Colección MER: De la cría porcina al arte como pasión

La «culpa» de que Marcos Martín y Elena Rueda sean de los coleccionistas más importantes de España la tuvo el pintor Gerardo Rueda, que les metió el veneno, bendito –dicen– en el cuerpo

La «culpa» de que Marcos Martín y Elena Rueda sean de los coleccionistas más importantes de España la tuvo el pintor Gerardo Rueda, que les metió el veneno, bendito –dicen– en el cuerpo.

La relación de este matrimonio con el mundo del arte ha sido de odio-amor. Ambos provenían de entornos diferentes y con el esfuerzo y sacrificio de sus familias consiguieron estudiar una carrera y labrarse un futuro. Sus nombres son Marcos Martín y Elena Rueda. Ahora no les dirán nada, pero reténganlos porque su historia merece mucho la pena. Es una historia que habla de sensibilidades y de la necesidad de educar la mirada, una frase que es santo y seña de la gran Soledad Lorenzo y que esta pareja de octogenarios ha hecho suya. Después les explicaremos por qué. El matrimonio que posa sentado al borde de la cama de su dormitorio, envuelto en cierto halo onírico (a la manera de Gilbert & George, por qué no), posee una de las colecciones de arte más importantes de España y de Europa, sobre todo en lo que a pintura norteamericana se refiere, nueva figuración, más concretamente. Unas 800 y pico obras que desean compartir. En su casa de Madrid están rodeados de algunas. Sus vivencias las recoge «MER», editado por Turner. En el cabecero del dormitorio, por ejemplo, les vela una fotografía impresionante de Erwin Olaf. Y en los pasillos pintados de verde lima se alternan Marylin Minter (impresionante «Vomit», de 2003), Miquel Barceló, con una rotunda pieza de 1987, «Yellow, Red and Winter», Macolm Morley, Eric Fischl, Jenny Saville, David Salle o un conjunto de guasch sobre papel de Gunter Forg. Apabullante.

Una decoración horrible

El fotógrafo, Jesús G. Feria, que llega al domicilio demasiado temprano, elige que posen sentados sobre la cama, como si fueran una obra de su propia colección, una fotografía nueva que unir a las valiosas que poseen. Marcos Martín cuenta que el proceso de coleccionar fue bastante largo. Nació en El Guijar de Valdevacas, un pueblo de Segovia en 1929. Su familia tenía un atajo de ovejas de cuya actividad se beneficiaba la agricultura. Con una cosecha total de unas 400 fanegas de grano (unos 17.000 kilos más o menos) cubrían los gastos de la actividad agrícola-ganadera y la familia se mantenía. La que sería su esposa nació en Segovia en 1938 en un entorno de industriales con más posibles. Abrirse camino para él no fue fácil, pero tenía lo que hay que tener: aptitudes, tesón y ganas. Tras licenciarse en Económicas (la misma carrera que cursaría Elena Rueda) y ser destinado al Ministerio de Obras Públicas como jefe de la Asesoría Económica, monta en la década de los 60 en Turégano junto con otros tres socios la granja de Porcino Grupo Sindical 6214 y ahí empezó su despegue. En 1961 conoce a la que sería su mujer, y un año después se casan. Andando el tiempo se comprarán una casa en Segovia y pedirán ayuda a Gerardo Rueda, primo de ella, para su decoración. Y ahí empezó todo. «¿Tuvo él la culpa de su pasión?», le preguntamos. «Digamos que en parte sí. Le pedimos que nos ayudara a decorarla, pues tenía un gusto exquisito, muy minimalista. Y cuando vimos lo que había hecho casi nos caemos. Las obras que había colgado nos parecieron horribles, no entendíamos nada. ¿Qué era aquéllo?. Estábamos a finales de los setenta y principios de los 80 y nos encontramos con artistas de El Paso, del Grupo de Cuenca, con Carmen Laffón, Bonifacio Alfonso, Antonio de Lorenzo, el propio Rueda, Zóbel... Era lo que estaba de moda, pero éramos incapaces de entender lo que significaba el arte contemporáneo», explica. No se dieron por vencidos y decidieron enmendar aquel desaguisado dedicando una tarde a la semana a ver museos y galerías. Y poco a poco, día a día y mes a mes «nos fuimos metiendo y conociendo. Nos costó, pero empezamos a disfrutar, a ver con otros ojos. Durante tres años Gerardo nos enseñó a disfrutar de esa nueva pintura. Nosotros conocíamos la del Museo del Prado, y no creas que mucho más. Y conseguimos solucionar el jeroglífico y educar el gusto a base de ver. Yo digo que fuimos como un niño hasta que rompe a hablar: primero acumula palabras y de repente un buen día habla. Es lo que nos sucedió», relata con orgullo.

A la galerista Soledad Lorenzo la conocieron a finales de los 80. Ella les mostró la nueva figuración americana «que era totalmente desconocida para nosotros. Nos abrió los ojos de una manera... Después coincidimos con María Corral, pues solíamos ver las exposiciones de la Fundación La Caixa de Madrid cuando ella las llevaba. Ambas nos insuflaron sus conocimientos y nos apasionamos», asegura.

Dos veces al año a NY

La mirada se estaba educando y sus ojos ya no rechazaban lo que no entendían porque habían aprendido a conectar. El tercero que cerró el triángulo del arte fue Carlos León, un vértice importante en su aventura artística: «Nuestros caminos se cruzaron y nos recomendó que viajáramos a Nueva York para ver lo que se estaba haciendo allí y durante ocho años viajamos un par de veces al año». Marcos Martín lo cuenta sin la menor grandilocuencia, quitándose todo atisbo de importancia, como si él no fuera el protagonista de nada porque lo son sus obras, compradas con mucho esfuerzo, muchísimo porque «nosotros no somos millonarios, ni mucho menos. Hemos tenido que vender obras para hacernos con otras que nos interesaban», como es el caso de un Barceló cuya venta casi le costó lágrimas. ¿Cuál fue el primer cuadro que llegó a la casa? Una obra de José Manuel Broto comprada en la galería Maeght. «Nos gustaba y estábamos preparados para tenerla; sin embargo, era tan grande que no cabía por la puerta y tuvieron que derribar la parte de arriba para que entrara. No lo calculamos».

A lo largo de cuarenta años el matrimonio se ha hecho con una colección impresionante que abarca desde la abstracción a la figuración con presencia fundamental del cuerpo humano «no únicamente por el tema de la carnalidad, sino por una cuestión sensorial». Y ahí tiene cabida Nan Goldin, Allen Jones, Marylin Minter, Thomas Ruff, Cindy Sherman..., e incluso un retrato que les realizó en 2005 Guillermo Pérez Villalta con el título de «Los coleccionistas». «Empezar a comprar es gozoso, eliges todo porque no tienes nada. Después es cuando llega el proceso de selección, cuando tienes unas 200 o 300. Ahí es cuando te das cuenta de que has formado un cuerpo y has de afinar para depurar, vender alguna para hacerte con otras», señala. Son habituales de las ferias de arte y las subastas y están al tanto de las nuevas figuras (sirvan de ejemplo Jerónimo Elespe, Ana Laura Alaéz y Ángela de la Cruz, por ejemplo, de quienes compraron cuando eran perfectos desconocidos).

Confiesa Marcos Martín su admiración y debilidad por Fischl, Salle y John Currin, que ahora se cotizan a precios astronómicos «pero que cuando los compramos nosotros no costaban tantísimo. Sencillamente nos gustaron». A sus más de ochenta años ambos descansan en su hijo Rafael el peso de la colección (MER con las iniciales de sus nombres). Un deseo los une: que se pueda exhibir. Y lo resumen de esta manera: «Cuando una obra se consolida adquiere una categoría especial, tiene entonces una personalidad distinta a la de su autor y debe ser expuesta». Y esa idea de museo es la que han perseguido: «Las obras en los almacenes están hurtadas a la vista», subraya. Su objetivo es mostrarlas. Las obras para empezar el museo estaban aprobadas, pero la familia necesitaba una ayuda de la administración para poder despegar. Y en tiempo de restricciones es un milagro contar con ella: «Nos desasosiega que no podamos dar visibilidad a nuestras piezas. Le diré que hemos llegado a vender alguna para poder hace caja y levantar el museo». Es lo que hicieron con un Barceló, una de las tres mejores del pintor. Su idea es utilizar los sótanos de sus vivienda para una casa-museo «con el objetivo de poder montar exposiciones temporales que nos permitan seguir viviendo dentro de este mundo y mejorar la vida cultural de nuestra ciudad. Podríamos mostrar unas 50 o 60 de cada vez y rotarlas con nuestros fondos». ¿La última pieza? Un vídeo de Julian Rosefeldt.