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Cine

Estreno

Crítica de "La sociedad de la nieve": sufrir es la luz ★★1/2

Dirección: J.A. Bayona. Guion: J.A. Bayona, Bernat Vilaplana, Nicolás Casariego y Jaime Marques-Olearraga, según el libro de Pablo Vierci. Intérpretes: Enzo Vogrincic, Simon Hempe, Rafael Federman, Matías Recalt. España-USA-Uruguay-Chile, 2023, 144 min. Género: Drama.

Un fotograma de "La sociedad de la nieve", dirigida por J. Bayona
Un fotograma de "La sociedad de la nieve", dirigida por J. BayonaImdb

Dirección: J.A. Bayona. Guion: J.A. Bayona, Bernat Vilaplana, Nicolás Casariego y Jaime Marques-Olearraga, según el libro de Pablo Vierci. Intérpretes: Enzo Vogrincic, Simon Hempe, Rafael Federman, Matías Recalt. España-USA-Uruguay-Chile, 2023, 144 min. Género: Drama.

“Lo imposible” y “La sociedad de la nieve” comparten el mismo desafío narrativo: por un lado, maniatar el interés del espectador cuando este ya sabe de antemano lo que va a ocurrir, teniendo en cuenta que ambas se basan en historias reales documentadas profusamente, y por otro, superar el bache de que su escena más espectacular, la que representa el desastre que funcionará como motor de la acción -allí un tsunami, aquí un accidente de avión-, estén situadas al inicio del metraje. J.A. Bayona intenta superar estos obstáculos como lo hacen sus protagonistas, entregándose al vía crucis de la supervivencia, al sufrimiento como camino de iluminación.

Si “Supervivientes de los Andes”, de René Cardona jr., nació como un apresurado ‘exploit’ del accidente andino, convirtiendo los titulares de la prensa sensacionalista sobre el canibalismo en su argumento de venta, y “Viven” intentó (con éxito) hacer de la barbarie una película de aventuras hollywoodense, “La sociedad de la nieve” opta por trabajar, desde una óptica realista, el día a día de los 29 supervivientes -de los que quedaron dieciséis- del equipo de rugby uruguayo, construyendo, con morosa minuciosidad, la ilusión de una conciencia colectiva, de una comunidad de vivos y muertos en pos de una misión. La dramatización de esos 72 días infernales, descritos en el polifónico libro de Pablo Vierci por testimonios directos, no está exenta de contradicciones: por un lado, es evidente que la propuesta exige que no haya un protagonista, porque todos los personajes son igual de importantes para que funcione el engranaje de la supervivencia, pero, por otro, eso impide que el espectador se identifique con ninguno de ellos, por mucho que aparezcan rótulos como epitafios y que la puesta en escena filme sus rostros de una forma obsesiva, como para compensar su carencia de centro dramático. Solo cuentan las bajas, no la identidad que hay detrás de ellas. Cuando J.A. Bayona y sus guionistas deciden que haya un narrador, no parece que lo hagan para crear ese centro sino para tender trampas a la empatía del espectador. Así las cosas, “La sociedad de la nieve” se debate entre la película que querría ser -con esa puesta en escena física y cercana, y la música de Michael Giacchino implorando que las lágrimas caigan- y la que finalmente acaba siendo, un artefacto mecánico y ampuloso, imbuido de la responsabilidad moral de contar esta historia de la única manera, por fin, en que había que contarla.

En el haber del filme están, por supuesto, las escenas-espectáculo -la del accidente pero también la de la avalancha- y un interesante acercamiento al canibalismo como acto de comunión religiosa, un existir en esa expresión de Isaías que dice: “no te cierres a tu propia carne”, que es carne de prójimo. Así las cosas, el canibalismo se contempla desde una combinación entre mística y pragmatismo no exenta de complejidad, y la cámara sabe encontrar un equilibrio entre mostrar la necesidad (el hambre) de los vivos y el respeto por los muertos. Dicho esto, este crítico tiene la impresión de que la película más estimulante que queda oculta entre las imágenes de “La sociedad de la nieve” empieza justo al final, cuando arranca una nueva historia de supervivencia, que no es otra que la del regreso a la civilización, la del escrutinio público, la de integrarse en la normalidad de la familia, el amor y el trabajo habiendo transgredido un tabú primigenio, y, sobre todo, la que explicaría qué se siente cuando se ha sido elegido por el destino para vencer a las montañas y poder contar al mundo esta experiencia inenarrable o, por el contrario, permanecer para siempre en silencio.

Lo mejor: las escenas del accidente y la avalancha, y la sensibilidad con que se acerca al tema del canibalismo.

Lo peor: su búsqueda de la emoción por imperativo categórico, lastrada por una falta de centro de gravedad dramático que lleve el peso de la historia.