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Dama del Teatro

Concha Velasco, sin tachas ni borrones

La actriz siempre tuvo claro que su carrera sobre las tablas fue “de libro”, aseguraba orgullosa

Concha Velasco será la única figura que desfile por el escenario de La Abadía en «Reina Juana»
El de "Reina Juana" fue el último gran papel de Concha Velasco sobre las tablaslarazonfreemarker.core.DefaultToExpression$EmptyStringAndSequenceAndHash@5b2ae4a8

Hace algo más de cuatro años, en una entrevista a Concha Velasco con motivo del Premio Max de Honor que le concedía la Fundación SGAE, cuando me disponía yo a desglosar su carrera teatral al margen del cine, ella me atajó con entusiasmo: «¡Esta sí que es intachable y de libro!, ¿verdad?». A mí aquello me sorprendió bastante, porque, aun siendo testigo durante años de su descomunal talento sobre un escenario, pensaba yo entonces, y creía que ese pensamiento sería compartido por ella, que los espectadores de mi generación, y de generaciones posteriores, no habíamos tenido demasiadas oportunidades de ver todo ese potencial al servicio de un gran personaje, dentro de una gran obra, escrita por un gran autor. Y digo que lo pensaba entonces porque, después, cuando me puse a repasar más detenidamente el último tramo de su trayectoria, me di cuenta de que estaba equivocado.

Como todas las estrellas que lo han sido exclusivamente en virtud de su rigor y su esfuerzo trabajando, Concha Velasco quiso y supo medirse en todos los terrenos desde muy joven. Durante los años 60 y 70 participó en toda clase de montajes, algunas veces embarcándose en la producción de los mismos con su propia compañía. Hizo comedias de autores españoles de gran popularidad en aquel tiempo, como eran Alfonso Paso («Las que tienen que servir», «Los derechos de la mujer») o Juan José Alonso Millán («El alma se serena»).

Se metió en la piel de doña Inés en el archifamoso montaje que se hizo de «Don Juan Tenorio» en 1964, y que tenía como escenógrafo y figurinista nada menos que a Salvador Dalí. Se atrevió con los papeles principales de los grandes éxitos de la escena internacional del momento, como el musical «El novio», de Sandy Wilson, con el que poco antes había triunfado Julie Andrews en su debut en Broadway; o como «Elena, para los miércoles», de Muriel Resnik, y «Una chica en mi sopa», de Terence Frisby, que muy poco tiempo después harían en cine, respectivamente, Jane Fonda y Goldie Hawn.

Se probó en la tragedia filosófica y simbólica con el mejor autor para hacerlo: Buero Vallejo, de quien protagonizó junto a Juan Diego «Llegada de los dioses». Aún tuvo tiempo de iniciar en esta etapa su idilio profesional con Antonio Gala –con el paso de los años llegaría a representar hasta cinco obras suyas- y con Adolfo Marsillach, que la dirigió al menos en tres ocasiones. Y entró en la siguiente década habiendo protagonizado, en 1979, esa joya del grandísimo Eduardo de Filippo que se llama «Filomena Marturano», y que volvería a retomar, con el mismo equipo artístico, y con mayor éxito si cabe, en 2006, momento en el que un servidor, dando sus primeros y torpes balbuceos en esto de la crítica, descubrió atónito en su butaca que aquella mujer tan guapa y tan famosa no era solo una buena actriz con mucho oficio, algo que ya había comprobado como espectador en algunos montajes anteriores, sino que, además, iba sobrada por igual de técnica y de osadía. «Yo canto, bailo, hago drama y hago comedia. No creo que haya nadie más completo -me diría luego, entre risas, en la entrevista mencionada-. Soy una persona modesta, pero permíteme, por favor, que presuma aquí un poco». El único problema para mí, volviendo a De Filippo, es que este montaje le llegó en un momento culminante de madurez vital y profesional, y con él se puso a sí misma el listón demasiado alto, de cara al futuro, ante todos los pipiolos como yo que estábamos empezando a verla actuar.

Pero, antes de llegar a esa segunda «Filomena Marturano», versionada y dirigida, igual que la primera, por Juan José Arteche y Ángel Montesinos respectivamente –otros dos hombres fundamentales en su carrera y artífices en 1986 de su gran éxito «Mamá, yo quiero ser artista»-, se dedicó en los 80 y en los 90, entre otras cosas, a ponerse en manos de directores con formación, criterio y estilo distintos de los que ya conocía bien. Así surge la prolija relación con José Carlos Plaza, que da frutos como «La rosa tatuada» y «¡Hello, Dolly!»; o su encuentro con Juan Carlos Pérez de la Fuente en el Centro Dramático Nacional, con quien hace en 1996, de nuevo con Gala de por medio, «Nostalgia del paraíso».

Cierto es que, ya en el presente siglo, a partir, como digo, de su renovada «Filomena Marturano», sus apariciones en teatro se espaciaron y, en cierto modo, se enfocaron más a la estrella que a la actriz. Para hacer en 2011 una suerte de recapitulación de su vida sobre el escenario, que se llamó «Yo lo que quiero es bailar», contó, por fortuna, con Juan Carlos Rubio en la dramaturgia y José María Pou en la dirección, que lograron, obviamente junto con la propia actriz, que aquello tuviese más sustancia de la que cabía esperar. No tuvo tanta suerte con otros montajes que llegaron al final de su trayectoria -dos de ellos firmados por su hijo- cuyo interés artístico, independientemente del rendimiento que tuvieran en taquilla, fue más bien nulo. Atrás quedaban los repartos en los que se codeaba con otros actores de la talla de José Sacristán, Nuria Espert, Amparo Rivelles, Carlos Hipólito, Encarna Paso, José Sazatornil, Nati Mistral, Julia Gutiérrez Caba… Y atrás quedaban igualmente aquellos históricos directores de sus inicios: José Tamayo, Luis Escobar, José Luis Alonso…

Sin embargo, incluso en este maculado tramo final, encaró don grandes personajes, de dos grandes obras, de dos grandes autores, algo que yo había soslayado de manera imperdonable en mi memoria cuando me dijo aquello de su carrera «intachable». Uno de esos personajes fue Hécuba, en la obra homónima de Eurípides con versión de Juan Mayorga que dirigió José Carlos Plaza en 2013. No hay palabras para describir la arrolladora energía de la ya entonces veteranísima actriz, haciendo un trabajo repleto de matices para humanizar el mito como no se había visto antes en un teatro tan complicado como el de Mérida. E idéntica energía desplegó en «Reina Juana», escrita por Ernesto Caballero y dirigida por Gerardo Vera en 2016, interpretando en esta ocasión a Juana la Loca en un exigente monólogo que supo domar en el ritmo, el tono y las emociones con una maestría todavía incólume. Recuerdo haber esperado para saludarla, después de asistir a esta función, y haber creído, al verla, que habían pasado por ella 20 años en los 15 minutos que había tardado en cambiarse y salir. Allí, en la calle, era ya una mujer muy, muy mayor; pero la exultante actriz que había en su interior se las apañaba aún cada noche para encerrar a la anciana en los camerinos y subirse sin ella al escenario.

Bien mirado el conjunto, me quito el sombrero, Concha. En efecto, no son perceptibles los borrones en el cuadro una vez que ya está terminado. Tenías razón: una carrera «intachable y de libro». Digna de ti, añado yo.