Brad Pitt, un astronauta en el corazón de las tinieblas

El actor llega a la Mostra con «Ad Astra», en la que interpreta a un astronauta, a las órdenes de James Gray, en una cinta menos aplaudida de lo que merece.

El actor llega a la Mostra con «Ad astra», en la que interpreta a un astronauta, a las órdenes de James Gray, en una cinta menos aplaudida de lo que merece.

A James Gray le ocurre algo parecido a lo que le sucede a Almodóvar. Muchos piensan que es un hijo pródigo del Festival de Cannes, pero fue en la Mostra donde nació como cineasta. En 1994, con solo 24 años, ganó el León de Plata por su espléndida ópera prima, «Little Odessa». En aquella película ya exploraba uno de sus temas más queridos, el de la filiación y la herencia, el pesado lastre de los lazos de sangre, que vuelve a aparecer en el epicentro dramático de «Ad Astra», su preciosa odisea existencial en clave de ciencia-ficción realista que ayer se presentó en Venecia con Brad Pitt en olor de multitudes y una reacción de la Prensa más tímida de lo que se merecía. Otra familia rota protagonizaba la extraordinaria «Marriage Story», que Noah Baumbach ha dirigido para Netflix después de la notable «The Meyerowitz Stories», la disección del proceso de divorcio entre una actriz (Scarlett Johansson) y un director teatral (Adam Driver) que podría ser la actualización neoyorquina (o angelina) de «Secretos de un matrimonio».

A Gray se le caen las referencias de la boca como cigarros a medio fumar: aún queman. No tarda en hablar de tragedias griegas y de cine mudo, de «Moby Dick» y de «2001», de la música concreta y de las filmaciones del Apollo XI en su misión lunar. Se ahorra la cita de «El corazón de las tinieblas» (y con ella, la de «Apocalypse Now») porque no quiere destripar la película. Ayer recordaba que, en la génesis de «Ad Astra», estaba una frase que encontró en una exposición: «La Historia y el Mito siempre empiezan en el microcosmos de lo personal». Es una frase que también serviría para definir su anterior filme, «La ciudad perdida de Z»: ambos se plantean como expediciones, como aventuras a través de mundos desconocidos –allí la selva amazónica, aquí la negrura infinita del espacio– que nos conducen al corazón de nuestra propia identidad. Cuando el astronauta Roy McBride (espléndido Brad Pitt) recibe el encargo de ir a buscar a su padre, colgado de la nube de asteroides que rodea Neptuno y sospechoso de estar creando una constante tormenta de rayos electromagnéticos sobre la Tierra, no se imagina que, al final del camino, se encontrará consigo mismo.

Barreras por saltar

Pitt hablaba de lo importante que habían sido sus conversaciones con Gray sobre la idea de masculinidad. «Detrás de unos determinados valores que pueden resultar positivos, hay siempre una barrera –afirmó–. Un muro que niega el sufrimiento, que impide que aceptes lo que te avergüenza y confesar de qué te arrepientes». Hay que derribar ese muro, «ser más vulnerable, más abierto, más honesto», apostilló Gray. Tal vez las películas de Gray –y «Ad Astra» lo es hasta la médula, incluso en la meticulosidad con que están montadas las escenas de acción– no sean más que psicoanálisis del arquetipo heroico cuando se refleja en la figura paterna. O sean autobiografías camufladas de un cineasta que se siente aislado, perseguido por las grandes corporaciones, cuando tiene que enfrentarse con el legado de sus maestros. A Gray no le debería preocupar tanto que se oiga su propia voz, que modula sin problemas de tono, porque es la intimidad, la delicadeza con que filma, la garantía de que sus películas transitan territorios –adultos, con el ceño fruncido, preocupados y taciturnos– que el cine comercial no suele visitar. Así las cosas, «Ad Astra» asume, de una forma sensible y hermosa, que estamos solos en el universo, y que solo la búsqueda de una conexión humana nos dará calor. Ni el trabajo bien hecho ni las culpas heredadas de nuestros padres darán sentido a lo que hacemos, sobre todo cuando el horizonte es más negro que el negro mismo.

Noah Baumbach no necesita irse al espacio para llegar a una conclusión parecida. Es posible que, en una obra tan autobiográfica como la suya, su matrimonio con Jennifer Jason Leigh, con la que tuvo un hijo y de la que acabó divorciándose, haya servido de inspiración para «Marriage Story». Habiendo sufrido la separación de sus propios padres, Baumbach tiene la suficiente información para entender lo que significa un divorcio. Tal vez por ello en la película no haya víctimas, y ambas partes tengan sus razones. En el largo, pero nunca prolijo, proceso de demolición que vertebra el relato, Baumbach siempre está buscando entre las brasas, recogiendo afecto entre las cenizas, captando un gesto del amor que esas dos personas se profesaron.

«Marriage Story» es también la historia de dos espacios urbanos, Nueva York y Los Ángeles, que, reflejados en cada uno de los protagonistas, modelan un estilo de vida, una manera de pensarse a sí mismos. Es mérito de la precisa escritura de Baumbach que ambas ciudades tomen forma en los cuerpos, en el modo de hablar y de vestir de los que las habitan. En el espacio de un apartamento desangelado estalla la pelea que Baumbach nos ha escatimado entre rifirrafes, pullas y una callada desesperación. Cualquiera que haya pasado por una ruptura amorosa puede reconocer la verdad que hay en esa escena, servida en bandeja de plata por dos actores que no temen quitarse el cinturón de seguridad cuando vienen curvas. A Adam Driver aún le quedará una secuencia –esa canción de Stephen Sondheim: ¿para cuándo un musical?– desgarradora. Una pena que, bajo el paraguas de Netflix, la película tenga pocas posibilidades de concurrir a los Oscar.

Ayer también era el día de «The Perfect Candidate», la primera cinta a competición dirigida por una mujer, la saudita Haifaa Al-Mansour. Buen ejemplo de conflicto entre forma y fondo. Es necesario visibilizar la situación de la mujer, ciudadana de segunda división, en la sociedad saudí, y con más razón si lo hace alguien que lo ha vivido en primera persona. Sin embargo, al contrario que «La bicicleta verde», de espíritu más neorrealista, «The Perfect Candidate» es más convencional que un telefilme de sobremesa. La historia de la doctora Maryam, que luchará con uñas y dientes para presentarse al consejo municipal y conseguir que se asfalte el tramo de carretera que conduce a la clínica donde trabaja, está contada sin potenciar el conflicto, desde una desgana dramática que neutraliza la eficacia de su denuncia. Queda, claro, la curiosidad que despierta la descripción cotidiana de una cultura y una religión que pueden parecernos marcianas en su feroz misoginia.