¿Por qué Brines fue el poeta de la belleza?

Ángeles López y Antonio Puente recuerdan al valenciano que rompió todas las costuras entre la entraña y la sabiduría

Brines, con los Reyes
Brines, con los ReyesFrancisco GomezAP

Ha muerto, porque todos morimos de nuestra propia muerte, el último Premio Cervantes que rompió todas las costuras entre la entraña y la sabiduría. Nos deja la pausa, la herencia entre el clasicismo y el hedonismo de la tierra luminosa que le vio nacer, Oliva (Valencia). Supo, perfectamente, qué hacer con su vida y con su pluma desde su infancia entre Marsella y San Sebastián, donde se fue forjando su idea de la belleza y la pérdida.

Cuando se convirtió estudiante de Derecho entre Deusto, Valencia y Salamanca, antes de recalar en Madrid, ya elucubraba los versos de su primer poemario, Las brasas (Premio Adonais 1959). Tarde para un poeta, pronto para la travesía de un genio. Le olía el cuerpo a Cernuda y a sensualidad; la primera seña de identidad de su poesía sensorial. Aunque luego, compañero del alma y vecino de Caballero Bonald, perteneciera a la nómina de la Generación del 50, siempre fue un alma libre. Distinta y heterodoxa porque navegaba entre el ensimismamiento y la lubricidad. Exquisitez y sordidez aunadas en los mejores versos. Compactos, espléndidos. Así nacen sus poemarios con laxitud en el tiempo: Aún no, de 1971. Insistencias en Luzbel, de 1977. El otoño de las rosas, de 1986 (Premio Nacional de Poesía). La última costa, de 1995... Conocemos a sus afines: Luis Antonio de Villena, Fernando Delgado, Carlos Marzal, Vicente Gallego, Jaime Siles, Guillermo Carnero, pero siempre ignoro si los nuestros nos hacen mejores. Solo sé que el maestro vivió para y por la poesía “aunque mi existencia ha sido modesta es la que considero más asequible a mí. Debo decir que ha sido maravillosa”. Tomó la realidad como un verdadero delirio consensuado consigo mismo, con un verso bordado en amarillo genista y una voluntad entre lo ascético y lo epifánico. Jamás pretendió ser el más singular de ente sus pares pero sí sobrevivir poéticamente como él mismo. Que no es poca cosa, pues su verbo era expresión única y verdadera de tolerancia, aceptación y empatía. Hasta su último aliento apaciguó las fauces de la fiera eterna que araña a cualquier poeta: “Como si nada hubiera sucedido/ Ese es mi resumen/ y éste en él mi epitafio”. Maestro: Te esperamos en la barandilla de todos tus versos.

Versos como una larga despedida
Aseveraba Francisco Brines que, por paradójico que parezca, la nostalgia es un sentimiento propiamente juvenil. “Mucho más doloroso cuando se es joven y se tiene toda la vida por delante que, de mayor, cuando uno ha aprendido a aceptar el paso del tiempo y a contemplar el presente en su cotidianidad. Uno ha aprendido, por ejemplo, a gozar de una tarde en la que no ocurre nada, y eso le está naturalmente vedado a los jóvenes”. Es una elipse que va desde un título tan elocuente a ese respecto como “Las brasas” -premio Adonais a sus 26 años- al no menos revelador “La última costa”, uno de sus volúmenes testamentarios, con este hermoso epitafio de alcance colectivo: “Mi madre me miraba muy fija desde el barco, en el viaje aquel de todos a la niebla”…
En realidad se reconociaa testamentario desde el comienzo de su obra, a través de una poesía que persigue el restablecimiento imposible de lo perdido, concebida como una larga despedida. “Nunca he podido dejar de ser elegíaco, porque no he podido escribir desde la dicha, sino desde su celebración ya póstuma, cuando la he perdido". Y lo que cambia con la edad es “que la pérdida se hace más serena, menos dolorosa”, señalaba.
Fue uno de los ultimos supervivientes de la generación del 50, que combino sus versos con su importante dimensión como teórico de la poesía, y de historiador, exhaustivamente desarrollada, por ejemplo, en su grueso volumen “Escritos sobre poesía española”. El conjunto de su obra representa, en suma, un congruente legado sobre la imposibilidad de escribir poesía si no se sabe qué se propone un poeta. ANTONIO PUENTE