Érase un vestido mágico

La artista Julia Creuheras presenta «Holy Motors», una delicada muestra de arte cinético inaugurada en el barrio del Born de Barcelona

«Se le cayeron a Hermes». Unas sandalias aladas que agonizan por querer alzar el vuelo
«Se le cayeron a Hermes». Unas sandalias aladas que agonizan por querer alzar el vueloMiquel GonzalezMiquel Gonzalez/ SHOOTING

Hay un vestido tan delicado que ni la más fina y grácil podría lucir. Un vestido tricotado en hilo de plata que quebraría al primer atrevimiento. Quien lo diseñó desearía que alguien pudiera llevarlo, pero, en realidad, lo concibió por otro motivo. «Atrapasueños», que así se llama la pieza, está suspendido en el escenario «Holy Motors», una exposición de la artista Julia Creuheras donde hay sandalias que quieren volar, trajes de malla metálica que quieren romper su armario y vestidos casi mágicos que se tejen a sí mismos.

Son tres de las piezas del arte cinético de Julia Creuheras (Barcelona, 1995) que pueden fascinar a los visitantes de una poética muestra inaugurada ayer en la calle Esparteria, 23, en el barrio del Born de la capital catalana.

Recorremos junto a la joven artista una exposición donde hilos e imanes son protagonistas de obras con vida propia, sensuales y sugerentes. «En toda la exposición intento hacer visible las fuerzas que mueven la realidad con los hilos. Hay hilos que mueven las alas de unas sandalias, hay imanes que remueven la cuchara de la comida que espera a unos enamorados. No quiero hablar de la realidad de donde vienen estas fuerzas, solo quiero hacer explícitos los movimientos», nos explica Julia, pendiente a cada momento de que todos los artilugios de «Holy Motors» sigan el compás debido.

El paso del tiempo

Nos detenemos ante «Atrapasueños», el vestido suspendido en torno al cual gravitan doce ovillos de hilo. «Cuanta más gravedad hay en un planeta más rápido pasa el tiempo. Ocurre lo mismo con dos enamorados; cuando están juntos, el tiempo transcurre a toda velocidad; cuando se separan el tiempo pasa muy lento», describe la artista, que, con sus ovillos mecanizados nos da a entender que hay meses que uno podría contar por minutos y minutos que uno podría contar por meses.

A solo unos pasos del vestido de hilo de plata encontramos un traje de malla que aporrea el armario con un martillo metálico. Es «Sueño atrapado». Julia se explica: «Hay una diferencia temporal con esta otra pieza. El amante de este vestido está atrapado en una realidad temporal diferente a la del primer vestido e intenta romper con esta realidad para llegar a su querida. Pero nunca podrá».

Todas las piezas de la muestra sugieren una forma o una acción que comúnmente necesitarían un cuerpo
Todas las piezas de la muestra sugieren una forma o una acción que comúnmente necesitarían un cuerpoMiquel GonzalezMiquel Gonzalez/ SHOOTING

De un salto, nos despedimos del traje de malla encarcelado contra su deseo y nos plantamos ante un zapato capaz de actuar como el más singular modista de lencería que uno haya visto. «Este zapato teje la realidad, está tejiendo las braguitas de allí arriba», nos explica Julia. Y, en efecto, uno alza la vista y contempla ahí que no había fábula ni sueño atrapado, sino ropa interior confeccionada a zapatazos. La magia continúa.

El encantamiento nos lleva ahora ante un calzado mitológico. «Estos son los zapatos que se le han caído a Hermes, el mensajero de los enamorados en la mitología griega. Están intentando volar, pero no pueden», describe la artista, capaz de expresar de forma elocuente cómo llega a perderse la comunicación entre los enamorados.

La incomunicación

El amor, queda claro a estas alturas del recorrido por la muestra «Holy Motors», no todo lo puede, aunque todo lo quiera. Sabemos que hay parejas que quieren compartir mesa, pero nunca caemos en que también hay mesas que quieren compartir parejas. Y ahí estamos, ante una comida que espera a dos amantes impacientemente. Ahí están los cubiertos y las copas, aguardando a una pareja que ni abre la puerta ni se sienta ante el mantel. Y, de pronto, una cuchara comienza a moverse, tratando de llamar la atención de una pareja que no llega ni a golpe de cubierto.

Es un mundo rico en referencias el de «Holy Motors». Hay referencias al cineasta Pasolini, que imaginó aquella pareja que esperaba sin premio. Ha tenido tiempo, nos explica Julia Creuheras, de trabajar como nunca, encerrada en su estudio, durante una pandemia que ha ahogado la vida social pero que también ha puesto fin a las distracciones de los creadores. «He tenido mucho tiempo para hacer obra durante la pandemia. Ha sido muy bueno para trabajar», nos dice.

Preguntamos a la joven artista quién inspira sus obras y resuelve, sin pestañear, que tiene dos grandes fuentes de inspiración. Uno es Jean Tinguely (1925), una referencia del cinetismo. Se sabe que desarrolló gran parte de su trabajo en plena posguerra y que centró su obra en objetos, muchos de ellos cotidianos, para dar cuerpo y forma a máquinas en movimiento que incorporaban incluso la crítica a la sobreproducción industrial. Es conocido también que a partir de los años sesenta su trabajo giró hacia la autodestrucción. Su obra más famosa es una escultura que se autodestruye, llamada «Homenaje a Nueva York», la primera aproximación (parcial) que tuvo lugar en el Museum of Modern Art, de la muy fructífera ciudad de los rascacielos.

Ovillos que giran

Julia Creuheras parece iluminarse al mencionar a Jean Tinguely. Le preguntamos por la fama y el éxito de esos pocos artistas que cuentan las ventas de sus obras por decenas de millones. Esos que se cuentan con los dedos de las manos y ni eso. Esos Bansky y esos Hirst. Y aterriza de golpe. «No, yo a lo que aspiro es a trabajar mi obra y a trabajarla con tranquilidad. No estoy pensando ahora mismo en si podría tener semejante éxito, aunque sé que eso impulsaría muchísimo mi carrera. Digo la verdad, ahora mismo lo que me gustaría es que mi obra fuese considerada a nivel intelectual».

Y en este punto hay que mencionar a su segunda gran fuente de inspiración, Robert Rauschenberg, que fue uno de los máximos exponentes estadounidenses de la corriente que navegó desde el expresionismo al pop art. Tejano de nacimiento, desarrolló su carrera en suelo americano pese a formarse durante un breve periodo en París.

Artista multidisciplinar a caballo entre la pintura y la escultura, su obra se caracteriza por mezclar objetos cotidianos y representativos de la época con materiales y fotografías, creando así sus «Combine Paintings». Su huella está de alguna manera en «Holy Motors», el título de una exposición que no deja de ser el escenario de diferentes historias de amor, todas ellas representadas a través de máquinas que uno nunca hubiera imaginado.

La hoja de sala, firmada por Josep Barnadas, lo explica con exactitud. «¿Cómo pasa el tiempo y cómo es la masa y la fuerza gravitatoria cuando estamos enamorados? ¿En el alto del pico de una montaña, donde la fuerza gravitatoria es menor, moriremos más lentamente?».

Nos despedimos, no sin antes mirar por última vez ese vestido mágico que se teje a sí mismo, ese vestido gravitatorio, con ovillos que giran mecánicamente para completar, a caso, la prenda más fina que uno haya visto.

–¿Ese vestido se lo tendría que poner alguien?

–Ojalá, pero es tan delicado que resultaría imposible.

Y ahí se queda el vestido mágico, suspendido y esperando visitas hasta el 20 de junio. No se arrepentirán.