Cuando los contemporáneos se hicieron modernos con los antiguos

Desde que se inauguró el Prado, hace ahora doscientos años, han desfilado por sus salas, casi todos los grandes maestros del arte moderno y contemporáneo

Desde que se inauguró el Prado, hace ahora doscientos años, han desfilado por sus salas, casi todos los grandes maestros del arte moderno y contemporáneo.

Es una fotografía anónima, conservada en el CEBE Archive. En ella se ve al pintor Francis Bacon durante la visita a la exposición de Velázquez celebrada en el Prado en 1990. Está solo, con una mano en la barbilla, mientras contempla absorto el retrato de Góngora de Velázquez que se conserva en el Museum of Fine Arts, de Boston.

Pero Francis Bacon no ha sido una excepción. Desde que se inauguró el Prado, hace ahora doscientos años, han desfilado por sus salas, casi todos los grandes maestros del arte moderno y contemporáneo. Venían a Madrid a buscar los cuadros originales que habían pintado los maestros del Siglo de Oro y que solo se conocían en sus países gracias a malas copias o reproducciones.

El encuentro era definitivo. A veces venían a ver a Murillo y se topaban con Velázquez. Otras veces querían reencontrarse con Velázquez, y descubrían a Goya. Aquel museo de Madrid, fruto del coleccionismo real y de la desamortización ilustrada, les ofrecía una modernidad que aun no poseían. Veían a los primitivos flamencos y a los venecianos del Renacimiento y comprendían que aquella pintura maldita, que torturaba santos y coronaba vírgenes, era algo tan distinto que merecía ser estudiado, copiado y, si era posible, comprado y exportado.

El arte español gracias a los Renoir, Monet, Manet, Gauguin, no solo fue conocido y reflejado en sus pinceles, sino que empezó a ser situado en aquel lugar del que unas mentes calenturientas lo quisieron sacar: en el corazón mismo del arte occidental, en plena conexión con todas las escuelas y maestros. Pero la modernidad de los impresionistas puso de moda al Prado y lo que hemos visto un siglo después es la conclusión lógica de aquello. Bacon no solo reinterpretó al Inocencio X de Velázquez sino que sus rostros torturados y sus retratos son herederos de aquella austeridad, a pesar de que Velázquez fuera aún un joven que acababa de llegar a la Corte desde su Sevilla natal.

El Prado es importante para los españoles por muchas cosas: por los tesoros que conserva, porque es parte de nuestra historia, porque representa lo mejor de nuestra cultura y forma de ser. Pero es también fundamental, no solo porque puso a nuestro arte en su contexto europeo, sino porque fue maestro de todos los artistas que lo visitaron. De aquellas visitas surgirían auténticas obras maestras que no hubieran podido existir sin el Prado.

Ver, por citar otro ejemplo, la maravillosa fotografía de Martine Franck, en la que se ve a Henri Cartier-Bresson admirando pasmado «La romería de san Isidro», una de las pinturas negras de Goya, nos lo hace comprender. Uno de los mejores ojos que ha tenido la humanidad, y que ha plasmado instantáneas inolvidables de nuestra historia, se siente absorto ante ese grupo de personajes que seguramente a él le hubiera gustado fotografiar.

Y la cosa ya se pone estupenda si nos detenemos en nuestros propios pintores. Hay otra fotografía –y perdonen que cite tantas en un museo de pinturas– en la que se ve a Joan Miró acompañado de Josep Lluis Sert, sentados en la galería central de la primera planta. El autor de la instantánea es Frances Catalá-Roca. Miró señala algo levemente con su dedo, mientras su expresión no deja lugar a dudas: está dando una lección a su acompañante. El Prado es el pasado, pero también el futuro.

Y he dejado para el final a Picasso. Se lamentaba Javier Portús en la presentación ayer de la exposición Museo del Prado 1819-2019. Un lugar de memoria, que solo sentía no haber podido contar con una obra, la «Mujer en azul» de Pablo Picasso, que el Reina Sofía ha prestado a la gran exposición del Museo d'Orsay. Decía que le hubiera gustado mostrar a La Infanta Margarita de Velázquez junto a la reinterpretación de Sorolla y al cuadro de Picasso. Entiendo su frustración, pero desde el Museo de Israel ha viajado «La maja desnuda» de Picasso, casi una copia –deformada por su genio– de la de Goya, que se exhibe al lado. Y desde Barcelona ha viajado una de las 75 versiones –quizá la mejor– de «Las Meninas» de Velázquez que Picasso compuso cuando la inspiración le devolvió de nuevo a Velázquez.

Pero no quería hablar de la exposición. Quería hablar de esa musa que ha sido el Prado para tantos pintores de Occidente y ya también de Oriente. Cuando hace unos meses Cai Guo-Qiang visitó y expuso en el Prado dijo cosas maravillosas de nuestros maestros del Siglo de Oro. Pero en su pintura también reflejó aquellas lecciones. Y perdón: he citado solo a los grandes maestros contemporáneos. No podemos imaginar hasta donde llegó esa musa en otros muchos, la mayoría anónimos. O llegará. Doscientos años no son nada para un tesoro como el Prado.