Cine

Las vueltas que da «La buena vida»

Fernando Ramallo y Lucía Jiménez se reencuentran con David Trueba, 22 años despuésde debutar juntos, en «Casi 40», una cinta sobre el paso del tiempo y la necesidad del arte.

Fernando Ramallo y Lucía Jiménez se reencuentran con David Trueba, 22 años despuésde debutar juntos, en «Casi 40», una cinta sobre el paso del tiempo y la necesidad del arte.

David Trueba es ese bajo «ostinato» que, aunque no se deja sentir en demasía, se sabe que está ahí, más interesado en crear armonía que en dar la nota. Su cine ha transitado de la independencia a la industria y vuelta a empezar y, aunque ha besado la gloria (el Goya), no quiere renunciar a su idiosincrasia de segundón, de hermano menor del oscarizado Fernando. «Una cierta libertad sale cara, tienes que hacer muchas renuncias», confesaba a LA RAZÓN durante el pasado Festival de Málaga. Pero «Casi 40», presentada en dicho certamen, donde se hizo con el Premio Especial del Jurado, es la prueba de que Trueba quiere ir por libre y de que su cine nace de un instinto genuino, sin planificar.

«Cuando lo rodamos no sabíamos qué iba a hacer David con este material. Era un guión muy bonito, pero no teníamos claro el formato, si sería una película o un documental o nada. Al final a David le gustó mucho cómo quedó y se montó como película», explica Fernando Ramallo. La cinta fue surgiendo así, entre amigos. La pareja protagonista, Ramallo y Lucía Jiménez, habían debutado cuando eran adolescentes en 1996 a las órdenes de Trueba en su primera incursión tras la cámara. Aquella cinta fue «La buena vida», historia de iniciación y esperanzas juveniles. Ahora, «Casi 40» funciona como una secuela lejana de aquella.

Volver a los escenarios

La historia plantea el reencuentro de estos dos personajes durante una modesta gira musical por los pueblos y ciudades de Castilla. Supone la vuelta a los escenarios de ella, que ha sido una gran estrella años atrás y hoy está acomodada a una vida familiar, impulsada por él, un nostálgico de tomo y lomo que quiere, de paso, encontrar el punto en que sus caminos divergieron en el pasado y saber qué queda del romance que vivieron entonces. «Mi personaje siente nostalgia del pasado, idealizó ese amor y quiere saber si para ella fue lo mismo. La película lo pone en contraste con el personaje de Lucía, cuya prioridad ahora es su familia, y muestra cómo ven estas dos personas el paso del tiempo», dice Ramallo. Entre actuaciones musicales y muchos diálogos de carretera y manta, asistimos al reencuentro de ambos.

Ese «Casi 40» que da título al filme no es baladí. Los protagonistas, de 38 años, como los actores, están al borde de la bisagra psicológica que nos hace replantearnos nuestras expectativas de antaño con las realidades presentes. «Para mí como persona ha sido terapéutico este papel porque me da miedo cumplir años. Hay muchas cosas de nuestra vida, y de la de David, que están en la película», confiesa el intérprete, para quien reunir al «casting» de «La buena vida» ha sido «un sueño. Llevábamos 22 años sin trabajar juntos, con David he hecho cosas más pequeñas y siempre he mantenido el contacto, pero con Lucía menos».

Ambos actores llevan años sin aparecer en la gran pantalla. Ramallo, en concreto, una década. «He estado trabajando más que nunca, pero en teatro. La industria está en un momento delicado y el 98% de la profesión no vive exclusivamente de esto. Además, ahora todos están obsesionados con las redes sociales y los castings se hacen en función al número de seguidores que tengas. Los profesionales debemos preguntarnos que tipo de cine queremos hacer».

Una filosofía que cuadra con la de los personajes (que se reúnen en una gira sin grandes aspiraciones) y la del propio Trueba como cineasta. «Esta cinta se ha hecho al margen de la industria, lo que pasa es que, como David ha rodado tanto, técnicamente está muy bien hecha. Pero la libertad que nos dió, el no tener claro hacia dónde íbamos, ha ayudado a que sea muy natural y profunda».

Los paisajes de Castilla y esas ciudades de provincias (Plasencia, Salamanca, Urueña...) que parece que no existieran desde la perspectiva de las grandes capitales engarzan con la reivindicación que hace «Casi 40» del arte como expresión genuina, lejos de los grandes focos y lugares de decisión de la industria cultural. Para Ramallo, «lo que me encanta de David es que es un hombre de acción, no se queja para nada, ve la realidad y la industria del momento. Él podría hacer películas con cadenas de televisión detrás, pero quería esto, estar a gusto, con un plan de rodaje no limitante. Ha sido un disfrute para todos nosotros, una auténtica experiencia de vida», concluye.