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Bauhaus: el arte que desafió el nazismo

El Museo Thyssen-Bornemisza dedica una exposición, hecha con sus propios fondos, a este movimiento en el centenario de su creación

El Museo Thyssen-Bornemisza dedica una exposición, hecha con sus propios fondos, a este movimiento en el centenario de su creación.

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En 1933, la utopía del arte tropezó con las utopías del totalitarismo ario de Adolf Hitler. Un choque que liquidó antes de tiempo el sueño artístico de la Bauhaus, fundada catorce años antes por Walter Gropius. El nazismo, enemigo del arte degenerado y, en general, de cualquier teoría que disintiera con sus principios, no podía admitir en el seno de su territorio un movimiento que apelaba a rediseñar la vida desde unos parámetros marcados por la libertad creativa y que, además, había nacido en el corazón de la república: Weimar. Aquella escuela o academia o reunión de maestros, artistas y profesores se deshizo bajo la acusación de ser un núcleo de ideas comunistas, de ser simiente de pensamientos bolcheviques. Un centro que, encima, estaba integrado por individuos de origen judío. Así, lo que había nacido para embellecer lo cotidiano fenecía bajo el absurdo cotidiano de la política. El Museo Thyssen Bornemisza dedica, en la celebración de los cien años de la Bauhaus, una exposición que homenajea a unos hombres que alumbraron la idea de embellecer el paisaje diario, que quisieron apartar lo industrial de la fealdad y aspiraban a imprimir un sello estético a los productos fabriles.

Misión pedagógica

La industrialización, en Gran Bretaña, empujó a William Morris a recobrar lo artesano, pero en Alemania optaron por abrir un cauce diferente y tratar de encontrar un punto de encuentro entre la modernidad y el arte. «La Bauhaus deseaba crear una escuela no académica, que fuera experimental, que se aproximara a la modernidad, pero con un énfasis pedagógico. Y esta es una de las ideas que más nos interesan en la actualidad, porque un museo también tiene una misión pedagógica», resaltó Guillermo Solana, director artístico del museo. Para él esta idea de enseñanza, al contrario de otros postulados de la Bauhaus, como intentar diseñar el futuro, es la que está viva y la que encuentra mayor sentido en la actualidad.

Por eso se han seleccionado catorce obras que no son únicamente un puente a los diferentes estilos que se manejaron en la Bauhaus, sino también una introducción a unos artistas y el papel que desempeñaron. Tenemos así a Johannes Itten, que desarrolló un método de aprendizaje del arte. Pero también encontramos a Lyonel Feininger, que impartía clases a partir del análisis de su obra; Paul Klee, que enseñaba dibujo, pero también encuadernación y pintura en vidrio; Kandinsky, que apelaba a la capacidad reflexiva de los alumnos; Moholy-Nagy, que sobresalió por sus diseños tipográficos y que exportó la Bauhaus a Estados Unidos; Bortnyik, que mostró mucho interés por las actividades teatrales; Schlemmer, un símbolo de la escenografía, o Albers, que desafió el cierre de la Bauhaus y continuó enseñando según sus criterios.

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Juan Ángel López-Manzanares, comisario de la muestra junto a Leticia Cos y Elena Rodríguez, insistió en que «la Bauhaus quería una aceptación entre la máquina y la estética». Para estos creadores, el objeto había perdido su compromiso con la belleza porque «los artesanos se habían convertido en obreros y estos habían extraviado la visión conjunta del objeto. Gropius aseguraba que los artistas tenían que ser artesanos, pero también debían ser obreros y estar familiarizados con los nuevos procesos industriales».

En la exposición no están presentes los muebles que caracterizan este movimiento y que lo han hecho popular, pero aporta una dimensión nueva, la de la pintura, el lenguaje artístico que más se había renovado en las primeras décadas del siglo XX, y muestra que la Bauhaus, aparte de ser un vínculo entre la cadena de montaje y el espíritu humano, no estaba hecha de blancos y negros, sino que estaba penetrada por el color. Estos lienzos dan prueba de esta idea, aparte de ilustrar los diferentes intereses, desde el cuerpo hasta la abstracción, que sedujeron a estos artistas y que, al mismo tiempo, alimentó el recelo y el odio de los nazis.

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Dónde: Museo Thyssen Bornemisza. Paseo del Prado, 8. Madrid

Cuándo: hasta el 12 de enero de 2020.

Cuánto: entrada 13 euros.