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"Ad Astra", Brad Pitt busca en el espacio la nueva masculinidad

El actor da vida a un astronauta en el drama espacial de James Gray. «El único territorio desconocido es el alma», dice el cineasta.

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Venecia.

Tiempo de lectura 8 min.

20 de septiembre de 2019. 01:11h

Comentada
Sergi Sánchez Venecia. 20/9/2019

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Hay pocos cineastas que puedan enorgullecerse de ser portada en el diario «Libération» con su nuevo estreno. Seis páginas le han dedicado a «Ad Astra» los franceses, que para eso fueron los descubridores oficiales de James Gray. Fuera del fervor «cannoise», el cineasta neoyorquino es el secreto mejor guardado del cine norteamericano. Un planeta por descubrir. Demasiado clásico para tiempos tan cínicos como los nuestros, demasiado europeo para ser fiel a los géneros de estirpe hollywoodense, Gray es una «rara avis» en esta era donde las películas parecen renderizadas desde un ordenador anónimo. Cinéfilo impenitente, es un entrevistado agradecidísimo, capaz de la más cruel de las autocríticas –en el diario francés confesaba que uno de los grandes defectos de su cine era su incompetencia para la alegría– y empático con cualquier pregunta que le haga pensar más allá de la fórmula. No tiene suerte en los repartos de premios: ni las cuatro veces que ha participado en Cannes ni en esta última Mostra de Venecia logró seducir al jurado. Lejos quedan los tiempos en que ganó el León de Plata, con solo 25 años, por su ópera prima, la magnífica «Little Odessa». Tal vez la presencia de Brad Pitt como protagonista y productor de «Ad Astra» le regale su primer gran éxito de taquilla, pero en esta «space opera» introspectiva, que ha costado ochenta millones de dólares y un año y medio de posproducción –con los retrasos de fecha de estreno pertinentes cuando la Fox, su distribuidora en todo el mundo, fue comprada por la Disney–, no hay concesiones a la galería.

–«Ad Astra» resulta muy intimista para ser una película de ciencia-ficción. Usted nunca elude la grandiosidad del cosmos pero parece más interesado en la odisea interior de su protagonista...

–La idea era vertebrar la película alrededor de una expedición a Neptuno en la que se descubre que no hay vida extraterrestre, que no hay nada ahí afuera. Puede parecer una idea muy pesimista, pero yo creo que sabemos darle la vuelta. Después de todo, ese hallazgo significa que lo único que importa es el ser humano y su capacidad para conectar con el otro. El auténtico territorio desconocido, con el que tenemos que establecer un diálogo interno, una comunicación, es el alma. «2001» fue la primera película de CF que trabajó a partir de ese descubrimiento. Mientras nos hizo creer que el monolito podía ser la prueba de que existe vida inteligente más allá de los confines de la Tierra, estaba provocando que proyectáramos sobre él lo que quisiéramos. Me encanta la contradicción que encierra esta odisea espacial: cuanto más lejos viaje, más cerca voy a estar de mí mismo.

–«Ad Astra» se añade a una oleada de películas de CF que, desde la industria de Hollywood, quieren abordar el género de una manera más compleja, más trascendente. ¿A qué cree que se debe esta tendencia?

–Empecé a pensar en «Ad Astra» en 2011, antes de que se estrenara «Gravity». Christopher Nolan es muy amigo mío, pero creo que lo que hizo con «Interestellar», con su teoría de los multiversos, es muy diferente a lo que he intentado conseguir con «Ad Astra». En todo caso, es cierto que se trata de películas que responden a una sensibilidad común. La raza humana está atravesando un momento en que muy poca gente acumula mucho poder y dinero y eso genera una frustración. Personalmente no encuentro ninguna satisfacción en hacer una película sobre la crisis económica porque no hay ninguna posibilidad de soñar en ella, mientras que si miramos al cielo el sueño no tiene límites. Buscar una respuesta en el espacio es una distracción poética de todos los problemas que tenemos como seres humanos.

–«Ad Astra» se parece mucho a «High Life», aunque el filme de Claire Denis es pura abstracción...

–No la he visto. He ido como loco para terminar la película a tiempo, hasta hace dos semanas y media no la he dado por acabada, pero Claire Denis me encanta.

–Este es un filme sobre la soledad. ¿Se siente solo como cineasta?

–Es una pregunta interesante. Tengo muchos amigos directores, Christopher Nolan, Paul Thomas Anderson, aunque hace tiempo que no nos vemos, pero nos escribimos con frecuencia. Mis referentes, al menos en un primer momento, son los cineastas del New Hollywood, el cine americano de los años setenta. Después de todo, empecé a ver películas a finales de esa década. Sin embargo, me siento atraído por el Hollywood de los estudios, de los cuarenta a los setenta, el periodo más clásico. En ese sentido, sí me siento un poco solo. Soy de la vieja escuela. No formo parte de ningún movimiento. Paul se siente muy cerca de Quentin (Tarantino). A Edgar Wright le ocurre lo mismo. A mí me podría pasar también con Martin Scorsese, pero es de otra generación, hay algo de relación entre maestro y discípulo que impide esa cercanía. ¿En qué sentido me ves solo, cómo lo notas en la película?

–Justamente en haber tomado un camino creativo que no tiene nada que ver con sus compañeros de generación, el de un neoclasicismo desacomplejado, ajeno a todo tipo de modas.

–No hablo de mi soledad con arrogancia, no me malinterpretes. Por ejemplo, veo en otros directores de mi edad una manera de atrapar la atención del público que yo no tengo.

–La película se desarrolla en un futuro cercano y muy parecido al nuestro. La luna reproduce los centros comerciales de nuestro planeta...

–Creo que la ley del mercado seguirá imponiéndose, por muy desagradable y estúpida que sea. Las dictaduras socialistas no han funcionado. Sin embargo, equilibraban una balanza que, en 1991, ya solo se decantó hacia un lado. No hay una alternativa al capitalismo, por eso imagino la luna de ese modo. Marx hizo un gran análisis histórico, pero sus soluciones ya no sirven. La historia del progreso humano no ha sido especialmente rápida, no digo que no haya posibilidad de cambio, pero no a corto plazo.

–Es difícil imaginar a Brad Pitt más frágil, más desnudo emocionalmente...

–Si quieres demoler la masculinidad tóxica, hay que empezar por el mito. Si tú le das el papel de este astronauta a Wallace Shawn, que por otro lado es un actor excelente, no habrá nada que echar abajo. Lo contrario ocurre si lo haces con Brad Pitt. De repente, la película trata sobre sus debilidades, sobre su vulnerabilidad.

–Usted mencionó «Apocalypse Now» como referencia...

–Citarla fue un error por mi parte, porque es ponerse el listón muy alto. La vi con diez años, y me cambió la vida por completo. Refleja ese viaje mítico del que hablábamos antes de una forma muy intensa. John Milius, que co-escribió el guion con Coppola, usó el mito homérico muy conscientemente como una especie de espejo. Luego, mi película va por otros derroteros: que el coronel Kurtz sea el padre del protagonista le da un sentido completamente diferente al viaje. También dije que quería hacer una película muy realista y ahora me arrepiento. ¡Quería decir plausible!

–¿Ha trabajo con otros modelos en mente?

–Los poemas que T.K.Smith le dedica a su padre científico en «Life on Mars» están ahí, han sido una fuente de inspiración. «Moby Dick» también. El personaje de Tommy Lee Jones es una suerte de capitán Ahab. De hecho, el monólogo que le suelta a su hijo en su primer encuentro está sacado literalmente de la novela de Melville. Treinta años buscando el espectro de una vida inteligente en Neptuno es lo mismo que treinta años buscando a la ballena blanca en los océanos. Llegué a Melville tarde, en la treintena. Fui mal estudiante en el instituto. Una de las ventajas de serlo fue que leí a ciertos autores a una edad en la que podía entenderlos. Melville fue uno de ellos.

–Tuvo problemas con Harvey Weinstein con «El inmigrante». La posproducción de «Ad Astra» le ha pillado en mitad de la absorción de la Fox por parte de la Disney. ¿Cómo se lleva con los ejecutivos?

–Los grandes estudios quieren que hagas siempre el mismo producto con ligeras variaciones. Yo entiendo cada película como una aventura, nunca sabes hacia dónde te llevará, y eso es lo que odian las grandes corporaciones, porque el público es muy impredecible. Es una aventura que siempre es exterior e interior. Por un lado, quieres contar una historia. Por otro, hacerlo de la manera más personal y honesta posible. La idea del viaje mítico, que en mis dos últimas películas exploro literalmente, siempre está presente, es análoga a lo que cualquier artista intenta hacer.

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