Christie’s: 250 años bajo el martillo

La casa de subastas celebra la efeméride con la edición de un completo libro que reúne los acontecimientos y ventas más icónicos a lo largo de su historia. Adjudicado.

Muchas de las obras vendidas en Christie’s se pueden ver en colecciones museísticas de todo el mundo
Muchas de las obras vendidas en Christie’s se pueden ver en colecciones museísticas de todo el mundo

La casa de subastas celebra la efeméride con la edición de un completo libro que reúne los acontecimientos y ventas más icónicos a lo largo de su historia. Adjudicado.

Genuinos muebles, joyas, vajillas, armas de fuego, porcelana, &c. y una gran cantidad de Maderia [sic] y vino de Burdeos muy aromático. Esto último propiedad de un noble personaje (fallecido)». Así se anunciaba en 1766 la primera venta que realizaría la que posteriormente se convertiría en la tododerosa casa Christie’s. Se trataba de liquidar los enseres de una casa una vez fallecido el propietario de la misma. Las ventas se prolongaron durante cinco días. Al frente del negocio se colocó un joven de 36 años de nombre James y de apellido Christie. Él sería el germen del imperio que con el tiempo estaba por consolidarse. Se había instalado en Pall Mall y llegaba con la intención de quedarse.

Han pasado 250 años desde aquella primera vez y la sala lo conmemora, entre otras actividades, con la edición de un libro que no tiene desperdicio, pues reúne a través de 250 objetos cuidadosamente seleccionados algunas de las ventas más curiosas e icónicas que han protagonizado la historia de la firma. Carmen Schjaer, consejera delegada, conoce muy bien la letra pequeña y las anécdotas. «Son muchas, quizá demasiadas. Hemos recogidos ventas que en su momento despertaron enorme interés, como la camiseta de Pelé, que se subastó en 1970, o una preciosa diadema que lució la princesa Margarita de Inglaterra el día de su boda, por poner solamente un par de ejemplos», y cuenta una de los episodios más jugosos de esta intrahistoria. Ocurrió en 1965 y el protagonista fue un cuadro de Rembrandt, concretamente el de su hijo Titus, pintado en torno a 1655. Hasta ese momento (aún no habían llegado las paletas a las salas para pujar) los compradores elegían la señal que creían conveniente para hacer notar sus pujas al subastador. Simon Norton eligió las suyas: sentarse, ponerse de pie y levantar un dedo según deseara continuar pujando o dejar de hacerlo. El vendedor, confundido ante el abanico gestual, dio la venta final a la galería Marlborough Fine Arts de Londres, mientras el comprador, rojo de ira, acudía hasta el estrado esgrimiendo la carta de acuerdo a la que había llegado con Christie’s. Un escándalo que acaparó titulares. Conclusión: la venta quedó invalidada, se abrieron de nuevo las pujas y el coleccionista terminó por hacerse con el retrato del hijo del pintor por 2,2 millones de dólares, lo que equivaldría a unos 20 millones de dólares actuales. El lienzo, que abandonó Reino Unido, hoy cuelga del Museo Norton Simon de Pasadena, en California.

Vender cualquier cosa

¿De dónde arranca la idea de montar un negocio como una casa de subastas? Schjaer cree que puede hundir sus raíces en «esa obsesión tan inglesa por vender cualquier objeto por muy pequeño que parezca, aunque se trate de un simple cenicero. Recordemos, además, que tras la Revolución Francesa, en 1789, se produce una llegada de aristócratas galos que venden sus objetos y patrimonio a través de las casas de subastas para conseguir liquidez». Así, importantes colecciones de arte que en su día colgaban de castillos de toda Europa fueron trasladadas a Londres y vendidas en Christie’s a una nueva generación de coleccionistas. Schjaer insiste en que «tras los cataclismos políticos ha habido siempre movimientos de ventas. El nuestro es un negocio que está sujeto a los avatares de la política y la economía, pero está lejos de los terribles dramas que vemos y leemos a diario. Es decir, y para que se entienda, que la guerra de Siria no afecta a las casas de subastas», explica.

Hoy la tecnología ha dado un vuelco importante a las ventas. Desde 2004 se puede pujar on line y comenta la consejera delegada Schjaer que en los últimos años ha experimentado un enorme aumento, que crece cada año y de manera exponencial, sobre todo en franjas de precios a partir de los 5.000 euros. «Estamos realizando un enorme esfuerzo por desarrollar esa parte. Resulta bastante sencillo y es como comprar por e-bay», comenta. Los objetos que reinan en estas pujas son «los grabados, las cerámicas de Picasso, que se venden muy bien, y las artes decorativas, es decir, piezas a partir de esa cifra hacia abajo», aunque recuerda que, como la excepción acaba siempre por confirmar la regla, hubo un lienzo de Frank Stella que se vendió por internet por más de 269.000 dólares, la obra más cara subastada on line. «Es sorprendente la cantidad de nuevos clientes que están demostrando un gran interés por las subastas a través de internet, y aunque no se puede hablar estrictamente del perfil de un comprador, sí podemos distinguir una franja de clientes a partir de los 30 años que trabajan en el mundo de los negocios, con sueldos relativamente altos y que adquieren arte, objetos y mobiliario», asegura.

Picasso, en lo más alto

De hecho, algunos de los que consideran en Christie’s «clientes de toda la vida» han decidido no recibir catálogos en papel, porque optan por consultar los lotes a través de la pantalla. ¿Desaparecerá la subasta física engullida por la tecnología? Ahí Carmen Schjaer expresa su deseo de que no se produzca: «Yo espero y confío en que no sea así, pues no hay nada como ver la obra en directo, poderla ver y tocar. El cliente que tiene interés en una pieza determinada se acerca a la sala y prefiere verla en directo, aunque después puje por internet o telefónicamente. Espero que nunca se reemplace el placer de poder ver y tocar la obra». Salen en la conversación hitos que jalonan la historia de esta casa, como la venta de Picasso, siempre en lo más alto, con las «Mujeres de Argel», obra fechada en 1955 y que batió el record en una subasta al alcanzar los 179,3 millones de dólares en mayo de 2015. «Gran parte de las ventas más importantes se realizan vía telefónica porque el comprador no desea ser visto ni identificado, prefiere el anonimato», señala la consejera delegada. Es un hecho al que estamos acostumbrados, aunque no siempre sucede así, pues hay coleccionistas que dan publicidad a sus adquisiciones en el mismo momento en que se producen. Es el caso del japonés Ryoei Saito, que compró el «Retrato del doctor Gachet»: «Se identificó de manera inmediata e incluso llegó a decir que admiraba tanto la obra de Van Gogh que quería ser incinerado con ella. No sabemos si era verdad o una bravuconada, pero lo cierto es que el lienzo no ha vuelto a verse nunca más en público», explica sobre este misterio sin resolver. Otro caso es el de otro nipón, el magnate Yasuo Goto, que se hizo con «Los girasoles». Su intención no era otra que devolverlo a un museo de Yokohama con el objeto de reponerlo, pues el centro de arte había sido destruido tras la II Guerra Mundial. «Tanto en Japón como en Estados Unidos existe una arraigada tradición de mecenazgo debido a las ventajas fiscales que conlleva», dice Carmen Schjaer.

¿Es el que más dinero posee quien realiza las mejores compras? La negativa de la experta ante la cuestión es rotunda. «No existe una relación calidad-precio. Además de poder económico, hay que poseer sensibilidad. El dinero no hace una buena colección, no es garantía suficiente. Es necesario educarse mucho para serlo», comenta.