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Alonso Cueto: «La vida está hecha de historias policiales»

El escritor peruano presenta “La segunda amante del rey” (Random House), una novela de narrativa policial en la que el amor se divide en negación, ilusión y justicia.

  • Imagen del escritor Alonso Cueto durante la entrevista. (Foto: Cristina Bejarano)
    Imagen del escritor Alonso Cueto durante la entrevista. (Foto: Cristina Bejarano)
Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

23 de junio de 2018. 18:22h

Comentada
Concha García.  Madrid. 23/6/2018

Alonso Cueto nació en Lima y vivió tres años en España. Su obra ha sido alabada por figuras como Javier Cercas, Rosa Montero o Vargas Llosa, y abarca géneros policiales y sentimentales dirigidos a profundizar en las relaciones de las personas, en el amor, la amistad, basándose siempre en la búsqueda de algo entretenido que contar. Ahora conecta ambos géneros en la novela “La segunda amante del rey” (Random House), una obra en la que destaca el deseo entre personas de diferentes clases sociales bajo una narración policial. Todos somos iguales, el tener más o menos dinero no nos hace ser más o menos privilegiados, a no ser que las propias personas lo crean así. Con la novela, el escritor peruano refleja la imagen de una sociedad en la que existe una obsesión en cuanto a la ambición, el estatus y el sentido de superioridad.

–¿Cómo es la situación de la sociedad en Perú actualmente?

–Esta novela es un poco consecuencia de la situación de la sociedad, porque el hecho de que el señor le diga a su mujer “te voy a dejar por una chica más joven, de provincia”, hace que la historia tenga un trasfondo más social. En la sociedad peruana hay una clase media que está creciendo, hay muchos más espacios comunes entre las familias de clases tradicionales y las de clases emergentes, los hijos de las familias aristocráticas pueden ir al mismo colegio que los hijos de los empresarios provincianos y, por lo tanto, hay más conflicto y más racismo, porque es una sociedad en movimiento. Esto no ocurría hace 50 o 60 años porque era más estratificada, inmóvil, pero ahora, gracias a políticas económicas y movimientos migratorios, hay más convivencia de clases distintas, más conflictos y por tanto más historias, lo que es un paraíso para un escritor.

–Con su libro, ¿realiza una crítica a la ambición que tiene el hombre por alcanzar cada vez mayor estatus social?

–Sí, la esposa se siente amenazada porque su marido, Gustavo, la va a dejar por una chica que viene de una clase plenamente inferior, entonces tiene que defender su casa, responder ante una amenaza que no solo es personal sino también social. Ella, ante esto, toma una determinación que es tratar de conseguir que un hombre joven enamore a la chica para romper la relación con su marido. Juega con el amor, con la ilusión y manipula esta ilusión de la chica joven y provinciana. Entonces, en realidad es una historia de amor, pero del amor como ilusión de la amante y como negación de Lali, la esposa. También entra en juego una detective, Sonia, que va a hacer un intento por hacer justicia en esta historia. Es una novela de amor y también policial, detective.

–¿Por qué opta por un género policial?

–La vida es una historia policial desde cuando nuestro padre nos pregunta quién ha roto la lámpara. También lo son las historias de La Biblia, en las que Adán y Eva rompen una norma, una consigna y son castigados, y luego viene la historia de Caín y Abel, que es la primera crónica roja de la historia. En cierto modo, Edipo Rey es una historia policial, solo que como dice García Márquez “el detective descubre que él es el delincuente”, y las historias de Shakespeare también son historias de crímenes, de justicieros donde el amor y la muerte coinciden. Así que, por un lado, nuestras vidas son historias policiales y toda la literatura viene de un hecho fundamental: alguien rompe una ley o una norma. Si esto no sucede, no hay una historia que contar.

–Antiguamente la situación social era muy importante y actualmente ha sido sustituida por la económica, ¿son los ricos los antiguos nobles?

–Si, los ricos de ahora son gente que están arropados en su condición, sienten que están defendidos y protegidos por ella y sin embargo el dinero es algo errático, ilusorio. Una vez Fitzgerald le dijo a Hemingway: “pienso que los millonarios son gente especial, de otro universo, los admiro” y Hemingway le contestó “son iguales que nosotros, solo que tienen dinero”. Lo veo en todos los países del mundo, tienen la percepción de que pertenecen a un mundo privilegiado, pero la novela está ahí para mostrar lo banales que son.

–¿Vivimos en un mundo con cada vez más desigualdad social?

–Sí, en un mundo con más desigualdad y cada vez más dramático. Leí una noticia de que hay más millonarios en España y en el mundo y, probablemente, también más gente pobre. Esta desigualdad despierta todos los vicios de una persona: la envidia, el rencor, el resentimiento, el deseo de venganza, y esto es muy dramático porque crea la percepción de la injusticia. Una persona puede vivir siendo pobre, lo que no puede vivir es pensando que nunca dejará de serlo.

–¿Qué va a ser lo próximo si cada vez hay más desigualdad?

–Creo que mientras más haya, estamos más cerca de la violencia, de la necesidad y la justificación de la misma. La gente más desprotegida puede que esté captada por movimientos violentistas que van a venderles la idea de que la única salida de la situación es esa. Esto fue lo que ocurrió en el Perú con Sendero Luminoso: mucha desigualdad, mucha marginación y un líder, un profeta que promete cambiar el mundo. Pienso que puede venir una época de locos y de profetas muy peligrosa, de hecho estamos en una época de caudillos: Trump y Boris Johnson lo son.

–La amante del libro es inmigrante, ¿qué opina en cuanto a la inmigración actual?

–Es un fenómeno muy marcado, siempre ha habido. Todos los países son consecuencia de una inmigración, el ser humano se originó en África y desde entonces hemos poblado el mundo, pero en el siglo XX evidentemente ha habido un aumento, sobre todo en la segunda mitad. Estamos perdiendo las nacionalidades, lo cual es muy bueno porque no hay que necesariamente pertenecer a una, pero creo que hay un movimiento de globalización y también uno de antiglobalización, como el caso tan peligroso de estos caudillos que decía. La afirmación nacionalista, cerrada, que niega a los miembros del extranjero, va en contra del mundo en el que vivimos y crea mensajes que en el fondo son violentistas. En América Latina hemos tenido y tenemos muchos caudillos que buscan la afirmación de la tribu, la afirmación de la pequeña comunidad y creo que lo más importante si queremos ser civilizados es interrelacionarnos y la desigualdad no es un buen abono para ello.

–La elección de personajes femeninos en su obra, ¿responde al movimiento de la mujer que vivimos actualmente?

–Para el tipo de novela que me interesa las mujeres son personajes ideales, porque viven más a fondo las relaciones con los demás, las relaciones de amor, de amistad, incluso las laborales son vividas con más pasión, con más entrega y con más exigencia por las mujeres, mientras que los hombres estamos más encerrados en nosotros mismos. En esta novela, los tres personajes femeninos son los protagónicos y hay una detective, Sonia Gómez, que me interesa porque me parece la percepción femenina es algo fundamental. Una mujer entra en una habitación y se da cuenta de si algo ha cambiado desde la última vez que entró, el hombre no se da cuenta de los detalles. Para mí es difícil entrar en el pensamiento y vida de una mujer pero siempre lo intento, porque creo que tiene mucha recompensa y un escritor siempre tiene que meterse en camisa de once varas, hacer algo que sea un desafío.

–El pecado capital del hombre, ¿es la ambición?

–Lo que estas mujeres buscan en la novela es el derecho a existir, no tanto la disputa por un hombre sino el derecho a influir en el mundo, a tener una presencia, a definir las cosas. En el camino se tropiezan, pero ese encuentro entre ellas tiene que ver con su intento por influir en el mundo, por tener una dirección en el mundo. Eso es lo que más me interesaba. La ambición, en este caso, es la de ser reconocida.

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