Cuando la ópera es grande de verdad

«Pelléas y Mélisandre» contó con un reparto de lujo
«Pelléas y Mélisandre» contó con un reparto de lujo

El prestigioso Festival de Aix abrió su 68º edición el jueves con una nueva producción del «Così fan tutte» mozartiano ideada por el cineasta y dramaturgo francés Christophe Honoré.

El prestigioso Festival de Aix abrió su 68º edición el pasado jueves con una nueva producción del «Così fan tutte» mozartiano ideada por el cineasta y dramaturgo francés Christophe Honoré, aún poco rodado en el campo de la ópera, ya que tan sólo ha firmado dos producciones previas antes de recalar en la capital provenzal, ambas realizadas para la Opéra National de Lyon («Dialogues des carmelites» [2013] y «Pelléas et Mélisande» [2015]). De nuevo la propuesta mozartiana reveló poco interés en un festival que parece reñido con las óperas del genio salzburgués, pues ninguno de los títulos escenificados en los últimos quince años –y son muchos si nos remontamos hasta la era Lissner– ha terminado de cuajar una producción redonda. Además, Aix representaba por vez primera en la historia de su festival «Il trionfo del tempo e del disingano», con un nuevo proyecto escénico encomendado al polémico director polaco Krzyszytof Warlikowski, muy moderado en su planteamiento escénico, que puso al servicio de una obra casi imposible de representar teatralmente al carecer de la más mínima factura teatral.

Pero la apuesta del Festival era «Pelléas et Mélisande», que se anunciaba con un reparto de campanillas y una dirección musical (Essa-Peka Salonen) y escénica (Katie Mitchell) de auténtico lujo. No sólo se cumplieron las expectativas sino que los resultados las superaron con creces, hasta el punto de que esta première del pasado sábado permanecerá por muchos años en el recuerdo de los afortunados que tuvimos la suerte de estar allí presentes. Resulta casi inverosímil que en una representación de ópera salga todo perfecto y aquí se produjo de nuevo el milagro, como hace tres años pasó con «Electra» (Salonen/Chereau) y hace cuatro con «Written on Skin» (Benjamin/Mitchell). Hay que resaltar la labor de unos interpretes por encima de los otros y viceversa. Salonen es un mago en el difícil arte de equilibrar el foso y las voces, máxime cuando se trata de una ópera, que, como afirmó André Boucourechliev, se sitúa en contra del canto mismo con un texto que se podría calificar de anti-operístico. También fue capaz de extraer una increíble paleta de colores, además de un sonido aterciopelado con dinámicas cuidadísimas. No queda espacio para tratar con detalle el imaginativo trabajo escénico de Katie Mitchell, alguien que entiende la ópera como un «todo», haciendo que lo onírico se confunda con la realidad y viceversa, con un movimiento escénico sin desmayos y sacando de unos cantantes-actores lo mejor de sí mismos. Barbara Hannigan estuvo inmensa como Mélisande, lo mismo que Stéphane Degout como Pelléas, Laurent Nauri en su poderosa interpretación de Golaud o la serena placidez del Arkel de Franz-Josef Selig y la modélica Geneviève de Sylvie Brunet.