¡Bailad, malditas, bailad!

Fundación Telefónica a las mujeres que convirtieron el baile en un arte de vanguardia en la exposición «La bailarina del futuro».

Un icono. Joséphine Baker revolucionó los escenarios con su manera de bailar y después se convirtió en una celebridad que luchó por los derechos humanos
Un icono. Joséphine Baker revolucionó los escenarios con su manera de bailar y después se convirtió en una celebridad que luchó por los derechos humanos

Fundación Telefónica a las mujeres que convirtieron el baile en un arte de vanguardia en la exposición «La bailarina del futuro».

Ellas entendieron el cuerpo como una expresión de su libertad, como un desafío a esa dictadura de normas morales y religiosas que lo habían convertido en toda una teología del pecado y la condena. Isadora Duncan, Loïe Fuller, Joséphine Baker, Martha Graham, Doris Humphrey, Mary Wigman y la española Tórtola Valencia principiaron rompiendo el corsé de la danza, una apropiada metafórica de las diversas constricciones que padecían las mujeres, y acabaron rasgando otro miriñaque, el social, que les regateaba el protagonismo que merecían como ciudadanas, convirtiendo esta, en apariencia, nimia revolución de la danza, que metamorfoseaba el canon clásico en vanguardia artística, en una subversión impredecible, un anticipo de la modernidad que eclosionaría en las décadas finales del siglo XIX y principios del XX, que traería consigo, aparte del coche y el teléfono, una mujer deportista, dueña de su destino y sus decisiones. «Isadora Duncan es la primera de ellas en romper el apolillado corsé de la danza, en bailar descalza, únicamente con una túnica y sin nada debajo. El movimiento, en ocasiones, mostraba partes de su figura. Incluso baila música que no ha sido concebida para ese fin, como la Marsellesa, la Internacional o a Wagner. Sus innovaciones fueron más allá y llega a suprimir el decorado del escenario y solo usa unas lonas de terciopelo. Todas ellas fueron revolucionarias y auténticas. Cada una en su camino fue una pionera y explora el baila a su manera. Incluso hace una coreografía para una ópera de Wagner en Bayreuth. Los descendientes del compositor la echaron al terminar», explica el escritor Miguel Ángel Delgado, autor de «Las calculadoras de estrellas» (Destino) y comisario, junto a María Santoyo, de la exposición «La bailarina del futuro», que ayer inauguró la Fundación Telefónica de Madrid. Una muestra ambiciosa, original, que vence con creces las arduas complejidades que pudieran, a priori, surgir, y que aborda este difícil campo a través de un selectivo conjunto piezas, vídeos y de instalaciones, convirtiendo el recorrido en una experiencia y no en un pasivo deambular por diferentes vitrinas y proyecciones. Miguel Ángel Delgado y María Santoyo cerraron el año pasado una trilogía de exhibiciones –las que dedicaron a Tesla, Verne y Houdini– con el reconfortante sabor del éxito, pero con la agria sensación de que se habían dejado algo en el tintero. Ese «algo» fueron los nombres de esa pléyade bailarinas que salieron a su paso durante los distintos periodos de documentación de los montajes anteriores y cuya sombra parecía perseguirles con perseverante insistencia. Ahora han recuperado sus nombres en un honesto ejercicio de reivindicación y han visualizado un arte que se caracteriza por su instantaneidad y fugacidad, y bosquejan las biografías de unos caracteres únicos, valientes, en ocasiones, de sorprendente destino. «Joséphine Baker revolucionó el baile desde los escenarios del cabaret. Es un espíritu fuerte, independiente, que cuando mataron a Martin Luther King, le ofrecen que encabece la lucha por los derechos civiles, algo que no hace para proteger a sus hijos. Ella iba más allá de su imagen. Baker tomó los tópicos, clichés y prejuicios que existían sobre la manera de bailar de los blancos, y hace una versión irónica. Logra que el charlestón y el jazz suban a los escenarios, que de otra manera no hubieran tenido reconocimiento, y después se convierte en una pieza de la Resistencia Francesa durante la Segunda Guerra Mundial, pasando mensajes a los resistentes. Cuando murió en 1975, recibe honores de estado en Francia. Y eso que era norteamericana», comenta Delgado.

Reglas impuestas

El baile, que desde la Antigüedad arrastraba cierta connotación negativa cuando se vinculaba a las mujeres –ahí está, por ejemplo, Salomé o, más recientemente, Mata Hari–, se deshace del malditismo que lo rodeaba, rompe con las reglas impuestas, y se transforma en un arte novedoso a partir de Isadora Duncan, la pionera, «el kilómetro cero» del que parten estas mujeres. «Antes de ellas, los bailes eran subsidiarios de la música, de los ballets, que componían los hombres y estaban dirigidos por ellos. Era un mundo gobernado por los varones. La danza moderna llega a prescindir de la música. Incluso crea coreografías sin música porque, conciben, lo único necesario es la danta. Es un arte nuevo autosuficiente», aclara Delgado.

Una de las más sorprendentes de esta escogida nómina es Mary Wigman, que lleva el expresionismo a la danza y que se codea con los artistas de El Jinete Azul. Tampoco se queda atrás Loïe Fuller, otra autodidacta, como Isadora Duncan, que nació en lo más profundo de Estados Unidos, alcanzó el éxito en el espectáculo y acabó codeándose con científicos, interesándose por la tecnología y siendo respetada por muchos intelectuales de su época. Pero, quizá, la más sorprendente de este puñado de celebridades es la española Tórtola Valencia. «Se la está empezando a recuperar, pero todavía queda mucho. Los recortes de la prensa internacional nos deja entrever lo importante que fue. Nosotros podemos exhibir su baúl, el que empleaba en las giras, que eran todas multitudinarias. Levantaba pasiones. Vivía en Barcelona con su amante, que era una mujer más joven que ella, a la que adopta para nadie diga nadie. Incluso se introduce en la burguesía catalana y se convierte en una gran coleccionista de arte. Sus piezas están en museos de Cataluña. Ella es un ejemplo de la mujer nueva de ese periodo que hay en España. Es cierto que se educó con un tutor en Londres, pero era española, la dibujó Penagos, fue imagen de una colonia, como hoy las actrices. Es un icono. Bailó ante el sultán turco, el zar de Ruisa, el Káiser de Alemania y en Estados Unidos. Es alucinante», comenta Miguel Ángel Delgado.

Para él, esta muestra ha cumplido todos los retos que conllevan los desafíos. «Con ella nos hemos liado la manta a la cabeza. Hemos querido hacerla diferente a todas las exposiciones anteriores. Está muy cerca de ser una instalación artística. Lo que buscamos, aparte de transmitir información, es contagiar una sensación. Hemos traído piezas maravillosas del Instituto de Teatro de Barcelona, y mostramos objetos relacionados con el paso de Joséphine Baker por España que vienen de Almagro y de la Biblioteca Nacional. Además de objetos que han viajado desde el Museo del Traje. Aunque lo más valioso, en esta ocasión, no son los objetos», puntualiza Miguel Ángel Delgado.

Lo esencial es resaltar los valores y las aportaciones que crearon estas bailarinas. Algunas de ellas dejaron un enorme legado detrás, como es el caso de Martha Graham y Mary Wigman, que se reciclaron como coreógrafas, que dejaron una serie de enseñanzas que muchas alumnas actuales de baile todavía estudian. Hubo otras de trágico final, como es el caso de Loïe Fuller, que, por su manera de danzar, tuvo muchas lesiones y que acabó pagando un alto precio por ellas y el desgaste de sus números. Otras fallecieron de una manera absurda, como Isadora Duncan, que murió estrangulada cuando el fular que llevaba alrededor del cuello, se le enganchó en la rueda de un coche.