La realidad bien entendida

Y la figuración como punto de partida. My Name's Lolita Art celebra 25 años. Su galerista, Ramón García, repasa lo que significó y es hoy la corriente metafísica de los 90

Ramón García Alcaraz juega con Gosho, su jack russell de diecisiete meses, frente a la exposición del artista Leo Wellmar que ocupa ahora el espacio de la madrileña calle Almadén
Ramón García Alcaraz juega con Gosho, su jack russell de diecisiete meses, frente a la exposición del artista Leo Wellmar que ocupa ahora el espacio de la madrileña calle Almadén

Lo que puede dar de sí un garaje. El de la calle Almadén, sin ir más lejos. Está en el número 12 y ahora es una galería de arte. My Name's Lolita Art, que ni es inglesa (como muchos pensaron a finales de los 80, cuando desembarcó en Valencia) ni falta que le hace, reúne a la escudería de Ramón García Alcaraz, un cartagenero de 57 años capaz de sacar lo mejor de una paella com gambas y emperador. No sabemos si el mundo de la docencia perdió a un buen profesor (quién sabe si ahora sería un estirado catedrático, qué poco va con él), lo que sí es cierto es que el galerismo salió ganando. Después de subidas y bajadas, de arcos y flechas que ha ido esquivando por el camino, celebra este año los veinticinco de vida de esta jovencita provocadora con ecos de Nabokov que da nombre a la sala. Y se le nota pletórico. A no demasiada distancia, el Museo Thyssen se acaba de descolgar con «Hiperrealismo», una exposición con los nombres más consagrados del movimiento que nació en los 60 en Norteamérica y que emparenta con el pop. «¿Dónde iba a nacer una corriente como ésa? Pues en Estados Unidos», dice resuelto. Cuelga ahora en la galería una exposición silenciosa de Leo Wellmar, de paiajes nevados y cielos a punto de descargar lluvia, «Essence».

Junto a ella en una colección de peines, lo más puntero de la figuración metafísica: Ángel Mateo Charris, Gonzalo Sicre, Joël Mestre, Paco Pomet, Paco de la Torre. Yfotografías de Nando Esteva, como la soberbia, tan divertida «y tan Lolita, tan vuelta a las raíces de la galería», como explica García Alcaraz, «Doscientos cincuenta gramos de tacón». «Sigo teniendo a los de siempre. Esta profesión es una carrera de fondo y ellos siempre han estado dentro de la línea de la galería», explica, una galería que inauguró en Valencia en 1988 (hoy cerrada) y cuyo segundo espacio abrió en Madrid en 1996 en la calle Salitre.

Cuestión de olfato

Vamos por partes. «En Valencia empecé con exposiciones de Chema Madoz, hace dieciséis años, fíjate, y de Ciuco Gutiérrez, de García-Alix... Ahora he incorporado a Concha Pérez. Sigo conservando la marca de pintura, pero me he puesto al día». El profesor García Alcaraz, uno de los expertos en la obra de Muñoz Degraín, devino en «el galerista de Lolita». De Charris le habló su hermana, que le conocía. «Era un chaval que estaba estudiando, no había cumplido ni los veinte. No lo hacía mal, pero la estética... Y Sicre estudiaba en Cartagena, es decir, experiencia, cero. Eran artistas que había que hacer, estaban recién licenciados», explica.

Pero el olfato no le falló y en medio de un panorama artístico en el que campaba aún la abstracción a sus anchas, el galerista decidió apostar por una figuración: «Me tacharon de conservador. Entraban a la galería para insultarnos porque consideraban que la figuración de fines de los 80 era una estética casi de extrema derecha, fíjate qué equivocación, quizá porque la abstracción estaba unida a la izquierda. Me encontré muy solo, pero no me rendí». ¿Montó el negocio para ganar dinero? «No era una galería dirigida a la especulación, de ahí la idea de agrupar a un movimiento. Lo mío no era comercio. Las cosas salieron muy bien y me aparté de la docencia, aunque durante cinco años compaginé ambas». Le recordamos que durante los años de ARCO, 18, nada menos, sus paredes se llenaban de puntos rojos antes de inaugurar: «Sí, he ganado dinero», confiesa.

La oportunidad le llegó a más de 2.500 kilómetros de distancia (desde Valencia) en una cena a la que fue invitado en Siracusa. A la mesa estaba sentado un señor con aire de despistado e intelectual, Juan Manuel Bonet. «No sabía quién era, empezamos a hablar y conectamos rápidamente en el tema de volver a recuperar la figuración. Él me nombró la galería Caballo de Troya y a Dis Berlin. Ya no me sentí tan solo como antes», explica.

Provocación intelectual

Tomó como referencia a la galería Buades, una de las grandes de los ochenta, con la que tuvo muy buena química. «Seguimos trabajando, cooperando e ilusionándonos juntos. Jamás he cambiado de rumbo. Hoy tengo a tres generaciones de coleccionistas; al padre, al hijo y al nieto; es la marca de la casa. Eso y no perder el olfato, estar al día», afirma y define lo que significó la irrupción de Lolita: «Lo que más me interesaba era provocar intelectualmente, presentar un revulsivo a la situación que existía», explica sentado en un sofá en lo que fuera la sala de estar de la casa de Azorín, en la calle Zorrilla, su vivienda. La pintura de las paredes se conserva tal cual (beige y marrón), las puertas y sus pomos, también. Sólo se nota que ha pasado el tiempo en las obras de arte que cuelgan: Sicre con Millares, Charris con Louise Bourgeois, Bacon, Warhol, una escultura de Suñol. Y en el pasillo un Sonia Delaunay de 1926 delicadísimo cerquita de un Rembrandt pequeño, sólo en tamaño, pero que apabulla. La figura de su padre pescando en el pantalán del Mar Menor, con la firma de Charris, domina una de las paredes. En el suelo, aún sin colgar, un Pomet en el que el propio galerista aparece retratado junto a un grupo de marineros de Cartagena.

García Alcaraz asegura que quiso mantener lo que define como «una esquizofrenia perfectamente separada entre la historia del arte y mi labor como galerista; sin embargo, el segundo acabó por suplantar al doctor en Historia del Arte. He tenido la sensación de haber podido participar en la historia del arte moderno de España», comenta. ¿Y cree que sus artistas han hecho historia? «El tiempo es el último juez. Los artistas ya están en museos, forman parte de colecciones. La creación es un reflejo de la sociedad en la que vivimos. Para que tenga conciencia social y sea exportable tiene que ser creíble por la sociedad. Ahí tenemos el caso de Almodóvar, que se vende fuera de maravilla. Tenemos un talento enorme pero fallamos a la hora de exportarlo. Quitémonos ese complejo quijotesco y aprendamos a invadir estéticamente otros países. ¿Sabes cuándo lo hicimos de maravilla? En los años sesenta, durante el franquismo, con Luis González Robles que vio mejor que nadie la importancia de promocionar el arte español a través de exposiciones y bienales y colocó en el mundo a Chillida, Tàpies, Saura... que era lo que se hacía en nuestro país en ese momento», comenta. Y es que una imagen buena (y la que acompaña a este reportaje lo es) vale más que mil y pico palabras (la extensión de este texto).

Sin salir de Hopper

Toda vanguardia parte de la tradición. En el pasado se encuentra muchas veces el camino que lleva al futuro. El hiperrealismo no es sólo una pirotecnia. Una excelencia a partir del marco de una imagen proyectada. Es la interpretación de la sociedad a través de las imágenes que produce. De ahí su frialdad, la distancia que intercala su realismo fotográfico. Pero es una frialdad buscada. En esas obras también existen reivindicaciones sociales, y ecos que apelan a obras anteriores, que hablan de esa continuidad entre el ayer y el hoy. No son sólo referencias al «vedutismo» italiano, a la tradición europea del bodegón. También enlaza con maestros modernos. Robert Gniewek, con su obra «Gas» (junto a estas líneas), alude a un óleo que Edward Hopper realizó en 1940 (arriba). En ambas se aprecia cómo el hombre se abre paso en la naturaleza. Es significativa la presencia de Hopper, un pintor que veía la vida como una representación teatral, que intuyó la soledad de la vida actual, un tema presente en los hiperrealistas (el Thyssen les dedica una muestra ahora). Quizá, por eso, estos artistas introdujeron esas motos de chasis brillantes: una promesa de libertad.

De Lolita a Doña Dolores

Cuando Ramón García compró su primera obra de arte tendría la edad de sus «lolitas», unos veinte años. Era una litografía de Equipo Crónica que conserva. Hoy, los jóvenes a los que cobijó peinan canas y cuelgan sus obras en salones y grandes museos. Joël Mestre, por ejemplo (en la imagen, una obra de su última muestra en la galería), fascina a Antonio López, quien elogia y admira también la obra de Sicre. «El mérito es de ellos», dice García Alcaraz, y se confiesa el mejor cliente de su galería. Gail Levin, la biógrafa de Hopper, es una de sus incondicionales.