"Don Carlo"y sus problemas burocráticos

«Don Carlo», ahora en el Teatro Real, no ha satisfecho casi nunca al poder o a la censura. Al estreno parisino acudió Napoleón III con su esposa, la emperatriz Eugenia de Guzmán, duquesa de Montijo. Cuando Felipe II le espeta al Gran Inquisidor «Non piú frate» ella se volvió de espaldas al escenario y lo mismo hicieron otros personajes de la corte. Napoleón III tampoco ocultó su disgusto ante la obra. En el Real se tardó en estrenar, no llegó hasta 1912. «Don Carlo» ha sido una ópera problemática en España, pero sobre todo lo es en El Escorial. La leyenda negra y la obra de Schiller han pesado mucho en su contra, a pesar de que Verdi insistiese en que no quería reflejar una realidad histórica. Visitó el Monasterio cuando vino al Real para dirigir «La forza del destino» y supo perfectamente lo poco que el propio Monasterio tenía en común con la historia de don Carlo. Sin embargo, ese Monasterio ha atraído permanentemente la atención de cuantos se han acercado líricamente a esta historia. Han sido muchos los intentos a lo largo de las últimas décadas para representar la ópera en El Escorial. Algunos vanos desde su inicio, como el de un barítono llamado Sergio de Salas y otros con peso, como el de Zeffirelli y Bernstein a primeros de los años noventa. Nunca se pudo llevar a cabo. Finalmente, cuando se inauguró el teatro-auditorio, se programó una selección en concierto gracias a la presencia al mando de la orquesta de Riccardo Muti. En aquella primera temporada –aún añorada– también dirigieron John Elliot Gardiner, Colin Davis, Christoph Eschenbach, Rinaldo Alessandrini, etc. Los dos primeros se interesaron por abordar allí «Don Carlo» y Gardiner incluso se ofreció a hacerlo gratis. No hubo otro hasta 2015, cuando Boadella logró ponerlo ya en escena en una visión en la que se esforzó por reflejar al auténtico infante con sus problemas físicos y psíquicos. Pero merece la pena retroceder, ya que bastantes años antes hubo un intento encabezado por mí que naufragó, pero reveló muchos aspectos de cómo funcionaba España. En el año 2000 lo propuse junto al productor Michael Eckert, quien, entre otros espectáculos en marcos históricos, había llevado «Turandot» a la muralla China. Lo planteamos en tres escenarios del Monasterio, la Lonja, el Patio de los Reyes y el Jardín de los Frailes. Se colocarían gradas para el público y sería retransmitido y grabado para todo el mundo. Lo dirigiría Lorin Maazel. Hablé con el duque de San Carlos, entonces presidente del Patrimonio Nacional, quien contestó que se lo transmitiría a José María Aznar, con quien luego habló el presidente de Austria. Los incidentes, hasta el naufragio, fueron muchos, pero nunca se me olvidará la conversación con el prior de los agustinos, que fue quien tuvo la última palabra. Tras varias reuniones, nos sentamos él y yo en el citado jardín. En un cierto momento colocó su mano en mi pierna y me dijo: «Gonzalo, no insistas. Donde descansa Felipe II nunca se hará “Don Carlo”».

Fue un final que siempre me recordará el dúo entre Felipe II y Posa –«¡Guárdate del Gran Inquisidor! – y el del rey con éste: «¿Por qué el trono habrá siempre de doblegarse ante el altar?». No sé si hoy día el prior del Valle de los Caídos tendrá tanto poder.