Un «peliculero» con debilidad por las pasiones

Vicente Aranda y la actriz Victoria Abril

Vicente Aranda era un apasionado de las pasiones, un cineasta hecho a sí mismo, exigente y hasta gruñón, al que le que le gustaba escudriñar los rincones más oscuros y menos visibles del alma humana y poner la lupa en las diferentes aristas de la mujer.

Un “peliculero”, como se definía, al que le gustaba meter el bisturí en las relaciones y debilidades humanas, en el amor, la dependencia, el sexo, la violencia o la sumisión para llevarlo a la gran pantalla de forma intensa, sin tapujos ni velos.

Pero a este creador, fallecido hoy a los 88 años y con más de cuarenta años de intensa carrera, le hubiera gustado ser escritor en vez de cineasta. “Yo habría querido ser escritor, no director de cine. Pero la vida me encaminó por ahí”, afirmaba.

Un amor por la historia y la literatura que ha demostrado siempre en su trabajo, impregnado por las adaptaciones literarias.

Títulos como “Si te dicen que caí”, de Juan Marsé, del que adaptó otros cuatro libros; “La pasión turca”, de Antonio Gala; “La mirada del otro”, de Fernando Delgado; la serie televisiva “Los jinetes del Alba”, de Fernández Santos, o “Tirante el blanco”, basada en la novela clásica de caballería, entre otros, demuestran ese interés, aunque a la hora de adaptarlos aseguraba que olvidaba si eran libros, si habían tenido éxito o si estaban bien escritos.

“Desde que comienzo a trabajar en el guión ya me desentiendo de la novela, del libro... Para mí, es un material bruto con el que empiezo a hacer una película”, aseguraba este creador que fue pionero de abordar, sin prejuicios imágenes y escenas con carga erótica y sexual en la pantalla.

De su filmografía, 29 cintas, hay que destacar títulos históricos como “La novia ensangrentada”, “Cambio de sexo” o “Amantes”, basada en hechos reales, y donde Victoria Abril, su musa, la actriz a la que sacó todo y moldeó a su antojo como barro cocido, enseñaba a los espectadores el placer que podía provocar meter un pañuelo por el ano a Jorge Sanz, algo que provocó no poco revuelo en el Festival de Cine de Berlín, donde la actriz se llevó el Oso de plata a la mejor actriz.

Con Victoria Abril también hizo “Tiempo de silencio”, “Si te dicen que caí”, “La muchacha de las bragas de oro”, “El Lute”, “Libertarias”, “Asesinato en el comité central” o “Intruso”, una relación intensa y rica, de la que ambos siempre hablaba bien.

Pero el cineasta también trabajó con otras actrices como Maribel Verdú, Ana Belén, Aitana Sánchez Gijón, Paz Vega o Pilar López de Ayala, todas mujeres, que son las que siempre han rodeado la vida del cineasta, en su familia y desde la infancia. Aranda estaba divorciado de Teresa Font, con la que tuvo también dos hijas, Isona y Nina.

A Aranda le tocó vivir la Guerra Civil durante su infancia en Barcelona, donde había nacido en 1926, olió las bombas, pasó hambre y jugó con pistolas, recuerdos que luego plasmó en algunas escenas de sus películas. Por la guerra no pudo estudiar y tuvo que marcharse de la ciudad; primero a Huesca con su familia y después a Venezuela, donde estuvo trabajando en diferentes empresas hasta los 23 años.

A su vuelta, en 1956, quiso estudiar cine en Madrid pero por no tener bachillerato no puedo y ya en Barcelona en la llamada “Escuela de Barcelona”, y contagiado por la nueva ola francesa comenzó, en 1965 con “Brillante porvenir”, la gran filmografía de este cineasta de primera línea, crítico y contestón con el sistema y las instituciones y siempre sin doblegarse. Efe