El destino de los hombres del Führer

Los seis hijos del dirigente nazi yacen sin vida
Los seis hijos del dirigente nazi yacen sin vida

Adolf Hitler era la cúspide del Estado nazi, una estructura tan violenta como mal construida, basada en las decisiones arbitrarias del Führer, que se rodeó de una jerarquía a la que dominaba alimentando la envidia y la competencia entre ellos. La primera purga fue «La Noche de los Cuchillos Largos», del 30 de junio al 1 de julio de 1934, en la que asesinaron a Gregor Strasser y a Ernst Röhm, jefe de las SA que ambicionaba el Ministerio de la Guerra, así como a todo aquel que criticó a Hitler por no hacer una «revolución nacionalsocialista» profunda. Esta «limpieza» no unió a la casta nazi. De haber sobrevivido el régimen, habría ocurrido lo mismo que con la jerarquía comunista en la URSS, cuyos líderes iban con escolta para evitar el «fuego amigo».

El enemigo de casi todos fue Hermann Göring, nacido en 1893. No era un gran organizador, ni un ideólogo, pero se movía muy bien en las altas esferas. Su figura de líder era más imagen que realidad. Estuvo en el escuadrón del Barón Rojo en la Primera Guerra Mundial, aunque nunca llegó a ser querido por sus compañeros. Esa animadversión se reprodujo tras el «putsch» de 1923. Consiguió escapar, y cuando regresó en 1928 le costó ser aceptado por sus antiguos compañeros del NSDAP. Ahí se ganó un adversario temible, Ernst Röhm, nuevo jefe de las SA, con quien ajustó cuentas colaborando en su asesinato. La única baza que Göring tenía era el valor que le daba Hitler, que le nombró ministro de la Luftwaffe, y Reichmars- chall, lo que le convirtió en su sucesor. Esto le granjeó la enemistad de Goebbels, que aprovechó el fracaso de Göring en la batalla de Inglaterra y en el suministro de Stalingrado para denostar su capacidad y personalidad. Se convirtió en objeto de chistes y burlas por su obesidad y drogadicción, y éste respondió aislándose en su magnífica villa y en su colección de obras de arte. Al final utilizaba a Martin Bormann para comunicarse con Hitler y enterarse de qué ocurría en Berlín. Ante la inminente derrota, Göring pensó en ejercer de sustituto de Hitler, y le envió un telegrama sugiriendo que le traspasara el poder, lo que no sucedió. La única solución era entregarse y pactar con EE.UU y Gran Bretaña. Pidió una entrevista al general Eisenhower, que se negó. En los juicios de Nuremberg fue el acusado que creó más problemas. Puso contra las cuerdas al fiscal Robert H. Jackson, que acabó desmontando los argumentos del nazi. Acusado de crímenes contra la humanidad –participó en la conferencia de Wannsee en la que se decidió la Solución Final–, fue condenado a morir en la horca. Pidió ser fusilado, pero se le negó. Dos horas antes de la ejecución, el 15 de octubre de 1946, se suicidó ingiriendo cianuro.

El gran enemigo de Göring era Josep Goebbels. Al igual que Himmler, fue rechazado como voluntario en el ejército durante la Gran Guerra por su cojera. Era un hombre apasionado, narcisista y un gran manipulador, por lo que en 1930 Hitler le nombró jefe de propaganda del NSDAP, y tres años después, asumió un ministerio con la misma función. La creación del discurso oficial le confirió mucho poder, y lo utilizó. Inició una campaña contra Göring, en la que ayudó Julius Streicher, director del diario nazi «Der Stürmer» («El delantero»), un antisemita burdo y rencoroso y que también fue sentenciado a muerte en los juicios de Núremberg. Goebbels se identificó con la resistencia a la derrota, hasta el punto que decidió morir en el búnker, y en el que murieron su mujer y sus seis hijos.

Tímido y eficaz

Nacido en Alejandría en 1894, de madre inglesa, Rudolf Hess fue otro combatiente en la Gran Guerra. Muy pronto se alistó en grupos paramilitares con los que luchó contra los comunistas de la efímera República soviética de Baviera. En 1920 se incorporó al NSDAP. Al igual que otros jerarcas nazis, estuvo en el «putsch» de 1923. Acabó en la cárcel junto a Hitler y Haushofer, donde colaboró en la redacción de «Mein Kampf». Tímido, eficaz y sumiso, era perfecto para incorporarse al círculo de servidores del Führer, encargándose de la organización del Partido en 1933. Esto, unido a la identidad entre el Estado nazi y el NSDAP, levantó las suspicacias de Goebbels, Bormann y Himmler contra Hess, al que detestaban. El «error» de Hess fue el vuelo sorprendente que realizó a Gran Bretaña el 10 de mayo de 1941 para negociar la paz, poco antes del ataque a la URSS. Al parecer, Hess sostuvo en el círculo de Hitler que era imposible mantener dos frentes de guerra. La contradicción con la maquinaria nazi y su fracaso hicieron que Hitler le diera la espalda y que sus enemigos se cebaran con su persona. En los juicios de Núremberg fue condenado a cadena perpetua, y recluido hasta su muerte en Spandau (Alemania Occidental).

Joachim von Ribbentrop, también de 1893, fue el típico arribista, como el oportunista Albert Speer, el arquitecto de Hitler. No se afilió al NSDAP hasta que no llegó al poder. Su ascenso, al igual que el de Göering, se debió sólo a que Hitler le consideró útil para sus planes. Provenía del comercio internacional, lo que le daba cierta imagen de hombre de mundo que convenció al Führer. En el caos del Estado alemán, Ribbentrop organizó una oficina diplomática paralela compuesta sólo por nazis que se movía por las capitales europeas hablando en nombre de Hitler. Esta circunstancia supuso que Goebbels, Bormann y Himmler le añadieran entre sus enemigos personales. Ribbentrop fue una pieza clave en la expansión nazi: logró el Pacto Anti-Komintern en 1936, convenció a Gran Bretaña de que aceptara la incorporación de los Sudetes, y firmó un acuerdo con la URSS para repartirse Polonia. La guerra, precisamente, eliminó la diplomacia y alejó a Ribbentrop de los centros de poder. Ni siquiera Hitler quiso recibirlo en el búnker de Berlín en abril de 1945. Agentes británicos lo capturaron en una pensión en junio, fue juzgado en Núremberg, y condenado a muerte.

Heinrich Himmler, muniqués nacido en 1900, no pudo alistarse en la Guerra del 14 por su miopía. Su trayectoria juvenil fue la corriente en la jerarquía nazi: militancia en grupos paramilitares, participación en el «putsch» de 1923 y ascenso a medida que el NSDAP se acercaba al poder. Su crueldad iba unida a una extraña idea de eficiencia estatal. Era el comandante en jefe de las SS, y a despecho de Göring, jefe de la Gestapo, la policía secreta. Traicionó a sus jefes, Röhm y Strasser, y participó en su asesinato. Estuvo detrás del genocidio judío y eslavo, la eugenesia, las torturas y la experimentación con seres humanos. Reprimió a los conspiradores de la Operación Valkiria, ejecutando a más de cinco mil personas, y se convirtió así en uno de los cercanos a Hitler. Sin embargo, sus errores militares en Rusia le dejaron en evidencia. Fue entonces cuando intentó pactar con el general Eisenhower. Hitler, al saberlo, le condenó a muerte, le privó de todos sus cargos y honores, y ejecutó a Fegelein, su ayudante. Himmler intentó escapar disfrazado, pero los británicos le capturaron. En el reconocimiento médico mordió una ampolla de cianuro y murió.

El gran conspirador fue Martin Bormann, el servil secretario personal de Hitler, que intrigó para quitar de en medio a Himmler, Speer y Göring en su lucha por ser el sucesor del Führer. Tras la marcha de Hess a Gran Bretaña, Bormann asumió todos sus poderes en la Cancillería y en el partido. Utilizó el fallido atentado contra Hitler en la Guarida del Lobo, el 20 de julio de 1944, para depurar responsabilidades y consolidar su influencia sobre el dictador. La frustración de Bormann fue enorme cuando Hitler designó al almirante Dönitz para sucederle, a pesar de lo cual estuvo con el Führer hasta el final. El 2 de mayo de 1945, dos días después del suicidio de Hitler, intentó huir de Berlín, pero le alcanzó un obús soviético y murió. Sus restos fueron encontrados en unas obras urbanas en 1972.

La terrible muerte de la familia Goebbels

A primeros de mayo, con los soviéticos a 200 metros, Goebbels decidió que a él y a los suyos les había llegado el momento de partir. A su ayudante Schwägermann le dijo que él y su esposa se iban a suicidar y le pidió que quemara los cadáveres, pero no le indicó nada sobre sus hijos. No se sabe exactamente cómo se llevó a cabo el parricidio. Rochus Misch, que fue telefonista y que falleció a los 96 años en 2013, contó a la prensa que «eran las 5 de la tarde cuando Frau Goebbels pasó delante de mí seguida por los niños. Todos llevaban pijamas blancos. Los llevó a la siguiente puerta y regresó con un carrito en el que había seis tazas y una jarra de chocolate. Más tarde alguien dijo que estaba llena de pastillas de dormir. La vi abrazar a algunos y acariciar a otros mientras bebían. No creo que supieran que su tío Adolf había muerto, reían y charlaban como de costumbre. Poco después pasaron por delante de mí escaleras arriba. Heide era la última e iba de la mano de su madre.

Se volvió, la saludé y de repente se soltó de la mano de su madre y vino hacia mi cantando, «Misch, Misch, du bist ein fisch» (Misch, Misch, eres un pez). Su madre la recogió y se la llevó aún cantando esa canción». Magda regresó más tarde y entró en su habitación. Tras un rato, subió de nuevo las escaleras con el doctor Stumpfegger. Al bajar, estaba llorando. Se sentó a una mesa y se puso a hacer solitarios. Joseph Goebbels se unió a ella, pero no se dijeron ni una palabra. Hacia las 9 de la noche ambos salieron al jardín. Al parecer, abrazados, ella mordió su cápsula de cianuro y Goebbels se voló la cabeza. Sus cadáveres fueron rociados con gasolina y quemados. Al día siguiente, los soviéticos encontraron el búnker vacío y quedaron impresionados cuando entraron en una habitación y hallaron en sus camas a seis niños con pijamas blancos.

David SOLAR