Contra el terror, pacifismo radical

Proyecto 43-2 completa su trilogía del proceso de paz en el País Vasco con una reflexión sobre «los hijos y las hijas de la violencia», define María San Miguel de «Viaje al fin de la noche»

Proyecto 43-2 completa su trilogía del proceso de paz en el País Vasco con una reflexión sobre «los hijos y las hijas de la violencia», define María San Miguel de «Viaje al fin de la noche».

Hace ya años que María San Miguel completó el camino que iba de su Valladolid natal al País Vasco; al menos, mentalmente, porque, en cuestiones físicas, las maletas las llevó hasta Chamberí (Madrid): «A pesar de ser pucelana siempre digo que me he hecho un poco vasca de corazón», reconoce de un lugar en el que «se vive fenomenal y se come mejor», puntualiza. Pero no es esto último, que también, por lo que la actriz y dramaturga presume de esta virtual adopción, sino por el viaje que inició en 2010 y que ha terminado en una trilogía sobre «Euskadi, la memoria colectiva y la convivencia con el otro» que afronta ahora su «última parada», aunque San Miguel lo diga con la boca muy pequeña y con la media sonrisa de saber que el producto no está agotado: «De momento, lo voy a guardar para, quizá, dar el salto al cine [junto a Isaki Lacuesta] o empezar una nueva aventura con el tema de las mujeres. Me apetece entrar en el mundo de los afectos y de las contradicciones en las que yo misma vivo al haber sido educada en el patriarcado y ser feminista», anticipa.

Pero el presente se llama «Viaje al fin de la noche» y viene a completar –así lo lleva haciendo desde su estreno en Eibar el pasado noviembre bajo la dirección de Pablo Rodríguez– aquello que empezó con «Proyecto 43-2» –mismo nombre que la compañía– y continuó con «La mirada del otro». Si en uno, un marmitako en el «txoko» familiar sirvió para conmemorar el décimo aniversario del asesinato del padre; y, en otro, una sala de la cárcel se utilizó para juntar a mediadora, víctima y victimario; en este nuevo montaje –que se instala los próximos dos miércoles en el Teatro del Barrio dentro del Surge madrileño– San Miguel reflexiona sobre «los hijos y las hijas de la violencia» a través de dos herederos del terror de ETA y de los GAL.

De la grabadora al cine

Una función que fue avanzando a medida que su ideóloga, haciendo gala del Periodismo que estudió en la universidad, entrevistaba a descendientes de víctimas de ETA, como Sara Buesa, Josu Elespe, Iván Ramos y Tamara Paredes; de los GAL, como Pili Zabala, Axun Lasa y Ane Muguruza; y del abuso policial, como Inés Núñez. En total, una veintena de relatos de los que San Miguel se iba «enamorando», cuenta, y con los que iba transformando sus prejuicios al mismo tiempo que la sociedad vasca.

Cuando todo comenzó, allá por 2010, ETA todavía mataba, «ahora tenemos muy reciente su disolución». Entonces, cada encuentro de la actriz con los implicados en el proceso de paz era inmortalizado por una simple grabadora, «ahora vamos con un equipo de cine» porque ya no existe ese miedo a dar la cara. Cambios que han ido en consonancia con los pensamientos de San Miguel: «Antes pensaba que un terrorista tenía que pasarse el resto de su vida en prisión, ahora me parece una locura. Nos hemos hecho mejores», reflexiona quien pensó que nunca podría entenderse con aquellos que «justifican la violencia o que han comprendido su utilización en un momento dado» porque María San Miguel se define como «pacifista radical». Sin embargo, «salía de las entrevistas con la sensación de que, independientemente del bando al que se perteneció, todos tenemos mucho en común».

Justo la pregunta que ha acompañado a la compañía desde el inicio de la trilogía: «¿Son más cosas las que nos unen o las que nos separan?». Responde la autora del texto: «La experiencia que me llevo después de sentarme con los otros, los que consideraba diferentes, es que hay muchos más elementos que nos unen. De todo esto he sacado que, aunque no se conozcan, las personas hablan de la belleza como algo que les ha ayudado a escapar del dolor. Ya sea a través de un cuadro, una puesta de sol o de un baile». Por eso en «Viaje al fin de la noche» no se hace distinciones entre víctimas ni bandos. «Solo existe un drama», el de la muerte, el que queda cuando te arrebatan a tu padre o a tu madre, sea por el motivo que sea. «Y sin justificar nunca las muertes», apunta San Miguel.

Ocho años de trabajo en los que la dramaturga ha visto «una evolución muy grande» dentro del país, pero donde no habla de etapa superada «porque no se puede reparar de un día para otro lo que rompió la violencia. Tanto la sociedad vasca como la española no se han parado a pensar qué hicieron durante el conflicto o cómo se posicionaron –continúa–. Creo que es importante porque no hemos hecho pedagogía de la paz, y sí del conflicto. Vamos a intentar entendernos y no sigamos el ejemplo de la actualidad política, que está llena de enfrentamientos y de blancos y negros, y si algo he aprendido es que lo que más hay son grises. Hace falta autocrítica y memoria para superar esta herencia». Conclusión con la que San Miguel no muestra un optimismo pleno porque considera que «todavía quedan heridas por cerrar y, por ello, hay que contar la historia desde todas las partes. Es la única manera de garantizar que no se repita».

Para ello se apoya María San Miguel en la falta de resentimiento general de las víctimas. «Por norma no hay odio. Sí hablan de que en un momento determinado del duelo tuvieron mucha rabia, pero luego decidieron no seguir así. Aunque no son todos los casos y respeto quienes tienen otras necesidades porque es algo tan terrible que yo no sé cómo reaccionaría. Aun así, me parece tremendo el viaje moral que han hecho esas personas que han frenado su rabia y han dicho ''me ha pasado esto, pero la vida continúa y no quiero la rabia ni para mí ni para los que me rodean», cierra.