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Beatriz Ledesma: "Clara Campoamor no era dogmática y podía separar la estética de la ideología"

Recopila en "Del amor y otras pasiones" los artículos literarios que la defensora del voto femenino escribió durante el exilio

  • Beatriz Ledesma / Foto: Jesús G. Feria
    Beatriz Ledesma / Foto: Jesús G. Feria

Tiempo de lectura 4 min.

27 de enero de 2019. 03:21h

Comentada
Marta Robles 27/1/2019

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Clara Campoamor es un referente para las mujeres de nuestro tiempo. Fue ella quien defendió el voto femenino en el Congreso, en la Segunda República, en contra de buena parte de la izquierda de su propio grupo (el centrista Partido Radical) y de Victoria Kent y Margarita Nelken, las otras dos únicas mujeres que, en 1931, ocupaban como ella un escaño en la cámara. Todos temían que la influencia de la Iglesia decantara las elecciones a la derecha, pero Campoamor defendió su derecho a decidir y a equivocarse. El mismo que siempre tuvieron los hombres. Campoamor, una mujer de origen humilde que se vio obligada a trabajar desde muy joven tras la muerte de su padre, ganó muy pronto una plaza en Telégrafos y comenzó a estudiar Derecho con 34 años.

Consiguió, entre otras cosas y además del sufragio femenino, que se aprobara el divorcio, se impulsara la regulación del trabajo de mujeres y niños y las investigaciones sobre la paternidad de los hijos ilegítimos. Su discurso político y social está recogido en diversos textos periodísticos, además de en varios de sus libros. Menos conocido es su legado humanista a través de la literatura y la traducción, que desarrolló durante su exilio en Buenos Aires y que ahora ha recogido Beatriz Ledesma en el libro «Del amor y otras pasiones», publicado por la Fundación Banco de Santander.

–Además de su devoción particular, le unen a su protagonista vínculos familiares.

–En efecto, mi tío abuelo, Federico Fernández de Castillejo, abogado e intelectual cordobés, se desempeñó como diputado en las tres legislaturas de la Segunda República y fue, junto a Clara, uno de los 161 diputados que apoyaron el voto femenino en 1931. En el exilio argentino estrecharon su amistad, al punto que ambos vivían en el mismo edificio de la avenida Corrientes. Compartieron actividades literarias y culturales, además de escribir juntos un libro sobre la solidaridad de la Marina argentina con los refugiados españoles. Y ambos pertenecían al círculo íntimo que rodeó a Niceto Alcalá-Zamora en Buenos Aires. Desde niña oí hablar de Clara en mi familia con afecto y respeto, y eso, naturalmente, me hizo sentir una cercanía a su figura y a los valores que encarna.

Su libro recoge también dos entrevistas a Campoamor, ¿qué destacaría de ellas?

–Quizá lo más destacable es que la revelan como una visionaria porque plantea en la década de 1930 debates que todavía hoy siguen vigentes, como cuando opina sobre el lenguaje inclusivo o denuncia las formas verbales («galanterías y piropos») a través de las cuales los hombres han ejercido, históricamente, un poder abusivo sobre las mujeres. Además, las entrevistas la muestran como una figura intrínsecamente liberal que defendía sobre todas las cosas la tolerancia y las libertades individuales, como se trasluce en sus declaraciones sobre la religión.

–Se cuenta que muchos de los intelectuales exiliados tuvieron que utilizar el archivo de la memoria para escribir sus artículos porque no disponían de textos originales que reproducir, ¿pudo ser el caso de Campoamor?

–Es muy difícil asegurarlo. La mayor parte de los intelectuales exiliados tuvieron que abandonar precipitadamente sus casas, sus bibliotecas, sus archivos, para salvar la vida e iniciar una nueva con lo puesto. Por ende, no tuvieron más remedio que recurrir a su biblioteca mental y a una cultura ya asimilada que era parte integral de ellos mismos. Desde luego, en el caso de Buenos Aires, metrópoli literaria por excelencia, sin duda tenían acceso a bibliotecas bien nutridas, pero al leer estos ensayos se advierte que Campoamor mantenía una larga intimidad con los poetas sobre los que eligió escribir.

–Los artículos fueron publicados en la revista argentina «Chabela», de gran tirada y dirigida al público femenino. ¿Se explica así su carácter divulgativo?

–Creo que sí. En Argentina se vivía entonces un apogeo de la cultura de masas y había una incipiente clase media con afán de ilustrarse. En su exilio, Clara sigue dialogando como lo hacía en España, pero ahora a través de la literatura, con un público amplio que tal vez se asomaba por primera vez a la poesía española a través de estos ensayos.

–Solo hay una mujer entre los autores elegidos para sus artículos, ¿a qué cree que se debe?

–Sor Juana Inés de la Cruz era una suerte de mujer-faro para ella, una precursora que se había abierto camino en un ambiente tremendamente hostil a las mujeres, como lo era el México del siglo XVII. Puede parecer extraño que no haya ningún artículo sobre sus contemporáneas, pero eso tal vez se explique por una razón que no es exclusiva de Campoamor. Frente a la incertidumbre del exilio, muchos intelectuales volvían su mirada hacia el pasado más o menos remoto en busca de un refugio cultural que les permitía arraigarse en esa España que el presente les negaba. En ese pasado no abundaban las voces femeninas.

–También es curioso que de entre sus coetáneos solo eligiera a uno y alejado de su ideología: Manuel Machado.

–Esa es la prueba de que Clara no era dogmática y podía separar la estética de la ideología. Estos ensayos son intrínsecamente literarios y no siguen otro criterio que la singularidad poética. En este caso concreto, quizá coincida con Borges, que sostenía que de los hermanos Machado, Manuel era el más inspirado. Se dice que cuando le preguntaron por Antonio, contestó: «No sabía que Manuel tuviera un hermano».

–¿Qué ha aprendido que no supiera de Clara Campoamor al elaborar este libro?

–Fue una revelación entender que esta mujer acostumbrada a librar batallas políticas reservara un «cuarto propio» donde replegarse para liberar su sensibilidad y dialogar con los poetas que sentía más cercanos.

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