Cuando en la Ilíada se decía «tetilla» y no «pecho»

La epopeya griega escrita por Homero, una referencia constante en la literatura, posee tantas versiones como traducciones se han realizado

Aislada en el tiempo dentro de su propia calidad literaria, la «Ilíada» trae los ecos de un pasado en el que ejércitos de héroes combatieron en torno a una ciudad cuya destrucción estaba fijada de antemano. Con su «Ilíada» Homero fraguó una historia imperecedera sobre la que los antiguos griegos volvieron una y otra vez para modelar su espíritu y configurar de ahí en adelante todo un sentido de humanidad en Occidente. A través de los siglos hemos tornado la mirada hacia la obra homérica, guiados en buena medida por sus traductores. Es sabido que cuando la literatura latina dio sus primeros pasos lo hizo a través de la traducción de la «Odisea» realizada por el gramático de procedencia griega Livio Andrónico. La «Odusia» de Andrónico constituyó, pues, el primer peldaño hacia una de las cumbres de la literatura universal: la «Eneida» de Virgilio, que tanto temática como formalmente bebía explícitamente de Homero.

Como contrapartida, Virgilio supo mantener vivo el fuego homérico cuando se perdió de vista la noción de la lengua griega: todo el conocimiento que tenía Dante acerca de Homero cuando lo presentó como «poeta sovrano» en el primer círculo del Infierno se lo debía a Virgilio, ya que el autor de La «Divina comedia» nunca pudo leer a Homero. Petrarca, en cambio, aunque poseía una copia manuscrita de la «Ilíada», se confesaba sordo ante sus palabras al no saber griego. Fue la necesidad de leer al viejo aedo lo que dio lugar a la primera traducción europea de la «Ilíada»: en ello Bocca-ccio resultó decisivo, pues consiguió como traductor a un tosco monje calabrés llamado Leonzio Pilato que se hacía pasar por griego: hacia el año 1365 los humanistas italianos ya contaban con una traducción en latín –la primera de muchas– con que volver a leer a Homero.

Homero, una presencia constante

Gracias a estas traducciones latinas comenzaron a aparecer las primeras versiones homéricas en las lenguas nacionales (hacia el 1450 apareció en España la «Ilíada en romance» atribuida al hijo del Marqués de Santillana); desde entonces, la presencia de Homero fue constante en las literaturas europeas. En este sentido, George Steiner señala que el mito «natural» de los británicos, el artúrico, acabó cediendo su puesto al imaginario homérico: Chaucer, por ejemplo, abordó la temática troyana en «Troilo y Criseida» hacia 1385, y luego Shakespeare repitió título y temática en 1602: ¿tuvo Shakespeare alguna vez ante sus ojos la «Ilíada» traducida por Chapman (1598), su rival en la composición de sonetos?

Es preciso señalar que no todas las épocas fueron favorables a Homero. La consolidación de una estética neoclásica redundó en la pérdida de favor de sus poemas. Los literatos del momento pasaron a considerar a Homero (por extensión a todos los poetas antiguos) un autor de pésimo gusto: se trata de la famosa «Querella entre los modernos y los antiguos» en la que participaron escritores como Racine, de parte de los antiguos, y los hermanos Perrault o Voltaire por los modernos. Sin duda, en la «Ilíada» existen numerosos pasajes capaces de perturbar la sensibilidad neoclásica: que un rey pudiera disfrutar de un banquete a base de animales de corral trinchados por él mismo o que un héroe tropezara sobre una montaña de estiércol no eran precisamente cualidades versallescas. De esta manera, en España el traductor José Hermosilla se vio obligado a hacer estas aclaraciones a propósito de su traslado de la «Ilíada» (1831): «En general en todo el poema, donde se dice ‘‘tetilla’’, ‘‘ombligo’’, ‘‘nalga’’, ‘‘la vejiga’’, ‘‘las partes pudendas’’, he empleado los nombres de ‘‘pecho’’, ‘‘costado’’, ‘‘cuerpo’’, ‘‘vientre’’, ‘‘ijar’’, u otro equivalente. Porque si bien los términos griegos son más exactos, anatómicamente hablando, sus correspondientes son para nosotros menos poéticos».

La rebeldía de los héroes

Con el cambio de centuria, el mundo heroico de Homero cobró un nuevo sentido: sus héroes evocaban la rebeldía contra lo estático y lo vulgar en pos de unos valores superiores como la fuerza o el coraje. Es la época en que Joyce alcanzaba con su «Ulises» (1922) una de las cumbres de la literatura en lengua inglesa, mientras que en España Machado declaraba en sus «Proverbios y cantares» que en su infancia soñaba con los héroes de la «Ilíada». La nostalgia del héroe épico también se hacía sentir en la definición del esperpento que Valle Inclán plasmó en «Luces de bohemia». Por su lado, Baroja reproducía punto por punto en su «Zalacaín» (1909) la escena de despedida entre Héctor y Andrómaca del canto VI de la «Ilíada», y no es improbable que su inspiración procediera de la «Ilíada» (1908) de Luis Segalá, de marcados acentos modernista.

En cada época la obra homérica adopta su significado. El poeta portugués Manuel António Pina sostiene que tal vez la «Ilíada» no sea sólo un libro, sino la propia idea de la literatura y que todos los demás libros reescriben incesantemente algún verso suyo. El hecho es que en el siglo XXI la epopeya homérica mantiene intacta su capacidad de conmover y perturbar con su vigor expresivo: resaltar el carácter eminentemente narrativo de la «Ilíada» y verter en toda su fiereza la potencia de sus imágenes y su léxico es lo que hemos pretendido al presentar una traducción para el siglo XXI. Continuar leyendo la «Ilíada» a través de nuevas traducciones es una forma de ocupar el puesto que nos corresponde en el proceso de transmisión de toda una forma de humanismo y de cultura.