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Sergio del Molino: «El secesionismo catalán es un golpe populista»

En «Contra la España vacía» apela a la necesidad de que la democracia liberal frene el sentimentalismo nacionalista

Sergio del Molino; escritor.
Sergio del Molino; escritor.©Gonzalo Pérez MataLa Razón

Sergio del Molino revisita nuestro espacio geográfico y político en «Contra la España vacía» (Alfaguara), un libro que camina sobre sus propios pasos para matizar, redefinir y precisar algunos conceptos. Una obra que vuelve sobre el ensayo que dio prestigio al escritor y al que suma preocupaciones antes inexistentes y nuevas reflexiones al hilo de ellas.

-¿Se malentendió la «España vacía»?

-Creo que se ha utilizado la expresión, más que el libro, como bandera de un movimiento y de ciertos discursos políticos que solo de forma superficial y casi instrumental estaban en esta obra. Se ha usado para hablar de otras cosas más imperiosas para los políticos, pero que a mí, como escritor y observador del mundo, me interesaban menos, se desviaban mucho de mi propósito y también de mi obsesión como escritor.

–¿La despoblación puede destruir España como comunidad política?

–La despoblación es un rasgo acentuado de la España contemporánea que puede ser útil a la hora de dibujar mitos y relatos. En sí misma, la despoblación no es nada. Ocurre en otras partes del mundo, aunque el abandono del mundo rural tiene en España peculiaridades determinadas ligadas a su geografía y su historia. Puede servir para crear una red de relatos de ida y vuelta que ayudarían a tomar conciencia de que estamos todos juntos, formamos un espacio de convivencia que va más allá de un marco legal y un contrato social pensado en abstracto. Hay algo más íntimo.

–¿Como...?

–Me considero afín a la tradición ilustrada y liberal, y a una Constitución como la que tenemos, pero el contrato social es frágil, como se ha demostrado en estos años cuando ha sido tocada por el esencialismo de los movimientos políticos arraigados en la sentimentalidad y las emociones. La democracia liberal y los constitucionalistas deben oponerse a eso e impedir que ese sentimentalismo cope los vacíos y arrase con todo. Hay que plantar batalla a las emociones y hay que elaborar una serie de relatos que acompañen o refuercen nuestro contrato social. Hoy sabemos que un elemento muy eficaz para movilizar a las masas y la población, desde el punto de vista político, es el nacionalismo, el sentimiento de pertenencia nacional. La democracia nacional, si no tiene nada que decir o vencer en el plano de los sentimientos y los vínculos que unen personas, o sea, en el contrato social al que me refiero, se verán desplazados por aquellos a los que no les preocupa esa unión y que a su vez buscan comunidades basadas en las etnias y las lenguas.

–¿Ve amenazas?

–Corremos un peligro que no existía en 2016. En España, en Europa y en el Mundo. Hay varios francos por los cuales la democracia liberal sufre ataques sensibles. En España, el movimiento secesionista catalán está siendo un golpe populista que está haciendo temblar los cimientos del Estado. Además, ha provocado la reacción del nacionalismo de extrema derecha encarnado en Vox, una posición política marginal que ahora es una tercera fuerza. Es el rebote a la sacudida nacionalista. Son dos elementos desestabilizadores. Están ahí, tienen poder y, si no se impide, pueden ganar simpatías y acabar destruyendo la democracia.

–¿Sí?

–No soy catastrofista. No estamos a las puertas de totalitarismos ni ante una amenaza parecida a Hitler, pero sí hay signos preocupantes, como el Brexit o los rugidos populistas de Polonia y Hungría. España no escapa a eso. Esos fenómenos tienen una expresión en España, como el descrédito generalizado de la democracia liberal. Si no hacemos nada, los que todavía creemos en una democracia fuerte, seremos barridos.

–«Un país obsesionado con su mitología es una dictadura inhabitable. Un país sin ella no existe», escribe.

–Los nacionalismos saben leer los agravios de la sociedad. Saben explotar el victimismo, dividir entre blancos y negros a la sociedad. Simplifican una sociedad compleja para crear un mito que permita exacerbar una sociedad. El peligro es lo que planteaba: no puedes oponerte con la misma fiereza que ellos, porque serías igual de simplista. Tú perteneces a una sociedad abierta y no puedes retrotraerte a eso, pero tienes que ofrecer algo. Tiene que ser una respuesta colectiva. Ya no valen los comuneros y los mitos que teníamos. Hay que identificar los momentos constructivos que son excelentes para ir construyendo puntos de apoyo. Es una tarea colectiva. Lo que no sé es hasta dónde no puede llevar eso. Necesitamos un poquito de eso, pero también es cierto que si nos pasamos con ese relato seríamos una sociedad asfixiante e imposible de vivir. Es lo que ha pasado en España en los últimos 40 años, que ha habido una renuncia al mito nacional, y con el paso de los años, la propia comunidad política se ha debilitado.

-¿Por qué no se han sabido construir esos mitos?

-No ha habido un plan. La política se improvisa. Cuando se crea la Constitución y los cimientos de la democracia, casi nadie de los que protagonizaron ese momento pensó que eso duraría más de cinco años. Eran soluciones para ese instante, para evitar una nueva Guerra Civil y hacer una democracia lo más rápidamente posible. No estaban pensando en 2021. No estaba en sus planes. Toda la preocupación sobre memoria histórica, por ejemplo, es un debate que no ellos no fueron capaces de prever, que los pilla a contrapié. Se dieron cuenta tarde. La política es improvisación.

-La independencia, lo dice en su libro, no tiene una ventaja, pero todos los inconvenientes. ¿Por qué nadie lo razona?

-A veces creo que estamos viviendo un tipo de enajenación transitoria. Han calado décadas de nacionalismo intenso en todos los ámbitos públicos. Eso ha generado una ruptura en la comunidad política de Cataluña. Hay una parte que ha desconectado, que no está ya en los mismos códigos y la misma conversación, que considera que España es una tiranía y que existe una opresión. Esto enraíza porque es consolador, porque te permite tener un sentido de la vida. Pertenecer a una nación oprimida o a una causa que lucha contra el mal le seduce a mucha gente. De igual manera que existe un prestigio en reclamarse víctima. Hay un placer en sentirse parte de un proyecto por construir. Hay un sentimiento religioso y es muy difícil oponer argumentos racionales a eso. No calan. Uno de los éxitos enorme del nacionalismo catalán es inocular ese sentimiento religioso y de transcendencia y de misión de la vida en una parte de la población. Es complicado entenderse con eso. Es como si Erasmo discutiera con el Papa.

-¿Hay elementos de cohesión en Europa que combatan el nacionalismo?

-Sí. Para empezar, todavía estamos aquí. Las instituciones de Europa son más fuertes de lo que parecen. También hemos visto que las democracias han aguantado mucho. Eso puede ser indicativo de que hay más gente razonable de lo que se pueda creer. A veces nos ciega el ruido que generan los populistas desde un extremo de la habitación. Los síntomas de que la cosa no es tan grave es el silencio de la mayoría, que no participa en ese debate, donde hay demasiada bronca y un tono inapropiado para plantear preocupaciones. En el momento en que estas personas encuentren un discurso en el que se puedan sentir identificados y cómodos, se expresarán. Pero si los que tenemos algo que decir nos callamos, hacemos el juego a los que gritan y ayudamos a que se oigan más. Los que tenemos inquietud por defender la democracia, tenemos que salir al ágora y compartir nuestras opiniones para que aquellos que las comparten con nosotros no se sientan solos y sentirse más acompañados.

-Advierte sobre la caída de las capitales de provincia.

-Es uno de los rasgos preocupantes. Se ve cómo se deshilacha la comunidad política y eso quiere decir que no existe un país como comunidad. El Estado tiene que estar con todos sus atributos en todas partes y las ciudades de provincias eran sucursales de ese Estado, de una sociedad compleja que estaba abierta. Ahora hay jóvenes sin trabajo y con indicadores que no auguran nada bueno para el futuro. Es alarmante. Es una advertencia de que igual vamos a una sociedad donde la democracia cada vez más difícil. Esa comunidad política se pierde en las periferias y es una responsabilidad del proyecto democrático evitar eso.

-¿Le gusta el plan para recuperar el campo?

-Hay un plan en el Gobierno. Pero está enfocado de una manera tradicional. El PP difiere de esa concepción y hace hincapié en otras medidas, pero en el fondo son experimentos coincidentes. Yo creo que generar una inversión pública descomunal para generar actividad económica en la España rural ya se ha hecho. Se han invertido decenas de millones de euros procedentes de los fondos de cohesión y es una inversión que ha servido para muy poco. Se han construido infraestructuras y no han evitado la sangría de población, salvo en algunos territorios. Para plantear un futuro de la repoblación y atender a la gente que vive en la España vacía, los ciudadanos reclaman cosas elementales. No se aportan soluciones a la gestión de ciertos servicios ni a la presencia del Estado en esos lugares más apartados. Se está haciendo un nuevo «Bienvenido Mister Marshall». Existe una buena voluntad política, y creen en la importancia de esas medidas, pero creo que va a tener el mismo efecto que en Europa, que es nulo, si no atendemos a los servicios. Puedes forrar de wifi los pueblos de España, pero no volverán a la vida si no hay ganadería o un potente sector primario.