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Eduardo Aldán: «¿Mi mejor recuerdo de niño? La merienda»

Lleva nueve temporadas en Madrid con «Espinete no existe», que sigue cosechando un gran éxito

Si fue duro descubrir que los Reyes Magos no existían, a estas alturas, pensar que Espinete no existe, conmueve por derribar uno de los iconos de la infancia de muchos. Es, sin duda, como para pedir explicaciones. Eduardo Aldán sabe que los espectadores que han acudido a su espectáculo «Espinete no existe» en estas ocho temporadas –en medio de la novena– exigen recuperar la misma ilusión que les hacía creer en el gigante erizo de color rosa. El humorista les devuelve, en dosis de carcajadas y emoción, a la infancia con sus mejores y peores momentos, pero con la intención de volver a experimentar, como cuando se es niño, el deseo de soñar.

-Nueve temporadas, sobresaliente. ¿Qué le parece?

-No hay nueve sin diez. Quiero llegar al número redondo. Aunque es verdad que nueve temporadas haciendo este espectáculo en Gran Vía dan vértigo. Al principio pensaba que como mucho mes y medio, pero el público es el que manda y estoy sorprendido.

-¿Por qué confiaba tan poco?

-Porque nadie apostó por el espectáculo. Cuando empecé con «Espinete no existe», en 2006, casi no había de monólogos y era muy difícil venderlo. En cambio, ahora es todo prácticamente monólogo.

-Entonces ganó la apuesta.

-Sí, hasta me lo tuve que producir yo. Lo escribí y lo dirijo también. Como apuesta personal me salió muy bien. Hablando de mi propia infancia descubrí que conectaba con la de todo el mundo. De lo particular a lo universal, y ésa es la clave del éxito.

-Tan particular y a la vez universal era Espinete, ¿no?

-Sí, fue un tipo muy raro. A pesar de ser un erizo rosa de dos metros, era un personaje muy querido, se veía más allá de su aspecto. ¡Cómo tiene que ser de tierno un erizo para que le quieras abrazar! No había animal menos abrazable...y, sin embargo, no importaba que tuviera púas. Creo que el título de mi espectáculo es una provocación. Le dices a la gente que Espinete, ese icono de la niñez, no existe, y lo sienten como una provocación.

-Risa y llanto, ¿cómo lo consigue?

-En todo lo que creo busco el toque de emoción. Es mi forma de contar las cosas, un estilo propio. Nunca hago pura comedia, sino que busco la sustancia. Si no hubiera emoción, para mí no habría espectáculo. Es lo que hace llegar. No quiero que la gente vea un espectáculo sino que lo viva, que se convierta en una experiencia.

-¿Cuánto ha cambiado el show en estas nueve temporadas?

-Bastante. Esto es como una obra de arte, una especie de escultura que nunca das por terminada y yo soy como el artesano. El público te ofrece cada día las herramientas para hacerlo crecer. He ido quitando lo que me impedía llegar a donde quería, los obstáculos, para alcanzar emociones. Por supuesto, es pecado que el espectador se aburra.

-Habla de la infancia de los niños de los ochenta y el público crece conforme pasan los años. ¿Va a caducar su espectáculo?

-Tengo la sensación contraria, puede no acabar nunca. La gente, aunque siga creciendo, añorará la infancia del mismo modo. No coincidirán los juguetes pero los recordará en el pasado. Todos hemos sido niños y eso nos identifica más allá de las referencias culturales concretas. Lo que nos une son las vivencias, las ilusiones, la relación con los padres...

-¿Y usted era de los tigres o de los leones?

-Da igual... todos quieren ser los campeones (se ríe). Es que daba igual en qué grupo estabas, se disputaba la competición sana, todos tenían premio y lo importante era participar. El fin del juego era jugar, no ganar, y yo juego en mi espectáculo.

-Dice que saca «el lado oscuro de la infancia», ¿cómo puede tener sombras una etapa que recordamos tan feliz?

-La infancia no es como uno la vivió, sino como uno la recuerda, pero tiene bueno y malo también. Pasamos por momentos dramáticos. Por ejemplo, de repente tu peluche favorito no aparece y te preguntas por qué, qué he hecho yo. Este tipo de cosas suponen un pesar aunque no son comparables con las personas que vivieron cosas muy duras de niños. Es distinto. Pero en general es un error decir que la infancia fue muy feliz.

-¿Es ahora menos inocente, menos infancia?

-Es diferente, porque el niño conserva su inocencia, aunque su alrededor ha cambiado mucho. Los juguetes son totalmente distintos, los padres y su educación, también. De ellos depende que la inocencia dure más o menos. Es la sociedad la que mata las inquietudes y pone trabas.

-¿Mejor ser niños eternamente, como Peter Pan?

-No. El síndrome de alguien que no quiere crecer, el de Peter Pan, rechaza también las responsabilidades, y en la vida hay que madurar y tomar decisiones sin olvidarte de lo que te ilusionaba de pequeño. No te haces mayor cuando cumples años, sino cuando olvidas los sueños.

-¿Cuál es su mejor recuerdo de niño?

-El momento de la merienda, sin duda. Llegar del colegio, saber que no hay clase hasta el día siguiente y que tienes esperándote el bocadillo de chocolate y la tarde por delante. Lo peor era hacer los deberes, pero los terminabas rápido y te ibas a la calle a jugar. También recuerdo con especial cariño los ratos que compartías con la gente a la que querías, jugando, por ejemplo. No eras feliz por el juguete, sino por con quién jugabas.

-¿Y cuál era el suyo favorito?

-El «Tente», que era el Lego de los niños pobres. Nunca me guiaba por las instrucciones, siempre construía algo nuevo e inventaba mis historias.

-Y no ha dejado de hacerlo.

-Es que no sé dedicarme a otra cosa. Es mi vocación y lo que quiero, contar historias. Ser cuentacuentos.

-¿Qué es lo más difícil de elaborar monólogos?

-Quizá sea estar solo en el escenario frente al público. Pero a mí en realidad eso es lo que me resulta más cómodo porque yo cojo mi ritmo sin nadie que me responda.

-¿Y cuando se equivoca o se queda en blanco?

-He tenido muchas meteduras de pata pero nunca un bochorno. Precisamente como estoy yo solo, lo puedo integrar en el mismo texto. Y tampoco me importa, la gente sabe que lo que está viendo ocurre de verdad y si me equivoco más real les parece. También se quedan con eso bueno.

-¿Cuánto ha cambiado el humor? ¿Ha cambiado lo que hace reír?

-Ha evolucionado bastante. En comparación con hace quince años, en los programas de humor, se ve la diferencia muy clara. Aunque un texto de Gila sigue estando vigente en la actualidad. Es tan magistral que no pasa de moda nunca. Es cierto que el espectador se ha ido educando. Ahora no tiene cabida el modelo «cuentachistes», sino que triunfan más los monólogos sobre realidades cotidianas con los que la gente se siente identificada. El surrealismo no es muy común, aunque habrá quienes sean brillantes y lo mantengan. Los ritmos pasan de moda, pero las grandes estrellas del humor seguirán haciendo reír.