"Cowboy de medianoche": Y John Wayne se hizo "maricón"

La cinta protagonizada por John Voight hablaba hace 50 años de la prostitución masculina y el reverso del sueño americano.

Dustin Hoffman (izquierda) y John Voight protagonizaron en 1969 «Cowboy de medianoche», ganadora del Oscar a mejor película
Dustin Hoffman (izquierda) y John Voight protagonizaron en 1969 «Cowboy de medianoche», ganadora del Oscar a mejor película

La cinta protagonizada por John Voight hablaba hace 50 años de la prostitución masculina y el reverso del sueño americano.

El sueño americano casi siempre comienza de la misma manera: irse a la ciudad. Allí deviene casi siempre (muchos son los llamados, pocos los elegidos) en otra cosa menos colorida. A principios de los 60, Hollywood aún retrataba con pudor (cuando no hipocresía o edulcoramiento) las regurgitaciones de la gran ciudad, aquel festín que se daban Nueva York o Los Ángeles con los «dreamers» de la América profunda. Recuerden a la Holly Golightly de «Desayunos con diamantes», que no es sino la sofisticada máscara de Lula Mae, la paleta tejana que aprendió en las largas avenidas neoyorquinas que el dinero y la clase (o su apariencia) se ganan con espurios esfuerzos. La encantadora cinta de Blake Edwards apenas sugiere, entre capas de «charme», lo que Truman Capote sí dejó más encauzado en su novela: la prostitución como pasaporte para ganarse una identidad en la jungla de asfalto. El peaje de no haber nacido con diamantes. Apenas ochos años después, a Hollywood no lo reconocía ni la madre que lo parió. Tanto que una cinta tan explícita y sucia como «Cowboy de medianoche» pudo ganar el Oscar a mejor película, primera y única para un filme calificado «X». Lo que en el personaje de Audrey Hepburn se matiza con su natural elegancia, se airea en los andares de Joe Buck, el ingenuo pero hipersexual vaquero tejano al que dio vida John Voight en el papel de su vida. Lo conocemos a lomos del sueño americano, yendo cómo no a la ciudad, Nueva York, con una maleta de piel de vaca, zapatos de punta, sombrero y cigarrillo en la boca. Un John Wayne de mercadillo que sueña con hacerse de oro explotando el icónico atractivo del macho sureño con las ricachonas de la metrópoli. ¡Pobre Joe! A ritmo del «Everybody's Talkin» de Harry Nilsson (que pasó sin pena ni gloria por las radios el año anterior y revivió con su inclusión en la banda sonora), asistimos al más crudo descenso a la noche del vaquero, acompañado por ese granuja de medio pelo llamado Ratso que interpretó Dustin Hoffman, un italoamericano cojo, tuberculoso y maleado tan diferente de Joe en su caracter como semejante en esa soledad que comparten como único patrimonio sobre la tierra.

Vidas desvalidas

Hoffman ya había integrado el reparto de otro irreverente puntal del Nuevo Cine americano, «El graduado». Junto a John Schlesinger, filmaría también «Marathon Man», una nueva vuelta de tuerca a una filmografía en la que destacan los papeles de personas desvalidas. En toda la cinta de Schlesinger late una enmienda sutil al sueño americano promovido por el propio Hollywood. En los 60, urgía matar al padre, algo que a finales de esa década y principios de la siguiente se convertiría en un magnífico parricidio de buen cine. «Cowboy de medianoche» es un claro ejemplo de la prisa que se dieron un puñado de jóvenes realizadores y una nueva hornada de intérpretes en certificar la muerte del antiguo regimen. Solo a los «raritos de la calle 42», es decir, a los «maricones» (le dice Ratso a Joe en un momento altamente clarividente sobre el relevo generacional) podría atraerle ese atuendo de vaquero estereotipado. «¿Vas a decirme que John Wayne es maricón?», responde el desalentado cowboy, carne de calle 42, detritus del sueño americano.