Calatrava: con este puente nos hemos topado

Santiago Calatrava, valenciano de cuna, formó parte de esa nómina de primera división, galáctica, un selecto club del que muy pocos arquitectos formaban parte

Santiago Calatrava, valenciano de cuna, formó parte de esa nómina de primera división, galáctica, un selecto club del que muy pocos arquitectos formaban parte.

En aquella época, que ya se nos antoja lejana, de los bautizados como «arquitectos estrella», Santiago Calatrava, valenciano de cuna, formó parte de esa nómina de primera división, galáctica, un selecto club del que muy pocos arquitectos formaban parte. Honorarios astronómicos, estudios en varios puntos del planeta y edificios únicos. Acababa de comenzar el siglo XXI y las excentricidades en materia constructiva estaban a la orden del día. Jorn Utzon, Herzog & De Meuron, Norman Foster, Zaha Hadid, Arata Isozaki, Chipperfield, Jean Nouvel, Frank Gehry, Rem Koolhas..., y el español, que puso su huella de ingeniero (dicen que es bastante mejor que arquitecto) en cada una de sus obras que concebía como una escultura a gran escala. España y el resto del mundo se fueron poblando de auditorios inmensos, centros de convenciones del futuro, estaciones de ferrocarril, y puentes.

He ahí el talón de Aquiles de quien lo fue todo y se sintió después tan denostado. Se acaba de saber que ha presentado un proyecto para reconstruir el puente Morandi (Génova) que este verano literalmente se rompió y se llevó por delante a 43 personas, y lo ha hecho dentro del proyecto presentado por la empresa italiana Cimolai Spa. Allí se medirá con un genovés de cepa, Renzo Piano (en las antípodas del valenciano), concurso al que, según las autoridades, que prefieren guardar el máximo secreto, «han concurrido más de diez y menos de veinte», lo que no es decir mucho. ¿Puentes? Toquemos madera. No olvidemos que el de Zubi Zuri en Bilbao se hizo famoso, no por su perfil, sino por la cantidad de accidentes que se registraban los días de lluvia, pues el suelo de cristal resbalaba cual pista de patinaje. Lo mismo sucedía con el de Vistabella en Murcia.

¿Solución? Colocar una alfombra antideslizante en el suelo. El mismo problema se repitió en el veneciano de la Constitución: lluvia de costaladas, caídas por sus escaleras y más de cinco mil demandas en diez años. Los del Alamillo, en Sevilla, y el Colgante de Jerusalén, fueron bastante criticados por lo disparatado de sus presupuestos, un pozo sin fondo para las administraciones correspondientes. Se lo recordamos, simplemente, al comité que deba seleccionar el proyecto ganador para que no lo eche en saco roto. Si la idea del arquitecto genovés se va a aupar hasta los 200 millones de euros de partida, si se deciden por el español los gastos de mantenimientos exclusivamente pueden costarles un ojo de la cara.

Y no exageramos. Sirva como ejemplo el trencadís del Palau de les Arts. Pero no nos desviemos del puente. En breve saldremos de dudas. Y en un año, mes arriba, mes abajo, estará listo y en funcionamiento. Quedan advertidos quienes tengan que seleccionar.