. Quizá esta polémica suscite un debate y un interés por buscar en la tradición propia y devolverle al rock el lugar que ocupaba cuando Billy Bond arengó a las masas. Ese tiempo en que un concierto de rock era una manifestación peligrosa y temible. Será muy difícil que vuelva a suceder. Quizá solo de pie para otro documental.