Así fue la azarosa jura de la Princesa de Asturias

A pesar de que varias cortes intentaron evitarlo, pidiendo que se eliminara el acuerdo de 1789 que recuperaba el sistema sucesorio tradicional modificado por Felipe V, Fernando VII aseguró el reinado de su hija Isabel II.

A pesar de que varias cortes intentaron evitarlo, pidiendo que se eliminara el acuerdo de 1789 que recuperaba el sistema sucesorio tradicional modificado por Felipe V, Fernando VII aseguró el reinado de su hija Isabel II.

Hace 175 años tuvo lugar la jura de la última princesa de Asturias en unas circunstancias muy especiales que no han sido destacadas por los distintos biógrafos de Isabel II, que en unos casos se han limitado a hablar de su vestido (Llorca, Burdiel), niegan las protestas (Comellas) o se limitan a mencionar la oposición de don Carlos (Rueda). Tras el fallecimiento de la tercera esposa de Fernando VII, su nueva boda se planteó como una cuestión de Estado. La elección recayó en su sobrina María Cristina de Borbón, hija del rey de Nápoles, con quien se desposó el 11 de diciembre de 1829. Unos meses más tarde, el monarca publicó el acuerdo de las Cortes de 1789 que recuperaba el sistema sucesorio tradicional modificado por Felipe V. Varias cortes, al frente de las cuales se encontraban diferentes ramas de la familia Borbón (Francia, Nápoles, Cerdeña), iniciaron las presiones para intentar la anulación de la Pragmática. Sin embargo, la Revolución de 1830 en Francia, que colocó en el trono a Luis Felipe de Orleans, restó eficacia a la gestión.

A finales de ese año nació la heredera, la infanta Isabel, lo que tensó la situación en el seno de la Familia Real y en la sociedad. La crisis más importante tuvo lugar a finales de 1832, fecha en la que Fernando VII parecía acercarse al final de su existencia. Durante su grave enfermedad, los llamados embajadores italianos (el barón de Antonini, Nápoles; el conde Solaro, Cerdeña; y el conde Brunetti, Austria), unidos al sector de los partidarios de don Carlos, consiguieron la anulación de la Pragmática. Pero el éxito duró poco, ya que tras la recuperación del monarca se restableció la situación anterior y el rey procedió a la sustitución de altos cargos y solicitó también la de los diplomáticos extranjeros que habían intervenido en las maquinaciones pro-carlistas.

Una postura común

Para trasladar a la sociedad la firme voluntad del monarca de seguir en la misma senda, nada mejor que realizar una ceremonia de reconocimiento de la heredera. No se trataba de que la princesa jurase, sino de que los súbditos la reconociesen como heredera en una ceremonia de vasallaje. El 1 de febrero de 1833 el Consejo de Ministros estudió la propuesta del rey de acelerar la convocatoria de las Cortes «a fin de jurar a su augusta primogénita», para lo cual fue necesario analizar los precedentes a fin de dar a entender una continuidad de la tradición. Tres días más tarde se «expulsó» a la princesa de Beira, cuñada del rey, por sus interferencias en la cuestión sucesoria, y el infante don Carlos, molesto con la decisión, decidió acompañarla en su camino al exilio portugués. A fin de crear el ambiente de adhesión, la «Gaceta de Madrid» incluyó felicitaciones en las distintas corporaciones. Finalmente, el 7 de abril la «Gaceta» publicó el decreto de convocatoria de las Cortes para la jura, que fijaba la fecha de 20 de junio para dicha reunión. Tras la publicación, las representaciones extranjeras intercambiaron opiniones para acordar una postura común mientras esperaban instrucciones de sus superiores. Francia coincidía con las potencias conservadoras en su defensa de la ley sálica, pero discrepaba de los principios ideológicos que inspiraban a aquéllas, y su embajador deseaba evitar la división entre las cortes europeas, por lo que defendió la necesidad de que los representantes diplomáticos no fuesen invitados; e incluso pensó en ausentarse de Madrid en dichas fechas. Inicialmente, el representante austríaco, el conde Brunetti, era partidario de estar presente en el acto. Por su parte, el monarca había dado instrucciones a su secretario de Estado de no tratar dicha cuestión con ninguno de los diplomáticos acreditados en Madrid. A primeros de mayo se observa una gran actividad en las cancillerías. El conde Solaro fue uno de los principales impulsores de esta actividad, que fue transmitida por el conde De la Tour, secretario de Estado de Cerdeña, a la Corte de Viena, que tenía un peso fundamental en las decisiones de la política exterior de las cortes conservadoras en lo que denominaban las cuestiones de principios y de orden europeo. En su opinión, resultaba necesario boicotear el acto porque la presencia sería interpretada como un apoyo de las decisiones adoptadas por Fernando VII en la cuestión sucesoria. La política internacional de las Potencias Conservadoras (Austria, Prusia y Rusia) mantenía un complejo sistema de decisiones en el cual las embajadas en París, las más cercanas y gobernadas por personas con gran peso político y conocimiento de España, eran la primera línea de las decisiones, tras lo cual pasaba a sus Cortes, que en tales casos estaban coordinadas por Metternich. Los representantes de Rusia y Prusia en París opinaban que el boicot podía debilitar la posición política de Zea Bermúdez, considerado un baluarte frente al avance del liberalismo. Esta actitud fue criticada duramente por la diplomacia de Cerdeña, al considerar que se sacrificaba a los realistas por unas esperanzas ilusorias. Si finalmente no se adoptaba el boicot, Cerdeña quería conseguir que al menos se remitiese un escrito de protesta.

Francia, que necesitaba ser «reconocida» por los conservadores, consultó a Metternich sobre la posición a adoptar en España. El canciller austríaco consideraba que la asistencia era un acto de cortesía con el rey y en consecuencia no podía ser interpretado como apoyo a sus decisiones sucesorias; valoraba también la necesidad de reforzar a Zea, al tiempo que creía necesario evitar la división entre el cuerpo diplomático acreditado en Madrid, ya que era previsible una actitud de rechazo de Nápoles y Cerdeña. Pero también mostraba su malestar por la forma en que Fernando VII había gestionado la cuestión sucesoria, considerándola un asunto interno, que no debía consultar ni explicar a nadie, pero que podía ocasionar problemas en España y en Europa. Por ello resultaría lógico que no se invitase al Cuerpo Diplomático o que este no acudiese, y señalaba a su representante en París que debía transmitir estas propuestas a sus aliados y al Gobierno francés.

Los consejos de Metternich

Pero los consejos de Metternich fueron modificados parcialmente en París, en donde los embajadores rebajaron la rigidez de la postura, que quedó reducida a aconsejar a Zea que no les invitase, pero realizada dicha gestión debían estar presentes en el acto. La homogeneidad de la actuación desapareció desde el momento en que el embajador ruso transmitió al Gobierno español que había recibido órdenes del zar de asistir al acto. Finalmente, la única ausencia diplomática fue la napolitana, que estuvo acompañada de una nota de protesta que además fue remitida a las Cortes europeas. La otra ausencia notable fue la del infante Carlos María Isidro, quien se negó a trasladarse desde Lisboa y publicó una protesta en defensa de sus derechos. Para contrarrestar estas iniciativas, el rey consideró necesario solemnizar el acto dando instrucciones de que se celebrase en todas las plazas. Con ello se pretendía crear un clima de festividad y movilizar los ánimos de la población. No faltaban, por supuesto, las publicaciones, principalmente poesías, en honor a la princesa, ni las justificaciones jurídicas y políticas sobre la legalidad de la Jura.

El acto celebrado en la iglesia de los Jerónimos reunió a los representantes diplomáticos, entre los que se destacaba al de Francia, los prelados, los grandes de España y los representantes en Cortes. Las solemnidades estuvieron acompañadas de una serie de actividades de caridad sufragadas tanto con los bienes de la Santa Cruzada como por los de los Pósitos. Durante todo el mes de julio la «Gaceta de Madrid» estuvo publicando reportajes de las celebraciones realizadas en distintos lugares de España. Uno de los últimos es el referente a Barcelona. Plaza en la que la asistencia a la fiesta se describe como muy numerosa, y se pone un gran empeño en pintar el buen espíritu y adhesión a la monarquía para demostrar que habían finalizado «todas las pasiones bastardas y antirreligiosas», adjetivo con que se identificaba a la revuelta de los agraviados de 1827, que puso en serios apuros a Fernando VII.

Relato del acto de la Jura

Madrid 21 de junio.

Ayer 20 de Junio juraron a la Serma. Sr. [sic] Infanta Doña María Isabel Luisa Hija primogénita del REY nuestro Señor, Princesa heredera de la corona a falta de hijo varón de S. M., los venerables prelados, grandes y. títulos; y los procuradores de las ciudades y villa de voto en Cortes, convocados de Real orden para el efecto, en el Real monasterio de S. Gerónimo de esta corte. Como en el número anterior de la Gaceta se insertó en suplemento el Ceremonial, que según la antigua costumbre de España se había mandado observar en solemnidad tan augusta, nada hay que añadir a lo que se dijo en dicho suplemento, sino que el programa se cumplió con la mayor exactitud en todas sus partes. La excelsa Niña, esperanza y delicia de los españoles, a pesar de su corta edad, manifestó en toda la ceremonia el carácter más suave y amable; presagio cierto de las virtudes benignas que le inspiran sus augustos Padres, y que desenvue1tas por los años, y favorecidas por el cielo, serán la base de la prosperidad de nuestra patria. SS.MM. y S.A.R. la Princesa, según lo prevenido en dicho programa, volvieron ala caída de tarde a su Palacio precedidos del corregidor de Madrid y comisión municipal con el aparato de costumbre, en una magnífica carroza, sobre la cual brillaba una corona Real, y acompañados de los Sermos. Señores Infantes con sus augustas Familias. La carrera estaba guarnecida de tropas, cerrando la marcha la caballería de la casa Real. Inmenso pueblo circuló regocijado por las calles hasta más de media noche, sin que el menor desmán perturbase el placer de tan fausto día: casi toda la población asistió en la plaza de Oriente a los fuegos artificiales disparados en celebridad de la Jura, y se esparció después a ver las iluminaciones y adornos que eran innumerables y hermosísimos.