Aquel gris de «Pascual Duarte»

Camilo José Cela apura un cigarrillo mientras piensa en uno de sus textos
Camilo José Cela apura un cigarrillo mientras piensa en uno de sus textos

En el centenario de su nacimiento, aconsejo releer a Cela y a su máximo inspirador, el pintor Gutiérrez Solana, al que consagró con su gran autoridad de opinión. Como demuestra en «La España negra», publicado a cuenta de autor, con numerosas faltas y erratas, Solana es un gran escritor, de un áspero y brutal realismo descriptivo, tan sabroso como la prosa doméstica de Santa Teresa en sus «Fundaciones», con un extremo poder de sugestión. Con irrebatible autoridad, Cela lo exaltó hasta las nubes, como ya lo hiciera por su pintura Ramón Gómez de la Serna. Cela era muy ambicioso de fama y fortuna, ¿y qué? Víctor Hugo también y Blasco Ibáñez. Y tantos. Don Pío Baroja me dijo una tarde: «Cela me ha dedicado su libro de ‘‘Pascual Duarte’’, que arbola un estilo intolerable para el sistema. Pero me acabo de enterar de que forma parte del equipo censor. Y así, cualquiera...»

A mí me importaba un bledo, específicamente captado por la calidad material del producto. Y éste era de una tremenda capacidad de sugestión. Releer a Cela puede ser una fiesta. «La colmena» es como un tiovivo que no cesa de dar vueltas, recogiendo el aire y el sabor de un tiempo, un tiempo de vulgaridad popular y de conformismo pecorino con el régimen dictatorial. Un documental impresionante que huele a café tostado en la calle, a tufo de braseros y suena a flamenco revenido de gramófono en las tabernas. Entramos en él en las viejas salas de billar, donde los mariquitas iban a ver posturas, inmersos en un clima nicotínico, con humo de vegueros y tabaco de liar, tabaco de cuarterón. Todo un cómputo de personajes pintorescos y malignos, solo provistos de una cultura difundida por el diccionario Espasa. Cultura de ocasión, para presumir en las tertulias. Todo, de un realismo estremecedor, en tan inefables detalles escatológicos como este: «Mami, yo no dejo zurrapa en los calzoncillos como la que deja papá».

Nunca cesaba yo de manifestar mi entusiasmo por la narrativa de Cela y a la sazón me había hecho un cierto prestigio como escenógrafo. Por lo cual, había sido director artístico de «Ana y los lobos» y «La prima Angélica», de Saura. Cuando Querejeta decidió hacer una película sobre «Pascual Duarte», su jefe de producción me propuso para aquel trabajo. E intervine muy activamente en la localización de los escenarios. Fue un tanto difícil encontrar la siniestra casa rural de la familia Duarte. Tuvimos suerte, su interior no había sufrido cambios desde un tiempo inmemorial, cacharros y vajilla de barro, muebles viejos y bárbaros. Un clima siniestro.

Y entonces se me ocurrió pulverizar de pintura gris todo el conjunto, no solo el interior, sino también el trozo de campo que la rodeaba, varios metros cuadrados, con las sulfatadoras habituales. Al ser la película en Technicolor, el efecto era impresionante. La imagen también es un arma de sugestión, si cabe, más que la palabra. Una imagen vale por mil. El resultado fue muy feliz, de un incomparable efectismo, por lo que me felicitaron admirativamente.

Después de aquello, por de-savenencias internas, dejé la producción y la dirección artística, de lo que se ocupó mi ayudante Elisa Ruiz, la no-mujer de Celestino Álvaro, por decirlo de otro modo. Y con todo, yo quedé muy satisfecho. Fue mi único hallazgo, aplicado a aquella película que mereció un gran premio cinematográfico.

Una tarde, en la sala de pastas de la Academia me senté al lado de Cela y le conté todo aquel avatar de mi intervención en la película y Cela me felicitó y se felicitó por el efecto fotográfico obtenido por aquel medio. Los dos lo celebramos con un buen apretón de manos. Nada más entrañable que contar estos detalles en el centenario de su nacimiento.

* De la Real Academia Española