John Gray: “Si no encuentras una religión, diviértete sin remordimientos”

El filósofo escéptico nos anima a imitar a los gatos porque “ellos no viven en un futuro imaginario”

John Gray, autor de "Filosofía felina"
John Gray, autor de "Filosofía felina" FOTO: La Razón La Razón

Resulta un tanto surrealista pasar una hora hablando de gatos con John Gray. No porque el tema no lo merezca, sino porque el interlocutor es uno de los filósofos contemporáneos más reconocidos. Nacido en South Shields (Reino Unido) en 1948, es un peso pesado de la Ciencia Política, fue profesor en Oxford y en la London School of Economics. Se distingue por su escepticismo sobre la idea del progreso humano y, en realidad, sobre casi todo. Pero en su último libro, “Filosofía felina” (Sexto Piso), Gray se aventura a recomendarnos, como si aún hubiera esperanza, que imitemos a los gatos para vivir mejor. Como si fuera posible alcanzar la serenidad que se les escapó a Aristóteles, Montaigne o Spinoza siendo más felinos y menos humanos.

¿Qué debemos aprender de los gatos?

Ellos no viven en un futuro imaginario. Solo en el presente o en el futuro más inmediato. Nosotros estamos todo el día contándonos historias sobre nuestra propia vida y deseando pasar al siguiente capítulo que, a veces, nunca llega. Como ha ocurrido con la pandemia. Vivir así es muy ansiógeno. Los gatos solo reaccionan cuando están en peligro su salud o su supervivencia. El resto del tiempo solo viven, están contentos. Los humanos somos lo contrario, nuestra condición fundamental es la ansiedad.

Quizá les ayude tener seis vidas más que nosotros.

Aunque los gatos saben que van a morir, hasta que no están muy cerca del final no piensan en ello ni lo temen. Si se ponen enfermos, simplemente lo aceptan, buscan un lugar tranquilo y mueren. Nosotros, en cambio, teñimos todo con la idea de la muerte a partir de una cierta edad. Por eso muchos se hacen de alguna religión, porque una vida después de esta es la única forma de que continúe el relato.

Pero eso, ¿cómo se hace? Sería hackear nuestra condición de homo sapiens.

Lo que desde luego no recomiendo para lograrlo es la filosofía. Desde la Grecia clásica estamos en la búsqueda permanente de la ataraxia, que no es otra cosa que la calma. Eso no funciona. En realidad, nada funciona.

Exacto.

Quizá podamos, sencillamente, aceptar el hecho de que nada funciona. No podemos convertirnos en gatos, este es el principal axioma de mi libro, aunque a través de su observación sí podemos dejar de estar tan obsesionados con nuestra propia biografía. O, al menos, que las historias que nos contemos sean más cuentos cortos que novelas. Desapegarnos lo que podamos de eso. Michel de Montaigne, que es uno de mis filósofos favoritos y amante de los gatos, sufrió terriblemente la muerte de uno de sus mejores amigos. Se volvió melancólico y depresivo. Él cuenta cómo salió de esta situación: primero, confió en que la naturaleza volviera a su curso, y, después, volvió a enamorarse.

¿El amor como la cura de nuestros males?

Hay muchas maneras, no es la única. Por ejemplo, hacerse de una religión. Da igual que creas de verdad en ella o no. Si te funciona, acabarás creyendo. Pero tiene que ser una con muchos rituales largos y preciosos. Si hay algo parecido a la paz espiritual esta es física, no mental. Es el resultado de usar tu cuerpo. Una forma de recuperarte de los golpes de la vida es, precisamente, a través del ejercicio. No puedes engañar a la mente, ni discutir o filosofar con ella. Solo lo puedes hacer con el cuerpo.

¿Y si eres ateo?

Si no encuentras una religión, simplemente compórtate como el resto de los seres humanos, pero sin remordimientos. Los gatos nunca lamentan nada. Obsesiónate por las noticias, céntrate en tu carrera profesional, enamórate y desenamórate todo el rato (si tienes energía). No te arrepientas, solo sumérgete en las ilusiones de la vida. Pascal decía que los seres humanos se dedican a distraerse continuamente de la realidad de la muerte. Por eso, la gente que tiene muchísimo dinero se dedica a ir al casino o a divertirse.

¿A usted qué método le ha funcionado?

Ja, ja. Bueno, la verdad es que mi mujer y yo hemos tenido gatos durante treinta años. El último murió hace uno con 23 años, que es una edad muy longeva.

Da la impresión de que ha perdido la fe en la filosofía.

Creo que nunca la tuve. Es verdad que en su día fui filósofo, pero me rendí. La clave no está en la filosofía sino en la práctica. La filosofía solo es útil como antídoto contra la propia filosofía. Lo peor del mundo es quedarte enganchado a una mala filosofía y, encima, tratar de enganchar a otros, ser esclavo y esclavizar. Como el comunismo o el islamismo. Aunque el libro va también de filosofía a través de historias de gatos que existieron.

¿Nos pone un ejemplo?

Hay uno muy famoso, Meo, que fue adoptado por un periodista de la CBS en la guerra de Vietnam. Volvió con él a EE UU y luego vivieron en Inglaterra, donde murió. Lo interesante es que, aunque quedó traumatizado por la guerra y los bombardeos, vivió una vida larga. Hasta los 13 años. La tara que le quedó es que odiaba las aspiradoras por el ruido que hacían y las atacaba. Como seres humanos tratamos de olvidar los traumas sin éxito alguno. Siempre vuelven en forma de síntomas, de neurosis. Los gatos olvidan todo hasta que algo muy impactante se lo recuerda, como la aspiradora.

¿Qué nos diferencia?

Ellos no están divididos como nosotros. Cuando un gato actúa lo hace en su totalidad, como una unidad. Nosotros actuamos con solo una parte, el ego, para proteger nuestra reputación. Eso hace nuestra vida mucho más difícil y, aunque sé que es parte de lo que nos hace humanos, quizá podamos tratar de aflojar un poco. Los gatos no tienen ese sentido de la propia imagen, algo que se comprueba fácilmente porque no reaccionan al verse en un espejo. Creen que se trata de otro gato o, simplemente, lo ignoran. En nuestro caso ocurre al revés.

Portada del libro de John Gray
Portada del libro de John Gray FOTO: La Razón La Razón

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Tengo un amigo desde hace 30 años que también es filósofo que trató de convertir a su gato en vegano. Los gatos han evolucionado de forma que necesitan comer carne, si no se ponen enfermos. Fue una estupidez, pero, al mismo tiempo, dice mucho de los humanos y de nuestro anhelo por convertir a otros, por propagar nuestra supuesta sabiduría. ¿Y qué hacen los gatos en esa tesitura? No tratan de razonar con el ser humano irracional, simplemente se largan. Les evitan. Este sería mi consejo general cuando te veas rodeado por irracionalidad. Protégete y vete.

Tenía entendido que los gatos eran fríos y egoístas.

Digamos que no se mueven por empatía y creo que eso es hasta bueno. Hay cosas que aman y por las que darían la vida, por ejemplo, sus cachorros. Desde luego, si no les gustas se marcharán en cuanto tengan la oportunidad. Cuando encuentren a otro que les alimente. No es verdad que solo se queden a tu lado para que les llenes la tripa. El mito de que son crueles es falso.

Dice que los gatos nunca dejan de serlo, mientras que los humanos perdemos rápido nuestra humanidad.

Viene de un libro de Varlam Shalámov, un escritor ruso que pasó quince años en un gulag donde la esperanza de vida era de tres años. Según él, en aquel lugar las personas tardaban exactamente tres semanas en perder los rasgos que nos hacen humanos.

No es mucho.

Frío polar, palizas, trabajos forzados... Y dentro de la población reclusa, los que tardaban menos en perder esa humanidad eran los ex comunistas, seguidos de los intelectuales. Los religiosos la conservaban un poco más, pero, eventualmente, también se embrutecían o, directamente, morían. En general, solo sobrevivían pequeños flashes de humanidad en momentos puntuales, como cuando alguien moría. Los gatos, en cambio, colaboraban con los presos para conseguir pescado. Mantenían su naturaleza primigenia.

Entonces, ¿más gatos y menos Prozac?

Bueno, no condeno ningún método que haga que la persona se sienta mejor. Yo no soy religioso y tampoco considero estúpidos a los que tienen fe, como hacen Steven Pinker y otros. La gente religiosa simplemente tiene claro que hay bastantes dilemas humanos, los más graves, que no son solucionables y, desde luego, no desde la razón. Hay que vivir con ello, sencillamente.

¿Qué filósofos lee usted?

Puede que escandalice a mucha gente, pero la verdad es que no leo contemporáneos porque se pasan la vida defendiendo a los profesores de clase media que se pasan la vida defendiendo los prejuicios de profesores de clase media. No estoy nada interesado en eso, la verdad.

¿Cómo se vive fuera de Europa?

Ya dije en 2013 en una entrevista que si había un referéndum saldría la opción de dejar la UE. Por entonces nadie pensaba así, casi me tachan de loco. En Gran Bretaña ahora mismo tenemos grandes problemas y ninguno es una consecuencia directa del Brexit. La escasez de suministros, la crisis energética, también los sufren en EE UU y en China, donde son aún más graves. Es parte de las secuelas del confinamiento y la pandemia y del control del gas de Rusia o del fin de la energía nuclear y el carbón, que no es realista. Hasta los alemanes se han visto obligados a volver al carbón para su industria.

¿No hay vuelta atrás entonces?

Solo los locos creen que esto es reversible, viven en una fantasía. Es un cambio enorme y radical de la naturaleza de nuestra economía y del lugar de Gran Bretaña en el mundo. Para mí el Brexit fue un asunto para el que había más de una respuesta razonable, a favor y en contra. A lo que me opongo frontalmente es a la idea de que solo los idiotas o los viejos estaban a favor de dejar la UE. Conozco a muchísima gente inteligente en los dos bandos.

¿La Europa postpandémica es aún peor?

Todo está cambiando. Ahora los jóvenes en toda Europa se están radicalizando y militan en partidos extremistas de derecha e izquierda porque tienen muy poco que perder. Las tasas de desempleo son intolerables. Hay países que no se atreven a dejar la Unión, como Francia o Italia, porque los ciudadanos perderían gran parte de sus ahorros dado que están en el euro, cosa que nosotros nunca hicimos. El futuro de la UE pasa por sobrevivir como una institución antiliberal por antidemocrática o por provocar reacciones extremas en los países miembros. Ningunas de las dos opciones son buenas. Nosotros nos fuimos y no vamos a volver. Pero vamos, no creo que a los gatos les importe mucho esa cuestión, ja, ja. No son liberales pero tampoco fascistas. Son tolerantes.