Basquiat, el Bronx toma Bilbao

El Guggenheim analiza con un centenar de piezas el poderoso lenguaje visual del afroamericano

«SIN TÍTULO». Un visitante junto a una de las obras expuestas desde hoy en el Guggenheim, la mayoría de gran formato
«SIN TÍTULO». Un visitante junto a una de las obras expuestas desde hoy en el Guggenheim, la mayoría de gran formato

El Guggenheim analiza con un centenar de piezas el poderoso lenguaje visual del afroamericano

El recorrido por las salas del tercer piso del Guggenheim de Bilbao se convierte desde hoy, con la inauguración de la muestra «Jean-Michel Basquiat: Ahora es el momento», en un paseo por el Bronx neoyorkino. Las palabras tachadas y repintadas, los mensajes cruzados, los dibujos aparentemente fáciles, técnicamente impecables, rodean al espectador de un ambiente que parece podría encontrarse hoy en las calles de Nueva York, aunque su creador falleciera en 1988. Los comisarios de la muestra, Dieter Buchhart y Álvaro Rodríguez Fominaya, explicaron en su presentación que la técnica de este artista afroamericano, que era famoso ya a los 20 años y murió a los 27, tiene estrategias que recuerdan al manejo de internet, en el sentido de que se abren distintas páginas de temas absolutamente dispares y en un corta y pega se puede crear algo que cobre un sentido concreto al relacionarse entre sí.

Basquiat mezcla jeroglíficos egipcios y símbolos cristianos con la vida en las calles, los coches, el jazz, el rap, la música clásica, los manuales de anatomía o los cómics para crear unas obras descritas por el propio artista como «el trampolín hacia las verdades más profundas del individuo». Tras cuadros con apariencia de grafitis, reflexiona sobre la identidad racial o la historia y utiliza el lenguaje de una forma visual, provocando reacciones en el observador de su obra, que se ve impelido a querer averiguar que había escrito tras una tachadura o un borrón de pintura. Una figura con cabeza de zorro y calzado y pantalón humano se desparrama en una extraña obra, titulada «Exu» y fechada en 1988, el año de la muerte de Basquiat, con secuencias de ojos que parecen gotas que hubieran salpicado al caer una piedra sobre una cara de agua. El artista provoca en múltiples direcciones y nos hacen pensar por qué dibuja dos caras de Picasso, una que lleva escrito debajo «Joven Picasso» y otra, que tacha, bajo la que pone «Viejo Picasso». ¿Tal vez una opción por las obras de la primera etapa del artista malagueño? ¿O una reflexión contra la madurez creativa? La última palabra sobre la interpretación se deja en manos del observador.

Colaboración con Warhol

La exposición culmina en una sala en la que se han ubicado las obras en las que trabajó junto con Andy Warhol. Fue una curiosa colaboración: el creador veterano pintaba una obra y su joven colaborador reaccionaba ante ella, poniendo ojos a las lavadoras o introduciendo el color de la leche y su palabra en medio de un lienzo gris. Según relataron los comisarios de la muestra en el recorrido inaugural, fue un toma y daca sin celos, porque Warhol pensaba que le venía bien la fuerza y la juventud de Basquiat y éste estaba convencido de que necesitaba la fama de Warhol.

Es la primera exposición de Basquiat que se organiza en torno a los temas que inspiraron su corta trayectoria, marcada por su experiencia vital como afroamericano en Nueva York, donde los taxis no paraban a los negros. Por eso, muchas de sus obras son un homenaje al hombre negro. La exposición, organizada por la Art Gallery of Ontario, en colaboración con el Guggenheim de Bilbao, cuenta con un centenar de obras de gran formato y dibujos que proceden de diversos museos y colecciones particulares de Estados Unidos y Europa.

Una carrera contra el tiempo y la heroína

La obra creativa de Basquiat (en la imagen) parece una carrera contra el tiempo. Como si el joven afroamericano, hijo de un contable haitiano y una diseñadora gráfica puertorriqueña, supiera que iba a morir antes de cumplir los 28 años, vivió y creó deprisa. A los 17 se introdujo en el mundo del graffiti, pintando en los vagones del metro con la firma SAMO, siglas de Same Old shit («la misma vieja mierda»). Aquello le catapultó a la fama y al arte, hasta que una sobredosis de heroína acabó con su genio.