Álex de la Iglesia: «Las marcas son parte de nuestra neurosis colectiva»

El cineasta regresa a la literatura con «Recuérdame que te odie»

Álex de la Iglesia regresa a la literatura con «Recuérdame que te odie»
Álex de la Iglesia regresa a la literatura con «Recuérdame que te odie»

Para Álex de la Iglesia, el desorden de la locura es el hábitat natural de las ideas. El lugar donde entrechocan entre sí las ocurrencias, reflexiones y opiniones. «En la lucha, la confrontación o la guerra tenemos el origen de cualquier pensamiento». El director ha perdido horas de sueño con los años y de ese desvelo imprevisto ha emergido una novela que lleva marcada a fuego sus propias señas de identidad: «Recuérdame que te odie» (Planeta), un «thriller», una aventura, un psicoanálisis, «una selección de mis peores momentos y también de los mejores, que son las equivocaciones». La trama narra la desaparición insólita de un célebre dibujante de cómic y la indagación posterior que inicia su editor, Rubén Ondarra, que no es un álter ego del cineasta, pero que acarrea con parte de sus obsesiones y locuras. «Lo que motiva este libro es preguntarte quién eres. La identidad siempre pertenece a las tramas más interesantes de la literatura. En el proceso de la escritura hay una investigación que tiene como consecuencia unos hallazgos que te ayudan a comprenderte a ti mismo».

Álex de la Iglesia, que usa el humor «como un ácido para descomponer las cosas serias de alrededor y desacralizarlas», asegura que «nos sentimos más tranquilos cuando pensamos que tenemos una identidad propia. Y los personajes de los libros, también. Pero cada vez resulta más difícil que haya alguien detrás de una persona». En estas páginas, impregnadas de situaciones delirantes, pero con un hábil sustrato que entremezcla la cultura clásica y la popular, asoma el acentuado sentido cínico del autor. Aparece a través de las reflexiones sobre asuntos diversos y casi antagónicos, como sus observaciones sobre Starbucks y la grasa de los alimentos industriales. Pero también hay una parodia de las narraciones que intentan encontrar grandes confabulaciones para explicar supuestos misterios universales (de ahí la inclusión del grabado «Melancolía» de Alberto Durero).

«El éxito de Dan Brown es que parece que las cosas tengan sentido y si encima lo dice alguien como Leonardo da Vinci, mejor. A mí me divierte esa manía de contextualizar todo en un conspiración universal. Pero la realidad es que vivimos en un mundo manejado por el azar. No hay Dios ni tampoco Dan Brown que organice el mundo. Somos nosotros los que damos sentido a todo, desde las formas a los colores». Por tanto, para él, la «única manera que tenemos de controlar la realidad es ponerle nombre». Y ahí cobra sentido el sinfín de marcas que el autor ha incluido en esta novela: «Estamos obsesionados con las marcas. Forman parte de la neurosis colectiva. Todo lo que nos rodea debe tener un nombre y un precio». Al fondo de la narración vibran, como ha sucedido en algunas de sus películas, las calles de Madrid. Una urbe que aparece distorsionada por su mirada cáustica y humorística. «Para mí esta ciudad es un set, conforma un pequeño estudio cinematográfico. Me gusta que mis historias estén ubicadas en este entorno arquitectónico tan espectacular, tan pomposo. La Gran Vía, en el fondo, es construir un Madrid irreal sobre aquel Madrid que era un pueblo».