«Mandarinas»: la guerra de Ivo

El director de la sorpresa antibelicista del año, que compitió en los Oscar, retrata la «transformación humana» de un mercenario checheno en Georgia.

Una guerra son todas las guerras. Da igual que sea en las trincheras de Verdún (ya tuvimos sobredosis de 1914 el año pasado) que en Sarajevo. Incluso si se trata de Georgia, país del que poco sabemos a este lado del Bósforo, o Abjasia, la pequeña región caucásica donde se enmarca esta historia ambientada (nunca condicionada) por el conflicto armado de 1992. Y es que Zaza Urushadze nunca quiso perder de vista esa premisa (una guerra son todas las guerras) a la hora de guionizar y dirigir «Mandarinas», excelente contrapunto antibelicista al año en que Clint Eastwood tomó su fusil («El francotirador»). Esa vocación universalista ha coadyuvado en la magnífica acogida crítica, con nominación a los Oscar y los Globos de Oro incluida. «No quería hacer una película documental, local ni detallista porque si hubiese sido así, hablando sólo de un conflicto local, no hubiera sido tan popular», explica Urushadze.

Este realizador, director del Centro Cinematográfico Nacional de Georgia, decidió acometer «Mandarinas» tras un encuentro de profesionales en Estonia. Allí, ahondó en la relación de este país con el suyo, Georgia, y se trajo la financiación necesaria (la película es una coproducción) para retratar con austeridad pero profundidad la historia de Ivo, un anciano estonio que resiste en Abjasia a pesar de la guerra mientras sus compatriotas (los últimos de Filipinas de una comunidad de 150 años) van regresando a la recién creada república báltica. Ivo, junto con su amigoMargus, acoge en su casa a dos soldados de ambos lados del frente, un mercenario checheno y un independentista abjasio heridos en una emboscada, en plena época de recolección de las mandarinas; todos juntos en los escasos 100 metros de la casa de Ivo, descubrirán, de forma natural (el guión casi teatral obra una transición perfecta) que cualquier conflicto humano es un problema de perspectiva y que, en casa del viejo Ivo, la guerra se rige por otras normas, las suyas, que pasan por la prohibición a ambos convalecientes de matarse dentro de sus cuatro paredes. «Ivo representa la virtud humana, que quiere trasladar a los demás, mientras que el personaje de Ahmed, el checheno –Giorgi Nakashidze– es el que más va cambiando a lo largo de la película; él es quien más experimenta la gran transformación humana». Junto al trabajo de Nakashidze, destaca la austera y colosal interpretación de Lembit Ulfsak, uno de esos nórdicos que vale más por lo que calla, por la manera de gestionar el silencio y la presencia arrolladora en pantalla.

El propio Urushadze firma un guión en el que no caben alegatos explícitos contra la locura colectiva (pensamos en «Platoon») ni el retrato bufo de la «drôle de guerre» (Kusturica) y en el que un simple cítrico, producto estrella de Abjasia, encabeza la película a modo de símbolo de inmanencia frente a los conflictos humanos: «Me gusta este tipo de nombre de película que es como más banal o concreto; aquí funciona como un símbolo de la tierra». Más dulce que amarga fue la experiencia hollywoodiense. «Me hubiera gustado ganar el Oscar, creo que teníamos posibilidades, pero, con tantas conferencias y entrevistas, fue una carrera memorable de cuatro meses».