La más grande revolución: la encrucijada neolítica

Agricultura, ganadería, cerámica, sedentarización, explosión demográfica, «antropización» del medio, jerarquización social... el Neolítico fue la mayor revolución de la historia de la humanidad

Reconstrucción de una hoz neolítica
Reconstrucción de una hoz neolíticaWikimedia Commons

Desde que la humanidad es tal, ha ido implementando toda una serie de transformaciones en sus formas de vida y en su entorno inmediato cuyas repercusiones han resultado claves para definir su futuro. En los pocos cientos de miles de años que tiene de existencia nuestra especie, probablemente ningún otro camino que emprendiera tuvo mayor repercusión que la llamada revolución neolítica. Si algo está claro es que una vez desarrolladas y extendidas en las sociedades del pasado las formas de vida basadas en una economía agropecuaria, se había cruzado un Rubicón. La producción de alimentos, primero para asegurar la supervivencia y más tarde para garantizar mayor productividad, conllevaría un progresivo aumento demográfico que alcanza en nuestros días cotas antes impensables, y la semilla que plantaron las gentes del Neolítico, como la de aquel trigo salvaje originario, germinó en un futuro, el nuestro, que en buena medida deriva de aquél.

Hoy en día no es raro escuchar voces críticas que cuestionan la idoneidad de ese camino emprendido, que, según postulan, nos condujo a una vía sin retorno. Tales opiniones suelen ensalzar a la vez las virtudes y posibilidades que ofrecía una vida menos «antropizada» y más en equilibrio con la naturaleza, basada en la caza y la recolección –no hay que olvidar que hasta el 7000 a. C. solo había cazadores-recolectores viviendo en el continente europeo.

Los riesgos del romanticismo

Sin embargo, la visión romantizada del imaginario popular respecto al mundo preneolítico entraña claros riesgos. De hecho, es algo que ya ocurrió con la propia neolitización, que hace escasas décadas aún estaba repleta de tópicos que en muchos casos se han ido matizando, si no desmintiendo –por poner solo algunos ejemplos, que la sociedad neolítica era pacífica, igualitaria (o al menos que el desequilibrio de las jerarquías y el género fue cosa de la Edad del Bronce) o que la sedentarización implicaba poca movilidad entre las poblaciones–. Como de costumbre, los historiadores vamos introduciendo matices que rellenan algunos huecos y demuestran una gran diversidad de respuestas, a la par que se rehúye cada vez más la generalización, por el mismo hecho de que los modelos observables son variadísimos. Lejos de aquellas antiguas definiciones, hoy sabemos que aunque la industria de piedra pulimentada es mucho más frecuente en el Neolítico (y está en su propia definición), en realidad no es una invención de la época, sino algo que se implementó mucho antes. En la práctica, más allá de la propia industria lítica, lo que define este período a nivel arqueológico es lo que ha venido llamándose el «paquete neolítico», que combina elementos materiales con otros ideológicos de gran importancia; entre otros, además de la propia agricultura y la ganadería, la cerámica o las prácticas funerarias –incluyendo un fenómeno tan icónico y representativo como el del megalitismo.

La neolitización de Europa partió como es bien sabido del Creciente Fértil, donde se había desarrollado por completo hace ya unos 11.000 años, para expandirse en todo el continente a lo largo de milenios. Buena parte de los interrogantes que centran la atención científica tienen que ver con la forma en que se expandió este nuevo modo de supervivencia: ¿hubo grandes migraciones que justificaran aquellos aportes culturales, o más bien se difundieron las ideas y los modelos de subsistencia sin que vinieran acompañados de gente? Para tratar de dar respuesta a tan complejas preguntas, recientemente han surgido nuevas técnicas aplicadas a la arqueología, como el análisis del ADN antiguo o de los isótopos de estroncio y oxígeno, que pueden ofrecer información importante acerca de la procedencia y el movimiento tanto de personas como de animales domesticados. La información que de ello se deriva, todavía en un estadio incipiente, está permitiendo afinar algunos de estos aspectos. Hoy sabemos que el ritmo de aquellos cambios no fue constante, y que a medida que el sistema se expandía y consolidaba, obligaba a interactuar a los grupos neolitizados con otros de cazadores-recolectores mesolíticos que ya poblaban por entonces aquellas tierras, lo que en la práctica se plasmó generando toda una serie de fórmulas diferenciadas derivadas de la convivencia de estilos de vida bien distintos a lo largo de milenios. De hecho, si uno analiza las evidencias materiales de un yacimiento neolítico cualquiera, observará que muchos de los restos faunísticos del asentamiento proceden de la caza, y no solo de la explotación del ganado doméstico.

Sea como fuere, en aquel camino que uniría indefectiblemente al ser humano con algunas especies animales y vegetales, no podemos saber con exactitud cuáles fueron los equilibrios, las flaquezas o las virtudes en sentido global, y probablemente nunca sepamos si el emprendido –que de todas formas fue recurrente, dado que el fenómeno se produjo de forma autónoma en distintos lugares y momentos– fue un gran error o un gran acierto. Ambas posibilidades, en cualquier caso, están en nuestro ADN a partes iguales.

Desperta Ferro

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