«Cuatro socorristas hacen más que toda Europa»

Arantza Díez y David Fontseca descubren en «To Kyma. Rescat al Mar Egeu» la proeza de unos socorristas de Badalona que salvan en Lesbos a los refugiados que la UE empuja al mar

Arantza Díez y David Fontseca descubren en «To Kyma. Rescat al Mar Egeu» la proeza de unos socorristas de Badalona que salvan en Lesbos a los refugiados que la UE empuja al mar

Volvió a suceder. Al menos 39 personas perdieron ayer la vida en un trozo del mar Egeo, los 10 kilómetros que separan la costa turca de la isla de Lesbos. Con este naufragio, el número de ahogados en lo que va de año supera ya los 250, más de ocho personas cada día. Cinco de ellos eran niños. Como Aylan Kurdi, cuyo cadáver dio la vuelta al mundo, o como los dos hermanos que empujaron a Òscar Camps, «alma mater» de la ONG Proactiva Open Arms, a volar a Lesbos cuando el pasado verano, mientras veía la televisión, su hija de once años le preguntó si no podía salvar a esa gente. Òscar, que es socorrista, cogió sus aletas, el traje de neopreno, 15.000 euros ahorrados, a tres compañeros y se plantó en el norte de Lesbos para hacer lo que hacía en Badalona, salvar vidas en el mar. Cuando llegaron, no había nadie, ni rastro de la Unión Europea para atender a los 8.000 refugiados que pueden llegar en un día. Nadie que frene a las mafias turcas que han convertido este éxodo en una industria millonaria. Los refugiados pagan 1.200 dólares por el trayecto, los niños la mitad. Tampoco tenían medios. Reutilizaban las lanchas que abandonaban los refugiados para remolcar las barcas. Esa proeza, que alguien tuiteó, llamó la atención de David Fontseca, que junto a Arantza Díez, ha dirigido «To Kyma. Rescat al mar Egeu», un documental de La Kaseta Ideas Factory coproducido con TVC, que ha removido conciencias desde que el pasado martes se emitió en el programa «Sense Ficció» de TV3. «To Kyma», que en griego quiere decir «la ola», es el hostal donde se ha instalado la ONG de estos socorristas de Badalona que no abandonarán Lesbos hasta que los refugiados no tengan un pasaje seguro a Europa. La periodista Arantza Díez descubre a estos súper héroes humanos.

–¿Cuándo llegáis a Lesbos qué encontráis?

–El caos. Un drama. Te golpea la primera imagen de un barca de goma que ves cargada con un montón de personas, bebés, niños, gente en silla de ruedas, abuelos... Alucinas, genera un impacto brutal. Y después descubres el caos, la primera cosa que constatas es que no hay nadie. No hay ninguna autoridad. La gestión de Lesbos es un caos enorme.

–En una de las primeras imágenes del documental, precisamente Òscar describe este caos. Señala una barca con refugiados en el mar y en la costa a grupo de gente, que no son de ninguna oenegé. «Son como buitres, hay unos haciendo señales y arriba los otros esperan que lleguen para cobrarles por llevarlos. Y mientras, Europa se lo mira».

–Este documental está rodado entre octubre y diciembre en el norte de Lesbos, en los 17 kilómetros de costa que cubre la ONG Proactiva Open Arms, que son los kilómetros de costa más próximos a Turquía. Hasta Lesbos, hay diez kilómetros, pero la travesía puede tardar entre dos y seis horas, dependiendo del tiempo, si no naufragan. Al sur, en Mitilene, la capital, están los centros de registro. Y allá ACNUR ha puesto tiendas y reparte mantas. En el puerto, Médicos Sin Fronteras (MSF) también tiene un punto de atención a los refugiados. Recientemente, la situación en el norte ha mejorado, hay más ayuda, los dos han puesto autocares para cubrir el trayecto de 60 kilómetros que los refugiados hacían desde el norte de la isla a la capital a pie.

–Hay isleños que cobran diez euros por persona a los refugiados por cubrir una parte de este trayecto en coche.

–Los llevan del faro, donde muchos desembarcan, a la carretera. Este ejemplo es el símbolo de lo que sufren los refugiados desde que inician el éxodo y ponen sus vidas en manos de mafias que los llevan de un lado a otro. En el caso de Lesbos, los isleños que cobran por llevarlos en sus coches son una muestra de hasta que punto mucha gente hace negocio con este drama. Llevarlos a desembarcar al faro es una locura.

–Los faros señalan donde no debes ir porque es peligroso

–Pero de noche, el faro es su punto de referencia en tierra. Llegan a acantilados rocosos que si eres una mujer embarazada o un anciano es una barbaridad subir. Se tarda cuatro horas hasta la carretera. Hay isleños que los llaman para llevarlos en coche y por el trayecto les cobraban 10 euros. Pero no son una mafia organizada con Turquía, sólo pequeñas ratas que se aprovechan de una situación extremadamente vulnerable. Me consta que desde el mes de enero una ONG que se llama Lighthouse en honor al faro ha señalizado el camino y construido unas escaleras con maderas para facilitar la subida.

–Y cuándo llegan ¿qué hacen?

–Sienten un gran alivio. He visto a gente besar el suelo por poner los pies en Europa, el objetivo que tienen desde que salen de Siria, Eritrea, Afganistan o Irak para huír de la guerra y el terrorismo. Yo les decía que sean pacientes porque Lesbos sólo es el principio de una larga odisea, pero ellos responden que aquí no hay bombas. Y es verdad, no caen bombas, pero tienen que ir hasta un centro de registro custodiado por policía antidisturbios. Les toman las huellas, los someten a un interrogatorio para saber de dónde vienen porque en función de la nacionalidad tienen un trato administrativo diferente. Es un lugar indigno. Yo no he estado en la guerra pero para mi es un infierno. Tratan a las personas peor que a los perros y es solo el principio porque luego llegarán a tierra firme, encontrarán fronteras cerradas, más policía y los maltratarán como hemos visto que hace Hungría o Croacia –Dinamarca ha anunciado que confiscará joyas y objetos de valor a los refugiados para costear su acogida, mientras los ataques a centros de asilados se quintuplican en Alemania–.

– ¿Y cómo salen de Lesbos?

–Con un ferry comercial. Se pagan un billete de turista, de 60 euros. De Atenas se dirigen a Idomeni, la frontera con Macedonia, y allí se encuentran con el siguiente horror.

– Los socorristas lamentan que los diarios sólo hablan de cifras y que no se habla de emociones, ¿lo habéis tenido en cuenta a la hora de relatar su historia?

–Creo que en el momento en que coges una cámara y percha para narrar esta historia lo que haces es vivir lo mismo que el testimonio. Eres periodista, pero también eres persona y es inevitable no emocionarte cuando te acercas a ellos, porque Lesbos es emoción pura. Oscar dice que Lesbos es una trampa emocional para las personas buenas, porque por mucho que te vayas físicamente no te vas nunca, hay una parte de tu alma que se queda allí.

–Hay una imagen que hace pensar sobre la necesidad de poner distancia con los refugiados para sobrevivir emocionalmente. Uno de los socorristas, después de un naufragio en el que decide abandonar a un hombre obeso para salvar otras vidas, porque no lo puede cargar en ningún barco, ya en tierra, descubre que el hombre se ha salvado. En vez de fundirse en un abrazo con él, le da la mano y se retira a la furgoneta a llorar.

–Los socorristas no van a los campos de refugiados. Ya conviven suficiente con este drama como para sumar elementos que desmontan a uno. Hacen un trabajo físico admirable, pero aún hacen un mayor trabajo emocional. No se pueden permitir el lujo de intoxicarse emocionalmente, no podrían estar como están 15 horas en el agua. Ellos han de poner distancia y nosotros la distancia necesaria para seguir grabando

–¿Cómo están psicológicamente?

–Los equipos de socorristas cambian. Cada mes vuelven a Barcelona donde hacen sesiones con unos terapeutas expertos en estrés postraumatico que les ayudan a sobreponerse, sobre todo, de naufragios. El grupo que vivió el gran naufragio de octubre y que tuvo que decidir a este lo salvo y a este otro no, vuelve con una herida en el alma difícil de curar

–-Òscar ha hecho el viaje de los refugiados a la inversa ¿qué se ha encontrado en Turquía?

–Quiso ir a Turquía para saber qué hay en el otro lado. Yo también tengo esta curiosidad, por mucho que los refugiados nos hayan contado que los traficantes los amenazan con armas para que suban a las barcas, les tiran las bolsas al agua o separan a las familias, quiero ver lo qué hay. La mayoría compra el billete en Istambul donde les cuentan que viajarán en una barca super segura y luego cuando llegan a la playa, se encuentran esas lanchas y dicen «yo aquí no me subo», les responden con amenazas, o subes o te mato. Los pocos periodistas que han estado explican barbaridades. Òscar cuenta que una de las tácticas que utilizan los traficantes es separar familias de manera que cuando llega la madre con los hijos y dice que no quiere subir le responden que tienen al marido esperando en el otro lado. Utilizan tácticas de chantaje emocional super perversas. Este no es un trayecto oficial donde sales de un puerto y llegas a otro, desembarcas en un acantilado donde es difícil reencontrarte con los tuyos.

–¿Son conscientes del peligro que corren en el mar?

Yo he estado a pie de playa y no soy consciente del riesgo que hay por mucho que sean 10 kilómetros y veas tierra a lado y lado

–¿Quién hay en la costa turca?

– Òscar está allí para ver si puede hacer alguna cosa. Está la guardia turca y los pescadores turcos que participan en muchos rescates, levantaron con una grúa al señor obeso, por ejemplo. Están los refugiados en hoteles para turistas esperando zarpar y está la mafia.

–¿Qué soluciones hay sobre el terreno?

–Es un problema complejo, pero en Lesbos el Ayuntamiento podría abrir espacios públicos para que duerman a cubierto. Urge una gestión diferente. Es esperanzador ver a gente que reacciona como Proactiva Open Arms, pero es desesperante como actúa Europa, si la frontera por tierra entre Turquía y Grecia estuviera abierta se habrían salvado muchas vidas. Si cuatro personas hacen más que los 28, algo falla.

«To Kyma. Rescat al Mar Egeu», codirigido por David Fontseca y Arantza Díez narra la historia de un grupo de socorristas catalanes, constituidos en ONG, que se han instalado como voluntarios en el norte de Lesbos para rescatar a los refugiados que llegan de Turquía. Abajo Díez y Fontseca entrevistan al alma mater de Proactiva Open Arms, Òscar Camps