«Puro vicio»: Magistral locura

Dirección y guión: Paul Thomas Anderson. Intérpretes: Joaquin Phoenix, Josh Brolin, Katherine Waterston, Owen Wilson. EE UU., 2014. Duración: 148 minutos. Comedia.

PURO HUMO. Joaquin Phoenix y Reese Witherspoon encabezan

«Si doblas un billete de un dólar de una determinada manera, se puede ver claramente cómo arden las Torres Gemelas. ¿Qué país de África, de Europa o de Medio Oriente puede presumir de una moneda que conspira en su contra?». Habla Thomas Pynchon, el maestro de los complots, con perdón de Jacques Rivette (por cierto, cineasta al que le encantaría «Puro vicio»). Su literatura se sustenta en imágenes sospechosas, nombres que parecen seudónimos, agentes dobles, signos de exclamación que son interrogantes. Cuatro décadas le ha costado al cine atreverse a adaptar a este escritor inadaptable e inadaptado, que Paul Thomas Anderson ha sabido cruzar con sus obsesiones sin sentirse obligado a traicionarle. Huelga decir que, como a Chandler en «El sueño eterno», a Pynchon la trama detectivesca le importa bien poco. Como buen exponente del posmodernismo norteamericano, prefiere las preguntas a las respuestas, los puntos suspensivos al punto y aparte, el proceso a la conclusión. De modo que, una vez presentado el antihéroe –el detective Doc Sportello, siempre flotando en una nube de cannabis– y planteado el encargo, la maquinaria se pone en marcha y los personajes, tan perturbadores como pintorescos, empiezan a desfilar ante nuestros ojos trazando una telaraña de semántica invisible, en la que dentistas, nazis, especuladores inmobiliarios y videntes se cogen de la mano para despedirse, juntos, de una América que soñó con ser libre para despertar bajo vigilancia. Más allá de que Paul Thomas Anderson haya podado la exuberante novela de Pynchon del mejor modo imaginable y de que haya reunido a un plantel de actores que no dan ni un solo paso en falso, lo más sorprendente de este árido, magistral experimento narrativo es la aparente modestia de su puesta en escena. El director de «Magnolia» reinventa los famosos zooms de Robert Altman («El largo adiós» es un referente ineludible), que navegaban en el interior del plano en busca de una víctima a la que abrir en canal, para reencuadrar lentamente a uno de los personajes de una de las múltiples conversaciones, cocinadas en humo lisérgico que conforman la columna vertebral de «Puro vicio». Es una manera brillante de añadir una capa de extrañamiento a una película más melancólica y romántica que el texto que adapta, más pendiente de retratar el fin de una época que de celebrar sus paranoias.