Dejad que los políticos se acerquen a mí

La presencia del hijo de la diputada Bescansa en la constitución del Congreso obedece a la mística de la infancia propia de la propaganda. Regímenes totalitarios y democráticos se han servido a lo largo de la Historia de la imagen de los niños para humanizar a sus líderes o transmitir ideas de protección

Adolf Hitler
Adolf Hitler

Regímenes totalitarios y democráticos se han servido a lo largo de la Historia de la imagen de los niños para humanizar a sus líderes o transmitir ideas de protección

En el marketing electoral, especialidad académica de Carolina Bescansa, es sabido que a los niños se los utiliza de modo simbólico en la publicidad política para transmitir cuestiones como seguridad económica, pobreza, guerra o esperanza. El politólogo S. Sherr aseguraba que al mostrar al elector imágenes de niños o bebés aprendiendo o interactuando con adultos, se transmite que, bajo el liderazgo del político al que se le vincula, el país mejorará. No sólo eso sirve para humanizar la imagen de un político profesional, que normalmente parece vivir al margen de los problemas cotidianos. El vínculo es más efectivo si a esto unimos la localización, en este caso el Congreso de los Diputados, con lo que el efecto de la propaganda es mucho mayor, tal y como también ha estudiado el politólogo M. Edelman.

El uso de los niños no es nuevo en la historia. El primero que instrumentalizó la infancia fue el comunismo ruso. Nadezhda Krúpskaya, mujer de Lenin, impulsó la creación de un movimiento infantil de apoyo a la revolución, que se tradujo en la creación en mayo de 1922 de los «Pioneros», una organización para menores de 14 años. No eran sólo un arma propagandística, sino también de control político: se adoctrinaba a las nuevas generaciones, asegurando la continuidad y el «hombre nuevo», que servían de vigilantes y delatoras de sus padres. Para ello se les dio una parafernalia militar: uniformes, banderas, condecoraciones, jerarquía, desfiles, campamentos y objetivos. A estos niños se les puso bajo la autoridad de la Komsomol, la Juventud Comunista, creada en 1918. La imagen del menor era utilizada como símbolo del paraíso futuro del proletariado. El abuso propagandístico era mayor en las niñas, que eran presentadas como parteras de la nueva era de la Humanidad, al modo de las religiones, el milenarismo y los nacionalismos del XIX.

Centurias y legiones

En la Italia fascista hicieron lo mismo. Allí se usó un mito nacionalista, el de «Balilla», una deformación del nombre «Battista», un niño que en 1746 se supone que inició la insurrección genovesa contra los austriacos tirando unas piedras. Mussolini, también con su idea del «hombre nuevo», instrumentalizó a los menores creando la Opera Nazionale Balilla para niños de 4 a 18 años, divididos según edades en «Hijos de la Loba», «Balillas», «Vanguardistas», «Pequeñas Italianas», y «Jóvenes Italianas», con una estructura militar de escuadras, centurias, cohortes y legiones.

El fascismo y el nazismo se alimentaron de la idea de que su régimen era el de la nueva generación, la joven, que debía derribar a «la vieja», tal y como sostenía el «Manifiesto futurista» (1909) del italiano Marinetti. Era la exaltación de la infancia y de la juventud, la «efebocracia», como herramienta de la nueva sociedad frente a la antigua y al régimen que representaba. Y eso mismo ocurrió en la Alemania nazi, donde el partido de Hitler –quien se fotografiaba frecuentemente con menores– encuadró a los niños desde los diez a los catorce años en la «Deutsche Jungvolk», y a las niñas, en la «Jungmädel», para luego pasar a las Juventudes Hitlerianas, o la Liga de Jóvenes Alemanas. Las escuelas se convirtieron en lugar de adoctrinamiento del espíritu nacional, de los nuevos principios y exigencias del pueblo alemán. Los niños eran piezas del ejército nazi, y las niñas servían para fortalecer y reproducir la raza. Así lo dijo Adolf Hitler en un discurso de 1938: «Quiero una juventud fuerte, dominante, intrépida, cruel. (...) Así es como erradicaré miles de años de la domesticación humana (...) Así es como crearé el nuevo orden».

Campañas electorales

En todos los casos, los dictadores, ya fuera Mussolini o Hitler, Lenin o Stalin, se retrataban rodeados de niños felices o alzando a un bebé. Era una imagen propagandística: la nueva política sujetando a la nueva sociedad. Ese propósito de construir una juventud de Estado y la instrumentación de la infancia estuvieron presentes también en la España franquista y en el Portugal de Oliveira Salazar. En el comunismo oriental, lo hizo Mao Zedong; en Corea del Norte, los Kim-Jong; y en el comunismo caribeño, los Castro. Todos esos niños, bien adoctrinados y como garantía de continuidad y vigilancia, juraban fidelidad al líder y a los principios del régimen.

En las campañas electorales de los países democráticos ha sido ampliamente utilizada la imagen del candidato besando o cogiendo a un bebé, o hablando de un niño, para simbolizar el futuro. Lo hizo Johnson para frenar el miedo a la guerra nuclear en 1964. Veinte años después, Reagan preparaba apariciones públicas rodeado de niños con banderitas. Al Gore mostraba chicos para su programa de salud pública en 2000; la argentina Cristina Fernández, como símbolo de la recuperación económica en 2007, Jesús Ortega, en México, como la nueva imagen del partido. La eficacia actualmente es dudosa, ya que la respuesta de las redes sociales es tan inmediata como descarnada.

El populismo en Hispanoamérica es el que hoy utiliza más profusamente a los niños en la propaganda política, apoyándose en la «mística de la infancia» para mostrar el contraste entre la juventud de «lo nuevo» –ellos–, el país que está naciendo o creciendo, y lo decrépito, antiguo y corrupto que se quiere derribar –los otros-. El niño se presenta como el representante del sujeto colectivo que, libre de los vicios que en su opinión han degradado a la co-munidad, es el futuro, el compendio de las virtudes y de las posibilidades, la utopía del «hombre nuevo» frente a la vieja casta. La imagen del niño o del bebé encaja perfectamente en el discurso populista, de contrastes, emocional, no racional, porque predispone al elector a valores positivos sobre el líder, su formación y el mensaje. El infante ha sido y es, así, un elemento más de la propaganda de los movimientos populistas, ahora retomado en Europa por Podemos.

El propósito ha sido siempre mostrar a la sociedad y al mundo que su proyecto o régimen era una expresión de juventud y futuro. Esa imagen política del menor de edad, parafraseando a Antonio Gramsci, un pensador tan del gusto de los dirigentes de Podemos, es la expresión del contraste entre «lo viejo que no acaba de morir» y «lo nuevo que nace». La instrumentación del menor de edad en campañas políticas es propia, no sólo de dictaduras más o menos encubiertas, sino de democracias sentimentales que se apoyan en emociones básicas para apoyar proyectos de profunda ingeniería social. El uso ha sido especialmente claro en el caso de Bescansa, que sostiene un programa de vuelco del orden social, a pesar de que tiene contratada a una niñera 24 horas al día, o que bien podría haber utilizado la guardería del Congreso, como hacemos el resto de la gente.